
Una de las últimas tendencias en redes sociales explotada por centenares de usuarios en el enésimo intento para convertirse en “influencers” es descubrir rincones bohemios, alternativos, escondidos, inexplorados y recónditos de las ciudades de moda del momento. Compartir vídeos mostrando bares, restaurantes, parques e incluso barrios enteros donde tomar la cerveza más barata acompañada de la tapa casera más grande en el bar de Manolo abierto desde 1974. Descubrir el mural pintado por el artista underground de turno, de nombre desconocido, eso sí, y sacarse unas fotos increíbles para compartir en redes y seguir con el bucle infinito. Este es el gancho que más parece estar funcionando en TikTok e Instagram. Madrid, Roma, Lisboa, París, Berlín... ninguna de las grandes capitales europeas se escapa del afán de hoy en día de querer ser el único que ha estado en cierto barrio perdido donde comer el mejor plato elaborado por el mejor cocinero que no tienen ninguna estrella Michelin pero sigue usando la receta más hogareña de su tatarabuela.
El problema principal del que también mucha gente se queja, pero a la vez nadie parece estar dispuesto a frenar de esta dinámica de pez que se muerde la cola, es que estos privilegiados lugares cada vez son menos. La gentrificación, el turismo y los viajes low cost se han convertido en el peor enemigo de las ciudades y, sobre todo, de la identidad de estas. Y una de las más grandes afectadas es Barcelona.
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Qué bonito es ver la Sagrada Familia, pasear por Las Ramblas, disfrutar del sol en La Barceloneta y comerse una paella -aunque valenciana- a primera línea de mar, perderse por las calles del barrio Gótico, ver un atardecer en los búnkers y terminar el día tomando una Estrella en una plaza de Gracia. Sin embargo, todo esto no pasa si no se comparte en redes. Si Instagram (o TikTok) no son testigos de que has estado, realmente no has estado. Y, obviamente, compartiendo la correspondiente ubicación. No basta con solo la foto.
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Los huevos de Pepe
Llegados a este punto, todo el mundo quiere ser el más bohemio y el más experto en cada ciudad, pese a tan solo haber pasado allí tres días. Y los vecinos? “¡Silencio por favor!”. Nadie piensa en los vecinos. “La tensión entre turistas y locales en Barcelona ha ido en aumento”. Así empieza el vídeo compartido en TikTok (qué hipocresía) por Alex Rawlings, conocido en la red como @alexrawlangs. Este joven periodista, londinense de nacimiento pero residente en la ciudad condal desde 2018, explica la delicada situación en la que se encuentran los habitantes de Barcelona mientras hacen equilibrios para encajar sus vidas en una ciudad ocupada cada vez más por turistas.
En el vídeo, Alex habla con Pepe (nombre ficticio), un señor que vive en uno de los barrios de Barcelona más afectados por el turismo, que le cuenta cómo él afronta la convivencia con el turismo. Con el aumento de la afluencia de gente, Pepe se ha visto obligado a desarrollar sus propios métodos, poco convencionales, para poder pasar una noche tranquila.
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@alexrawlangs Noisy tourists are driving Barcelona residents to unusual ways to try to get a good night’s sleep #Barcelona #tourism #guiris #huevos #satire #fakeumentary ♬ original sound - Alex Rawlings
“No sé si esto es un vomitorio, un meatorio o un interlocutorio. Se hace de todo”, afirma Pepe refiriéndose a la calle a la que da su balcón. “La pregunta es qué no hacen los turistas. Es un verdadero circo”. Todo esto mientras el barcelonés sostiene un huevo en la mano. “Este huevo es la primera línea de defensa contra la gente que viene a destrozarnos la ciudad”, argumenta notablemente molesto. Al ser preguntado si usa el huevo para frenar el ruido de los turistas, Pepe empieza con su historia.
Todo empezó una noche en la que Pepe estaba en casa, con su mujer pasando una velada “amorosa”. “No nos podíamos concentrar porque a la que las cosas empiezan a calentarse viene un ruido de afuera que no se puede aguantar”. Consumido por los nervios, Pepe sacó la cabeza por el balcón en un intento de hacer callar a la muchedumbre. “¡Estamos follando aquí!”, les soltó. Sin embargo, su esfuerzo fue en balde y solo recibió insultos a cambio. “Entonces, saco un huevo y lo tiro por la ventana”, cuenta. Su paciencia se agotaba y seguían sin hacerle caso. “Allí tenía un plato de jamón, se lo tiré también y tampoco ni puto caso”. “Me cabreé mucho, mucho” dice Pepe. Finalmente, decidió coger unas patatas y lanzarlas por la ventana.
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Pese al desesperado intento de Pepe de hacer callar a los transeúntes borrachos, ninguno de sus métodos funcionó. Así, con una última esperanza de concienciar a la gente de lo molesto que puede llegar a ser el turismo, Pepe accedió a compartir su historia en el vídeo de Alex para ver si las redes, donde el problema se intensificó, pueden también hacer la misma magia para apaciguarlo.
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