Fue un hecho extraordinario que la vacuna contra el covid se creara en menos de un año. No había tiempo que perder con una enfermedad que puso el mundo del revés. Su investigación y desarrollo fue posible en tan solo 10 meses gracias a la enorme inversión pública de los gobiernos, del sector privado y de organizaciones filantrópicas, pues la creación de una vacuna normalmente conlleva una media de entre 5 y 10 años.
Lo cierto es que la mayoría de los descubrimientos científicos tardan mucho más en hacerse realidad, entre 10 y 15 años, incluso aquellos que suponen toda una revolución en el tratamiento de ciertas enfermedades, por lo que los investigadores deben armarse de paciencia. Una década es precisamente el tiempo que han debido esperar para ver su proyecto prácticamente terminado el equipo del Área de Genómica y Salud de la Fundación para el Fomento de la Investigación Sanitaria y Biomédica de la Comunidad Valenciana (Fisabio), que en 2013 descubrió una bacteria que actúa como escudo contra las caries dentales y en apenas unos meses podría empezar a comercializarse, posiblemente en forma de probiótico. Se trataría del primer producto de este tipo en el mercado.
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Este grupo de investigadores, dirigido por el biólogo Alejandro Mira, bautizó a la nueva bacteria con el nombre de “streptococcus dentisani”, una especie presente en el 10% de la población que nunca ha tenido caries y que es capaz de disminuir entre 3 y 10 veces la producción del ácido que las provoca. “Se trata de una bacteria viva que cuando se administra en una proporción adecuada mejora la salud bucodental”, explica Mira a Infobae España.
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Aunque lo lógico, explica el experto, sería introducir este organismo en la pasta de dientes, de momento no ha funcionado “debido sobre todo a la humedad que hay en esta”, por lo que están trabajando en otras posibilidades como una pasta de dientes en polvo -más seca-, un gel bucodental que se aplicaría en una férula durante unos minutos, probióticos o comprimidos masticables que permitan a la bacteria adherirse a los dientes “para poder hacer su función”. De todas formas, el formato del producto dependerá de la empresa que lo comercialice, asegura Mira. “Ahora estamos en negociaciones con varias empresas y, si va todo bien, confío en que el año que viene pueda salir al mercado”.
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De lo que no tienen duda es de que la streptococcus dentisani mejora el PH de la boca, disminuye la placa dental y la inflamación de las encías. “Hemos podido comprobar que las personas que no tienen caries tienen niveles muy altos de esta bacteria y quienes sí tienen caries tienen niveles muy bajos o totalmente ausentes, por lo que la idea es poder reemplazar esas bacterias por unas que te puedan proteger”, añade. El objetivo es reducir la incidencia de esta enfermedad infecciosa, que afecta a entre el 80% y 90% de la población mundial.
Descubrimiento “por casualidad”
El hallazgo de esta nueva bacteria ha supuesto toda una revolución en el mundo odontológico respecto a cómo tratar y cómo prevenir las enfermedades orales, pues hasta hace unos años “nadie consideraba que realmente la caries se pudiera prevenir por tener unas bacterias u otras”. “Durante más de un siglo la idea siempre ha sido esterilizar, limpiar, utilizar antisépticos para eliminar las bacterias de la boca, pero ahora vemos que no se trata de eliminarlas todas, sino de ver si se pueden modular para favorecer las buenas”, indica Mira. Se trata, por tanto, de restablecer el equilibrio, de favorecer las relaciones beneficiosas y de reducir los niveles de las bacterias que causan enfermedades orales, ya que “al igual que es importante tener una flora intestinal sana, también lo es en la boca”.
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Al igual que ha ocurrido con otros grandes hallazgos científicos como la penicilina, el descubrimiento de la streptococcus dentisani también se produjo por casualidad. Fue durante una comida cuando una investigadora del equipo de Fisabio explicó al resto de sus compañeros que nunca había tenido caries y que cuando empezó a salir con su novio este también dejó de tenerlas. A partir de ahí empezaron a valorar que ella podría estar pasando a su pareja algunas de esas bacterias beneficiosas a través de los besos, por lo que se convirtió en el paciente cero y comenzaron a investigar en profundidad.

“Le tomamos muestras y fue la primera paciente en la que observamos que tenía niveles muy altos de este estreptococo que no se conocía”, relata Mira. Después ya llevaron a cabo un estudio del ADN de la placa dental con cientos de personas que nunca en su vida habían tenido caries y comprobaron que tenían niveles muy altos de esta bacteria. “Ahí fue donde vimos qué bacterias estaban asociadas a salud y esas son nuestras candidatas para los productos probióticos”, explica. Después vendrían las pruebas en ratones, confirmar que se podía “producir a gran escala de forma barata” y los ensayos clínicos en seres humanos, entre otros exámenes.
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En total, desde que la investigación comenzó hace 10 años, una docena de personas han participado y contribuido de alguna manera en ella. Aunque el camino ha sido largo, Mira se siente orgulloso y asegura que es “emocionante” ver cómo un descubrimiento en un laboratorio termina transformándose “en algo real que puede cambiar la vida de las personas”.
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El año pasado terminamos los ensayos clínicos en seres humanos, y este año estamos haciendo el escalado industrial y la formulación final para poderlo comercializar el año que viene si va todo bien.
Ahora, además están trabajando en otras líneas de investigación basadas en bacterias para poder dar solución a otras enfermedades infecciosas. “Nuestra idea es que quizá la solución a muchas enfermedades infecciosas esté dentro del propio ser humano. Se trata de encontrar a las personas que de alguna manera parecen inmunes a una enfermedad, analizar por qué y poder aplicar eso en el resto”, concluye el biólogo.
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Falta de inversión en I+D
Mira tiene claro que España cuenta con “muy buenos investigadores”, pero también advierte de que falta inversión y es la razón por la que muchas investigaciones se quedan por el camino y nunca llegan a ser comercializadas.
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España, de hecho, aún está lejos de Europa en cuanto a inversión en proyectos de investigación y desarrollo. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, el gasto en I+D en 2012 alcanzó los 17.249 millones de euros, lo que equivale al 1,4% del PIB, y si bien supone un aumento del 9% respecto a 2020 cuando la inversión se frenó por la pandemia, queda mucho para alcanzar el compromiso europeo de dedicar al menos el 2% del PIB en esta materia. Dentro del bloque destacan Alemania, que dedica más del 3% de su PIB a I+D o Francia, que invierte el 2,3%.
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