
El trabajo empieza antes que suene el timbre de las 7.30 y termina mucho después de que la última aula quede vacía. Sigue a la noche, en su casa, cuando encara obligaciones que exceden la carga horaria que figura en su recibo de sueldo, pero que son imprescindibles para la tarea: correcciones, planificación, búsqueda de materiales y trámites administrativos. “Hay un trabajo invisible que hacemos en la casa todos los días, a altas horas de la noche o en la madrugada”, cuenta María Laura Riveros, profesora en tres escuelas secundarias de Mendoza.
Ese trabajo que desborda el aula es uno de los hilos que unen los testimonios de cinco educadores reconocidos este año en la iniciativa Docentes que inspiran, impulsada por Fundación Varkey y otras organizaciones. Enseñan en contextos muy distintos; algunos acumulan más de tres décadas frente a estudiantes, otros recién están empezando su recorrido profesional. Todos celebran este viernes 11 de septiembre el Día del Maestro, una fecha en la que se mezclan el orgullo y la convicción con el cansancio y el desgaste que implica la tarea.
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Sus respuestas dibujan una profesión compleja. “Hoy uno de los principales desafíos es acompañar la diversidad de realidades, necesidades y formas de aprender de nuestros estudiantes, sosteniendo al mismo tiempo el entusiasmo y la motivación”, afirma Sandra Pagliaricci, profesora de Matemática de la Escuela Técnica Roberto Rocca, de Campana.
En los testimonios aparecen el bajo salario y las horas de trabajo invisible, pero también las pantallas y la inteligencia artificial, la relación con las familias, la diversidad en las aulas, los problemas sociales que llegan a la escuela y desenfocan la enseñanza, y una autoridad que debe reconstruirse todos los días –a contracorriente, muchas veces, de las políticas que deberían respaldarla–.
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Es un diagnóstico que encuentra varios puntos de contacto con el documento Diálogos por la docencia, elaborado por CIPPEC a partir de 14 encuentros realizados entre marzo y julio con cerca de 50 docentes, investigadores, especialistas y exfuncionarios. El informe reconoce que enseñar se volvió cada vez más desafiante y señala, entre otros factores, condiciones laborales insuficientes, poco tiempo para trabajar con colegas y un reconocimiento social debilitado.
Una tarea que no termina en el aula
La sobrecarga laboral es uno de los factores más mencionados por los docentes que hablaron con Infobae. Las horas frente al curso representan solo una parte de la tarea; María Laura Riveros describe noches y madrugadas dedicadas a corregir, preparar trabajos y tratar de “llevar todo al día”. A eso se agregan los requerimientos administrativos y las nuevas disposiciones y protocolos que aparecen frente a situaciones críticas: “Todo eso suma, suma, suma, suma”.
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Jorgelina Mazzucco, directora de la Escuela Primaria Nº 190 “Modesto Inacayal”, en el paraje Gutiérrez, cerca de Bariloche, explica que un docente puede trabajar doble turno, volver a su casa y recién entonces empezar a planificar, corregir y preparar materiales. En el medio están las responsabilidades domésticas –que suelen recaer, todavía, de manera mayoritaria sobre las mujeres, quienes representan 9 de cada 10 docentes de primaria en el país–. El espacio para la vida personal –esencial para sostener un mínimo bienestar psicológico– es cada vez más reducido.
Las tecnologías agregaron complejidad: “Los canales virtuales borraron las fronteras de tiempo y espacio”, señala Jorgelina. Ella utilizaba grupos de WhatsApp con las familias; con los años fue modificando las reglas de uso “en función del cuidado mutuo”.
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Entre las condiciones necesarias para hacer más sostenible la profesión, el estudio de CIPPEC identifica el tiempo remunerado para la formación y el trabajo colaborativo, una mayor concentración horaria, la reducción de tareas administrativas y mejores dispositivos de acompañamiento institucional.
El escenario actual no parece fértil para esas propuestas, ante la reducción sostenida del presupuesto educativo, tanto en la Nación como en las provincias. Un informe de CTERA estima que en 2025 y en 2026 el financiamiento educativo representa el 4,1% del PBI, por debajo del 5,2% de 2023 –la última cifra oficial publicada– y muy lejos del 6% que establecía la Ley de Financiamiento Educativo y que el país había alcanzado en 2015.
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¿Qué otras dificultades enfrenta hoy un docente en Argentina? “La tensión entre enseñar y contener es una de las fuertes”, dice Mazzucco. Cuando habla de “contener”, ejemplifica: a la escuela llegan chicos que necesitan atención de salud, terapias, alimentación o, en algunos casos, hasta un hogar donde vivir. Hay situaciones que superan lo que un docente puede abordar. No por una falla en la formación, sino porque no son necesidades educativas: la escuela pone la cara por las ausencias previas del Estado.
El documento de CIPPEC identifica esa tensión como un problema crítico: las desigualdades sociales, la pobreza, la violencia y los problemas de salud mental colocan sobre las escuelas demandas que exceden el rol pedagógico y pueden provocar frustración y desgaste emocional. Entre las respuestas discutidas aparecen fortalecer los equipos escolares y generar dispositivos estatales que permitan descomprimir esas responsabilidades.
