La reciente confesión de Sean Penn sobre sus sesiones de boxeo con Bob Dylan ha sorprendido a fanáticos y expertos de la música. El actor, conocido por su carrera en el cine, dio detalles inéditos sobre la estricta rutina que ambos sostuvieron, revelando un costado poco explorado del legendario músico estadounidense.
Lejos del bullicio y de los escenarios, dos enormes figuras del arte encontraron en el deporte un terreno común y privado.
Rutina diaria en el ring
Penn, de 65 años, relató durante su aparición en The Tonight Show del 22 de septiembre que mantuvo durante cerca de un mes un régimen matutino de boxeo junto a Dylan. El encuentro tenía lugar en la residencia del actor, donde dispuso un ring de 4,8 metros de ancho.

Cada mañana, Dylan, llegaba puntual. Vestía una sudadera y bajaba de una furgoneta Volkswagen acompañado siempre por seis perros de raza Bullmastiff. El ambiente era sobrio, predominaba el silencio y las palabras se reducían a un escueto saludo antes de iniciar el entrenamiento.
Las sesiones comenzaban temprano y la presencia de los enormes perros brindaba una atmósfera peculiar.
Según Penn, Dylan mostraba gran disciplina; ambos se sumergían en el ejercicio físico sin necesidad de mayores conversaciones. El enfoque estaba puesto íntegramente en el boxeo, sin radares, ni comunicación por radio, ni público que los observe.
Origen de una amistad deportiva

El acercamiento entre estos dos artistas, alejados de su entorno habitual, nació a través de Jesse Dylan, hijo mayor de Bob. Penn contó que el propio Jesse le sugirió que su padre tenía interés en aprender boxeo, lo que motivó el inicio de los entrenamientos.
Esta sugerencia derivó en una cita diaria donde la disciplina y la constancia resultaron elementos centrales. Durante ese mes, la relación se cimentó en la rutina y el respeto mutuo más que en la conversación.
La conexión entre ambos se mantuvo en lo estrictamente deportivo. El intercambio nunca fue excesivo ni buscó la confidencia, pero sí consolidó una experiencia que el propio Penn recuerda como asombrosa y atípica, por el contraste entre la personalidad enigmática de Dylan y el compromiso físico requerido en el boxeo.
Dylan, fanático del boxeo

La faceta de Bob Dylan como aficionado al boxeo ha comenzado a tomar mayor visibilidad tras las declaraciones de Penn.
En otra ocasión, el actor Ben Stiller reveló que participó en sesiones de sparring en un gimnasio propiedad de Dylan en Santa Mónica, California. Este testimonio refuerza la imagen del músico como un entusiasta del deporte, alejado de la imagen tradicional de trovador retirado y reservado.
Dylan, responsable de himnos icónicos como “The Times They Are a-Changin’”, es conocido por cultivar un perfil bajo respecto a su vida privada. Esta pasión por el boxeo, hasta ahora poco documentada, añade una nueva dimensión a la mítica figura del artista que redefinió la música popular durante la segunda mitad del siglo XX.
Otras vivencias y proyectos de Penn

El paso de Sean Penn por The Tonight Show no se limitó a la anécdota pugilística. También compartió otras vivencias personales, como sus intentos con el monólogo cómico y su experiencia al escuchar en primicia una versión temprana del álbum Nebraska de Bruce Springsteen.
Sin embargo, el principal motivo de su presencia en el programa fue promocionar One Battle After Another, la nueva producción en la que interpreta a un oficial militar encargado de perseguir a exintegrantes de un grupo revolucionario en California.
El reparto de la película incluye a talentos como Leonardo DiCaprio, Regina Hall, Benicio del Toro, Teyana Taylor y el debutante Chase Infiniti. La trama se desarrolla dieciséis años después de la desaparición del personaje de DiCaprio, Bob Ferguson, quien permanece oculto y es buscado por el personaje de Penn. Este proyecto, de alto perfil, ocupa actualmente la atención del actor, reconocido también por su activismo y labor social.
Una experiencia única y reservada
La rutina de boxeo compartida entre Penn y Dylan destaca por su carácter inusual y discreto. Para Penn, queda en la memoria como una vivencia tan singular como inesperada.
El ejercicio físico, la puntualidad de Dylan, la compañía constante de los perros y la escasa necesidad de palabras transformaron los entrenamientos en algo memorable, lejos de cualquier escenario o reflector.
Así, el encuentro entre dos leyendas, que en otros ámbitos difícilmente habrían coincidido, revela la capacidad del deporte para unir mundos que, a simple vista, parecen alejados.
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