
En las aceras empinadas de los barrios, en los andenes del Centro Histórico de San Salvador y en los pasillos atestados del transporte colectivo, cinco mujeres salvadoreñas reconstruyen cómo el acoso sexual callejero violentó sus vidas desde que eran niñas.
En entrevistas concedidas a Infobae, solo Karla López decidió hacer público su nombre y su rostro; las otras cuatro optaron por el anonimato.
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Cada una narra desde su propia memoria cómo la agresión física, el exhibicionismo premeditado y la mirada lasciva se convirtieron en una constante que debieron enfrentar solas, rodeadas por el silencio de los testigos y la inacción policial en El Salvador.
El engaño del conductor y el choque emocional en plena calle
“Salía de la universidad a las cuatro de la tarde y bajaba por una calle sola rumbo a mi casa. Un pickup en subida se detuvo junto a mí. El hombre me dijo que andaba buscando a una persona y por amabilidad me detuve a darle direcciones”, relata la primera víctima, que en el primer semestre de 2018 tenía 22 años.
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“Por verlo a los ojos no me di cuenta de que, desde que empezó a hablar, se estaba masturbando. Cuando vi su mano inquieta y todo su miembro, él ni se perturbó; siguió haciéndolo de lo más normal. Me fui congelada. A las seis de la tarde llamé a la Policía Nacional Civil porque pensé en las niñas que salían de las escuelas. La operadora solo me dijo que guardara la calma y que patrullarían la zona, pero a mí no me dieron ninguna atención ni protocolo”, recuerda.
Un mes más tarde, en una parada de autobuses, otro conductor repitió la misma conducta ante ella y huyó tras cruzar un semáforo en rojo.
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La indiferencia colectiva en los autobuses y la persecución en la vía pública
A sus 33 años, Karla López recuerda con nitidez cada agresión acumulada desde la infancia. “La primera vez tenía 11 años. Íbamos con mi hermana en el bus hacia la Universidad de El Salvador (UES) y un hombre se subió a pedir dinero; le hizo comentarios a ella e hizo el ademán de tocarla. Me enojé porque el motorista y los pasajeros escucharon y nadie hizo nada”, relata.
A los 14 años, cerca del hospital del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), un hombre la persiguió durante cuadras enteras mientras se masturbaba y le murmuraba obscenidades.
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En su juventud, a bordo de la Ruta 44, un sujeto frotó deliberadamente sus genitales contra su hombro. En 2017, un transeúnte le metió la mano entre las piernas en el centro capitalino y huyó riéndose. “Aprovechan cuando una mujer va sola y se ve pequeña; el acoso se ensaña hacia las niñas”, afirma López, quien insiste en que las víctimas deben utilizar sus teléfonos para registrar a los agresores y exigir castigo legal.
La culpa impuesta a una alumna de 15 años vestida con uniforme
“A los 13 años tenía una gemela con quien nos vestíamos iguales, pero dejamos de hacerlo por el acoso que vivimos al buscar los estrenos en el centro histórico; los comentarios nos dejaron tan traumadas que cambiamos nuestra forma de vestir”, confiesa la tercera declarante ante este medio.
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El episodio más violento ocurrió poco tiempo después. “En mi primera semana de bachillerato en el Instituto Nacional Francisco Morazán (INFRAMOR), un hombre me tocó en el transporte público. Me agarró la pompa y hasta la movió; me bajé llorando del bus y la gente decía que era mi culpa a pesar de que el bus iba llenísimo y yo vestía mi uniforme escolar de falda bajo la rodilla. Tenía apenas 15 años y me da cólera recordar que nadie me defendió”, relata.

Uniformados en la cuarentena y la modificación obligada de rutinas diarias
Para la cuarta entrevistada, de 31 años, el hostigamiento provino de quienes debían brindar seguridad. En marzo de 2020, durante el régimen de confinamiento obligatorio por la pandemia de covid-19, caminaba sola hacia el mercado por un pasaje cerrado: “Andaba en ropa holgada y pasé frente a policías y militares. Desde que me vieron me siguieron con la mirada y me dijeron cosas inapropiadas. Me sentí indefensa. Desde ese día perdí la confianza en las autoridades”.
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En 2023, la misma mujer vivió semanas de zozobra en la Ruta 52. Un usuario formalmente vestido comenzó a vigilarla en las mañanas desde la plaza Salvador del Mundo hasta tocarle el hombro sin motivo.
“Tuve tanto miedo que debí cambiar de horario, dejar de tomar los buses climatizados y coordinarme con otras pasajeras para no viajar sola. Aunque exista la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia para las Mujeres, esta conducta sigue normalizada entre los hombres”, explica.
La agresión contra una pasajera dormida con traje de oficina
La quinta mujer relata que su primera experiencia traumática ocurrió a los 15 años, al regresar de su jornada inicial de trabajo, cuando un individuo se masturbaba mientras la observaba fijamente y le profería frases obscenas, lo que la obligó a abandonar el microbús en pánico.
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Años después, la violencia se repitió cuando volvía de sus labores profesionales. “Me quedé dormida con ropa de oficina, un vestido hasta la rodilla y chaqueta. Me desperté sobresaltada porque un pasajero me estaba tocando la pierna; de inmediato lo insulté y lo encaré”, recuerda.
Los cinco testimonios dan cuenta de un acoso callejero cotidiano que trasciende la vestimenta, la edad y los horarios, al tiempo que exhibe una constante omisión de auxilio por parte de los testigos y vacíos en los protocolos de respuesta policial.
Pese a que la legislación salvadoreña contempla herramientas legales y sanciones penales contra el acoso sexual en el espacio público, la falta de denuncias formales por desconfianza en las autoridades y la impunidad en las calles perpetúan un ciclo de agresiones donde las víctimas deben asumir en soledad el costo emocional y la necesidad de alterar sus vidas cotidianas.
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