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Una profesión y una vocación
La idea de “vocación” divide las aguas. Resulta evidente que la docencia tiene una faceta vocacional; es un trabajo con sentido y con impacto, a diferencia de tantos otros. Sin embargo, la “vocación” se ha usado también como coartada para convertir la sobrecarga en una suerte de sacrificio heroico.

Marisel Argañaraz reivindica la palabra como motor de la tarea: “En mi caso es por vocación”. Enseñar –enumera– “apasiona, construye, acompaña, contiene”. Hace 18 años que trabaja mañana y tarde en la Escuela Nº 772 “Leopoldo Lugones”, de Villa Ojo de Agua, a 200 kilómetros de la ciudad de Santiago del Estero. Habla de su escuela y de sus colegas con orgullo y pasión, como si estuviera estrenando el oficio.
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Enzo Meneguini tiene 29 años, nació en Chaco y hoy trabaja en tres secundarias públicas de la Ciudad de Buenos Aires. Para él, uno de los principales problemas es económico. En varias provincias, sostiene, la mayoría de los profesores deben acumular dos, tres o más trabajos para mantener una familia.
“Eso hace que se descuide la principal tarea, que es enseñar”, afirma. Cuando piensa qué podría hacer más atractiva la profesión para los jóvenes, vuelve sobre ese punto: “Es un poco vocación, como dicen por ahí, pero de vocación no se vive”.
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De lo que sí se debería vivir –el salario–, se vive cada vez menos: en 21 de las 24 jurisdicciones, hoy el salario docente es más bajo que hace diez años, según un informe de Argentinos por la Educación. Al analizar la evolución del salario docente promedio –tomando como referencia el cargo de un maestro de grado de jornada simple con 10 años de antigüedad–, el economista Alejandro Morduchowicz encontró que, en el promedio nacional, los salarios docentes están en su peor nivel en 20 años.
Mazzucco cuenta que muchas veces escucha a las familias referirse a la “vocación” de un profesor “como si fuera un recurso capaz de suplirlo todo”. Y plantea: “El compromiso con nuestros estudiantes no se contrapone con nuestra identidad como trabajadoras de la educación”. Una mirada más profesional sobre la docencia permitiría ordenar las demandas sociales y jerarquizar la tarea, coinciden los especialistas. Pero la jerarquización no puede ser solo simbólica.
La autoridad y las pantallas
La pérdida de valoración social, simultánea a la precarización salarial, aparece en varios testimonios. Algunos docentes sienten que perdieron la confianza de las familias. Enzo Meneguini percibe que se quebró el reconocimiento social del criterio profesional de los docentes: todo el mundo opina sobre su tarea –como lo volvió a mostrar esta semana la difusión de los resultados de las pruebas PISA– desde la comodidad de no haber entrado nunca a un aula.

“Nadie le dice a un cirujano cómo tiene que operar, pero sí le dicen a un maestro cómo tiene que enseñar”, compara. No plantea que las familias deban quedar afuera de la escuela, pero pide que esa participación exprese una mayor confianza en quienes estudiaron y se formaron específicamente para enseñar.
Jorgelina Mazzucco señala que hubo un tiempo en que existía un “pacto implícito de autoridad”: la palabra del maestro era avalada en las casas. Hoy ese pacto “es más frágil y tenso, o directamente no existe”. La autoridad funciona de otra manera: “Ya no viene dada porque sos maestro. Debe construirse a partir de propuestas significativas”, sostiene. Eso requiere casi una pedagogía de la pedagogía: explicar por qué es importante respetar cierta norma o aprender un determinado contenido, para estudiantes y familias que no suelen validar a priori la palabra del docente.
El cuestionamiento de la autoridad institucional y el deterioro del reconocimiento social son dos de los factores centrales que menciona el documento de CIPPEC al analizar los cambios que complejizaron el trabajo docente. En ese punto, el informe señala la necesidad de reforzar las normas de convivencia y los marcos institucionales de protección de los docentes.
Otro tema se repite en los testimonios: las pantallas. Marisel Argañaraz las ubica entre los principales problemas que observa en primaria. Habla de “mal uso” y reclama que familias y escuelas encuentren estrategias para convertirlas en una herramienta positiva para la educación.
Sandra Pagliaricci, profesora de Matemática desde hace 35 años, sostiene que cambiaron las maneras en que los estudiantes se relacionan con la información, con la tecnología, con sus pares y con el aprendizaje. Y reconoce que esas transformaciones la obligaron a cambiar: “Aprendí a escuchar y observar más, a ser flexible y a dejar de pensar que enseñar es solamente transmitir conocimientos”.
Jorgelina Mazzucco plantea que la escuela compite con entornos digitales diseñados para producir estímulos inmediatos. Pero aprender requiere muchas veces lo contrario: “Dentro del aula, la satisfacción no es instantánea: es el fruto del esfuerzo, la tolerancia a la frustración, la pregunta, el descubrimiento. Eso lleva tiempo”, afirma. Y subraya: “Cultivar la espera hace bien”.
