
Cerca de las de diez de la noche, a la altura del puerto de montaña de Velate, en pleno Pirineo navarro, a Jaime Balet comenzó a ganarle el sueño y decidió aparcar su Seat 1500 de color rojo al costado de la carretera para descansar unos minutos. Junto a él, aquel domingo 29 de abril de 1973, viajaba Pilar Cano, su esposa y madre de sus cuatro hijos. La pareja, de 38 años cada uno, se dirigía de vuelta a Zaragoza tras pasar un fin de semana en Biarritz (Francia), a donde habían ido para hacer compras y jugar en el casino. Ella nunca llegaría a su destino.
De pronto, unos jóvenes abordaron al matrimonio, al que venían siguiendo desde la ciudad francesa conscientes de que llevaban consigo una gran cantidad de dinero, y dieron muerte a la mujer mediante varios golpes en la cabeza con una barra de hierro y dejaron malherido al conductor del coche. Tras el ataque, lo criminales huyeron llevándose una pequeña fortuna para la época: 100.000 pesetas. Esta fue la versión sobre el asesinato de su mujer que dio Balet a la Guardia Civil, pero era todo mentira.
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Tras 14 años de casados, el matrimonio de Balet-Cano ya no daba para más. Él, con una amante desde hacía largo tiempo, era sumamente consciente de la crisis en su relación y, al no existir aún el divorcio en España, había intentado convencer a su esposa para llegar a una separación razonable. No obstante, ella, dama de la alta burguesía zaragozana y educada en la estricta moral católica, no quiso saber nada al respecto. Balet no quería perder más tiempo, la mujer de la quien verdaderamente amaba lo aguardaba en Múnich, ciudad a la que la habían enviado a abortar, por lo quería deshacerse de su esposa cuanto antes.
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Con esta urgencia, Balet, exconcejal del Ayuntamiento de Zaragoza e hijo de un destacado empresario vinculado al régimen franquista, ideó una forma de liberarse de las ataduras de su matrimonio con la ayuda de un viejo amigo de su época de estudiante, Juan Francisco de Asís Midón. Sin embargo, el plan que confeccionaron entre copas en el bar polinesio Kon Tiki de Madrid resultó ser, como lo definiría la prensa de la época, una gran chapuza.
La investigación
A medida que fueron avanzando las investigaciones, la versión de Balet se fue cayendo por su propio peso. Desde un principio para la policía había cosas sobre el atraco que no terminaban de encajar. Los asaltantes se habían llevado las 100.000 pesetas que Pilar Cano transportaba en su bolso, pero no se habían percatado de que su marido tenía la misma suma en sus bolsillos y que también en el maletero del vehículo había una cantidad similar. Un dato que venía a decir que los ladrones habían actuado precipitadamente sin registrar a fondo tanto al conductor como a su coche.
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Además, el médico que atendió las heridas de Balet y pudo ver las que le causaron la muerte a su mujer destacó la saña con la que esta había sido atacada, algo que indicaba que más que robar lo que buscaban los criminales eran asesinarla a toda costa. ¿Por qué los ladrones se ensañaron con Pilar Cano, dejaron con vida a su esposo y ni siquiera lo revisaron para ver si llevaba dinero consigo? Esa fue la incógnita que pronto llevó a la sospecha de que todo el caso era una puesta en escena.
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Pronto las pistas condujeron Peter Johann Simeth, un alemán que la noche del asesinato había estado dando problemas por la zona cercana al crimen y que enseguida se volvió el principal sospechoso de la policía. Según cuentan Eladio Romero y Alberto de Frutos en su libro En la escena del crimen, Simeth había llegado hasta el punto señalado para el falso robo a bordo de un Mini Morris propiedad de Midón. El germano llegó con tanto tiempo de sobra que, después de beber en un hostal cercano nueve copas de ponche, aún tuvo tiempo de molestar a una pareja a la que, un rato antes, se le ocurrió parar en el lugar preciso donde lo haría más tarde el matrimonio zaragozano. El testimonio de la importunada pareja sería fundamental: ¿cómo sabía el asesino dónde se iba a detener exactamente el coche de Balet?
La confesión de Simeth supuso el final de la investigación. Balet y Midón le habían pagado a él y a un compañero -el cual finalmente desistiría- 7.000 dólares para asesinar a Pilar Cano simulando un robo, hecho que pagaría con cadena perpetua en su Alemania natal. Por su parte, el viudo y su compañero fueron puestos rápidamente a disposición de la justicia. Recién en 1977, cuatro años después del crimen, se llevó a cabo el juicio que culminaría con la condena a muerte para ambos acusados por asesinato con los agravantes de premeditación, alevosía, nocturnidad, parentesco y desprecio por el sexo.
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La pena, no obstante, fue conmutada por 30 años de cárcel que Balet tampoco llegaría a cumplir: en 1980 ya gozaba del régimen de prisión abierta con bastantes privilegio y la libertad total le llegaría poco después. A lo largo de sus 29 años de carrera (entre 1976 y 2005), el capellán de la cárcel de Pamplona, donde cumplió su breve estancia en prisión, nunca se olvidaría del ideólogo del asesinato de Pilar Cano: “La primera televisión que llegó a la cárcel fue la de Balet”.
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