
Un transportista - al que por seguridad llamaremos Ramón-recuerda el día en que su vida cambió para siempre. En 2013, mientras conducía su microbús nuevo acompañado de sus tres hijos y una sobrina, fue interceptado por miembros de la pandilla 18.
Uno de ellos, apodado Happy, le exigió que participara en un acto delictivo. Ante su negativa, el castigo fue brutal. Al regresar de la gasolinera, Happy y otros 18 pandilleros abordaron el vehículo y comenzaron a golpearlo violentamente.
«Así que te vale... el barrio», le gritaban mientras lo agredían frente a sus hijos, que pedían auxilio entre gritos de desesperación. El ataque le dejó fracturas en el tabique nasal, inflamación y múltiples golpes en el rostro y las costillas. Logró zafarse y lanzarse a la calle para escapar.
La violencia física era solo una de las formas de control. El mecanismo de extorsión comenzó años antes, cuando los miembros de la Mara Salvatrucha (MS) entregaron a los dirigentes de la ruta un teléfono desde el centro de San Salvador.
El empresario de la ruta de buses y Ramón, que vivía frente al punto, decidieron no contestarlo durante varios meses, presintiendo que era un medio para presionarlos.
La insistencia aumentó y, tras ignorar las llamadas, recibieron un anónimo que advertía que incendiarían los microbuses si no respondían. El primer contacto directo se produjo con la exigencia de una “colaboración” para permitirles trabajar y llegar al centro de la ciudad.
El transportista pagaba $40 mensuales solo por poder trabajar. Las exigencias aumentaban en época navideña el monto exigido fue de $200 anuales en concepto de “aguinaldo” , pedían regalos y hasta cajas de cerveza para celebraciones.
La presión se extendió a su familia: su hija mayor, estudiante universitaria, a quien amenazaban con matar si no entregaban $5.000 de extorsión. La joven, igual que sus hermanos, se vio obligada a migrar a Estados Unidos. «Por esa razón yo mandé a mis hijos para Estados Unidos y me quedé con mi esposa», resume Ramón.

El miedo a la muerte era constante. Siete empleados de la ruta para la que laboraba Ramón murieron en distintos episodios, entre ellos motoristas y cobradores, muchos conocidos por apodos en la comunidad.
Uno de los asesinatos más atroces ocurrió cuando miembros de la MS secuestraron un microbús y mataron a ambos trabajadores con extrema violencia. «Al motorista le metieron un palo los MS en el trasero y, y al cobrador le metieron un palo también así en la boca», relató. Estos crímenes eran advertencias directas para quienes intentaran resistirse: “Dijeron que seguían con nosotros... con matarnos a nosotros, pues”.
Denunciar era impensable. Ramón describe una época marcada por la corrupción en la Policía Nacional Civil. Cada vez que intentaban informar a las autoridades, los pandilleros se enteraban de inmediato. «Nosotros tan solo le decíamos a alguien: ‘Hey, mira esto y esto’, a los policías, inmediatamente los bichos ya sabían».
En una ocasión, fue acusado por un pandillero de haber denunciado ante la policía, lo que implicaba un riesgo de muerte. La desconfianza en las instituciones reforzaba el aislamiento y la indefensión de los transportistas. La corrupción policial también se reflejaba en el cobro de $100 por permitir operar unas máquinas de juegos y $200 para liberar su microbús varado por una avería.

La presión de las pandillas tuvo consecuencias devastadoras en su familia. El miedo constante obligó a sus hijos a migrar y la soledad sumió a su esposa en una profunda depresión.
«Empezó a tomar, a tomar, de tal manera de que se le reventó el páncreas y, falleció», contó Ramón conmovido. El transportista se quedó solo, enfrentando amenazas permanentes. «Hemos vivido una vida bien dura, pues porque hemos sufrido con lo que se refiere a las pandillas», explica.
La posibilidad de abandonar la colonia nunca fue real: los pandilleros ofrecían “cuidar” su casa y administrar el microbús si se iba, pero él decidió quedarse. Incluso después de la muerte de su esposa, el temor y la angustia persistieron.
La llegada del régimen de excepción representó un cambio significativo. El transportista atribuye a esta medida la captura de los principales pandilleros que los oprimieron durante años. «Gracias a Dios, los metieron a todos presos. Todos, todos. Unos que se mataron entre ellos mismos. Y otros que se los llevaron, se los llevaron del régimen y ya no han salido, gracias a Dios», afirma.
Nombra a varios de los líderes arrestados o muertos: Spirit, Happy, Chicano, Crazy. La presión y el miedo disminuyeron notablemente tras su desaparición del barrio.

La fe fue un refugio constante. El transportista relata que antes de cada jornada se encomendaba al Creador: «Yo le pedía a Diosito… me encomendaba a Dios». El miedo a ser asesinado era real. Recibía advertencias incluso de personas desconocidas: «Tenga cuidado, lo quieren matar». La amenaza era una herramienta para infundir miedo y garantizar la sumisión.
Hoy, el transportista reconoce que solo está vivo por “misericordia de Dios”. Su historia resume la experiencia de miles de trabajadores del transporte en El Salvador: una vida marcada por la resistencia, la pérdida y la esperanza de que, algún día, el miedo deje de ser parte del camino.
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