La formación permanente
Enseñar requiere, constantemente, aprender. El 97% de los docentes hizo alguna capacitación o formación durante los últimos tres años, según el informe “La trayectoria profesional docente en Argentina”, de Argentinos por la Educación, elaborado por Cecilia Veleda, Federico del Carpio y María Sol Alzú, a partir de datos de Aprender de 6° grado.

Con frecuencia esa formación responde a los desafíos –imprevistos– que plantea el trabajo. María Laura Riveros recuerda con exactitud el miedo que sintió cuando, al entrar al aula, se encontró con dos alumnos ciegos. “No soy profesora especial”, pensó primero. En su formación se había hablado de atender a la diversidad, pero otra cosa era encontrarse frente a una situación concreta para la que no se sentía preparada.
Se lo dijo a los estudiantes: no sabía braille, pero iba a aprender. Hizo un curso durante tres meses. “Aprendí en el curso y aprendí con ellos en el aula”, cuenta. Los dos alumnos también empezaron a enseñarles braille a sus compañeros.
Después tuvo estudiantes con hipoacusia y volvió a capacitarse. En esas experiencias destaca que no estuvo sola: trabajó con docentes de educación especial, psicopedagogas, psicólogas y otros equipos escolares.
Varios docentes resaltan el valor de tener una red: aunque, puertas adentro del aula, queden solos con los estudiantes, la tarea es tan desafiante que ya no puede encararse de manera aislada.
Para Jorgelina, existe otro sostén del que casi nunca se habla: “Hay una parte del trabajo docente que no figura en ninguna norma, en ningún salario: la familia que está atrás. Es la red de contención que absorbe el impacto cuando la tarea duele, cuando la profesión es maltratada o cuando las horas de trabajo se extienden y les roban a los tiempos familiares”.
Y hay un sostén que hace posible la tarea diaria: el vínculo humano entre docentes y alumnos. Es uno de los indicadores de PISA 2025 de los que Argentina sí puede enorgullecerse: los estudiantes valoran a sus profesores. El 78% dijo que el docente se interesa por el aprendizaje de todos los alumnos, 73% que continúa enseñando hasta que entienden y 79% que brinda ayuda extra cuando es necesaria. Los tres indicadores superan los promedios de la OCDE.
El sentido de enseñar
No es el salario, no es el reconocimiento social, no es el poder ni la comodidad rutinaria de un trabajo de oficina. ¿Cuál es el motor, entonces, del trabajo docente? ¿Qué los sostiene?

Algunos sintetizan la respuesta en un detalle: la cara de un alumno que descubre un conocimiento nuevo, la mirada de quien entiende algo por primera vez. “Sigue valiendo la pena cuando vemos que un estudiante que decía ‘no puedo’ descubre que sí”, afirma Sandra Pagliaricci.
En ese momento, explica Sandra, no solo se resuelve un ejercicio de Matemática, sino que cambia la confianza con la que ese chico enfrenta lo que vendrá después. En sus clases, Sandra trabaja explícitamente con la frustración, las emociones y la autonomía. Resalta que esas dimensiones están íntimamente asociadas con el aprendizaje: influyen sobre la capacidad de pensar, perseverar, trabajar con otros y tomar decisiones. “No todos necesitan lo mismo para aprender, pero todos necesitan sentir que pueden hacerlo. Ser docente es, muchas veces, abrir posibilidades”, resume.
Para Enzo, lo que justifica seguir entrando al aula de secundaria son los adolescentes –y sus sueños–. “Tienen un entusiasmo enorme por cambiar las cosas. Lo que hace que valga la pena ser docente es poder aportar mi granito de arena para que construyan una sociedad mejor y sean protagonistas de su vida, de su generación, de su barrio y de su escuela. Que encuentren en la escuela un lugar desde donde puedan convertirse en promotores de cambio”, explica.
“Lo que hace que valga la pena es el amor que te dan los alumnos y todo lo que uno aprende de ellos permanentemente. Trabajo con adolescentes, y esa alegría y esa energía que tienen te contagian todo el tiempo”, suma María Laura.
Ella también halla sentido en los reencuentros. Después de 26 años enseñando, se cruza con exalumnos que ya son enfermeros, policías, contadores, abogados o ingenieros, y que la recuerdan por sus enseñanzas. “Ahí te das cuenta de todas las cosas que una ha dejado sin advertirlo, porque las hacés como parte de tu trabajo y con amor”, cuenta.
Jorgelina llegó a ocupar el cargo de supervisora. La experiencia le permitió comprender el sistema desde otra perspectiva, pero mientras lo ejercía decidió que quería regresar a una escuela. “Descubrí que mi pasión y el sentido de mi práctica está en la trama cotidiana de la escuela: en el aula, en el pasillo, en las salidas pedagógicas, en las charlas con las familias –estemos o no de acuerdo– y con compañeros docentes, talleristas, personal de apoyo. Es ahí donde el proyecto pedagógico se encarna y las transformaciones reales suceden”.
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