
Hace unos meses se publicó Descampados, de Manuel Calderón (Tusquets) una crónica sobre el territorio mítico de esos no-lugares donde que forjaron varias generaciones en la periferia de las grandes ciudades, entre arbustos silvestre, botellines rotos, condones y restos de droga.
Un paraíso perdido en la infancia, un espacio de libertad, pero también un lugar repleto de miedos y de peligros, donde se fraguaron sueños y se truncaron vidas. Este ensayo repleto de reflexiones ha servido para reivindicar de alguna forma un paisaje que ha formado parte de nuestra idiosincrasia y que durante mucho tiempo parecía condenado a la marginalidad.
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Nuevas voces que reivindican la periferia
Lo cierto es que en los últimos tiempos hemos encontrado numerosas obras que se han encargado no solo de plasmar y reivindicar este imaginario más allá de una visión meramente nostálgica, sino como una forma de involucrarse de manera intrínseca a la hora de plasmar nuestra identidad, que, en este caso, tiene mucho que ver con dotar de dignidad a la gente de barrio y la clase obrera criada a espaldas de la hipocresía urbana.
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Es lo que ocurre en la obra de Juarma, autor de Al final, siempre ganan los monstruos y la reciente Punki. Una historia de amor (ambos editados por Blackie Books). Las dos novelas giran en torno a personajes marcados por su lugar de origen, en este caso, rebautizado con el nombre de Villa de la Fuente, aunque en realidad se trate de Deifontes, localidad granadina de donde es originario el autor. Dentro de esas fronteras sus criaturas planean su futuro al mismo tiempo que lo dilapidan, comparten penas y alegrías, se aman y se matan, se sabotean y autodestruyen en una espiral sin fin. Hay, al mismo tiempo, inocencia y una terrible crudeza, ternura y violencia en las obras de Juarma, que desde su disidencia ha conseguido plasmar la cotidianidad a través de un aliento pop.
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En la primera novela de Alana S. Portero, La mala costumbre (Seix Barral), también encontramos una oda a la gente de barrio, a la clase trabajadora, al mismo tiempo que compone un relato que encoge por dentro sobre el crecimiento de una niña trans en un entorno repleto de contradicciones como fue la España de ochenta y los noventa. La autora se encarga de reivindicar a todos esos seres a los que la sociedad dio la espalda durante tanto tiempo, dotándolos de fuerza y sensibilidad en un universo marcado por los prejuicios y el señalamiento frente a lo diferente.

El escritor Ginés Sánchez publicaba este año De tigres y gacelas (TusQuets), que podría considerarse como un ‘spin-off’ de la novela que le dio a conocer en 2013, Los gatos pardos. En ella nos adentra en un submundo descarnado en el que los personajes se introducen en los bajos fondos como única forma de supervivencia. Su marginalidad resulta tanto social como moral, pero en ningún momento se trata de cuestionarlos, sino de introducirnos en sus miserias cotidianas, en su dolor, en su vacío y la forma en la que parece caer sobre ellos una especie de condena por parte del sistema.
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Ecos de la tradición que dan paso al presente
No es una tendencia nueva, pero sí de lo más significativa sobre todo si revisamos obras como La travesía de las anguila, de Albert Lladó, Tigres de cristal, de Toni Hill, las publicaciones de Javier Pérez Andújar, de Kiko Amat o de Carlos Zanón, toda una hornada de escritores catalanes que se encargaron de renovar los cimientos que ya pusieron en su época personalidades como Eduardo Mendoza, Luis Goytisolo, Francisco Candel, Manuel Vázquez Montalbal o Juan Marsé. Se trata de una cuestión identitaria que en estos momentos adquiere una mayor relevancia con la reverberación de la música urbana, que se ha encargado de poner de manifiesto el orgullo por las raíces en entornos más desfavorecidos y marginales.

Y, precisamente por eso, los autores más jóvenes también se han encargado de plasmar este magma suburbano regido por sus propias reglas. Es el caso de Óscar García Sierra, que el año pasado publicó en Anagrama Facendera, en la que nos introducíamos en un polígono abandonado de León, donde los protagonistas, hijos de la crisis económica, se movían entre coches tuneados, quedaban para hacer botellón en los parkings, follaban en los descampados y, por supuesto, tomaban muchos ansiolíticos. El desencanto de la juventud de la Generación X se miraba de frente con el de los milennials y los ‘zetas’ que vivieron y perviven en los márgenes. También encontramos un espíritu subversivo en Listas, guapas, limpias (Caballo de Troya), de Anna Pacheco, en la que la autora se sumerge en los 90 y los 2000 para hablar de la exploración de la sexualidad femenina en un ambiente humilde a través de un humor de lo más ácido y dolorido.
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Se trata de desestigmatizar a las clases más desfavorecidas y de darles voz de acuerdo a nuestra realidad. La precariedad forma parte de la juventud por eso los nuevos autores se encargan de plasmarla a través de una nueva sensibilidad. Es algo que también se encuentra presente en La memoria del alambre, de Bárbara Blasco, deslumbrante novela, editada por Anagrama, en la que se exploran los resquicios de la ruta del Bakalao en Valencia a través de una de sus supervivientes mediante una crónica repleta de descarnado sentimiento. O de Supersaurio (Blackie Books), de Meryem El Mehdati, que se ubica en Gran Canaria y que gira en torno a una veinteañera asqueada por la falta de oportunidades laborales, hija de la turboexplotación del sector de los servicios. Son relatos que nos interpelan y que hacen un poco de sangre con respecto a lo que fuimos y a lo que somos.
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