
¿Qué disposiciones ayudan a una persona a pensar bien, evaluar información con criterio y desarrollar ideas propias? ¿Existe algún orden en el que esas cualidades tienden a desarrollarse? Un estudio realizado en Argentina encontró indicios de que la curiosidad podría ocupar un lugar inicial en el desarrollo posterior de otras “virtudes intelectuales”, como la atención y la autonomía para pensar por uno mismo.
La investigación, publicada en la revista científica International Journal of Applied Positive Psychology, siguió durante un año a 521 estudiantes universitarios y analizó cinco virtudes intelectuales: curiosidad, atención, apertura mental, meticulosidad y autonomía intelectual. Para las autoras, no se trata simplemente de habilidades puntuales, sino de rasgos del carácter vinculados con la manera en que las personas buscan conocimiento, intentan comprender y forman sus propios juicios.
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El trabajo fue realizado por Claudia Vanney y Belén Mesurado, investigadoras del Instituto de Filosofía de la Universidad Austral y del Conicet. Aunque los participantes tenían entre 18 y 45 años, el 99,2% se concentraba entre los 18 y los 25. Además, todos pertenecían a una misma universidad argentina, lo que limita la posibilidad de generalizar los resultados al conjunto de los estudiantes universitarios, según reconocen las propias autoras.
Las investigadoras partieron de una pregunta sobre la que hasta ahora había poca evidencia empírica. Si bien numerosos trabajos han señalado que las distintas virtudes intelectuales están relacionadas entre sí, no está claro si algunas tienden a preceder temporalmente a otras y podrían facilitar su desarrollo posterior.
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En el estudio, la curiosidad fue entendida como la disposición a preguntarse, explorar y buscar comprender; la atención, como la capacidad de involucrarse en el aprendizaje evitando distracciones y reparando en detalles relevantes; la apertura mental, como la disposición a considerar seriamente perspectivas diferentes; la meticulosidad (carefulness), como el cuidado por revisar, detectar errores y evitar conclusiones apresuradas; y la autonomía intelectual, como la capacidad de pensar y razonar por uno mismo.

Los resultados mostraron que los estudiantes que presentaban mayores niveles de curiosidad en la primera medición tendían a registrar, un año después, aumentos relativos en atención y autonomía intelectual. Además, ninguna de las otras virtudes analizadas predijo posteriormente un incremento de la curiosidad. Ese patrón llevó a las autoras a plantear que esta podría funcionar como una virtud “fundacional” dentro de la secuencia observada.
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La atención apareció, a su vez, como otro componente central. Mayores niveles iniciales se asociaron posteriormente con incrementos en meticulosidad, apertura mental y autonomía intelectual. La apertura mental también mostró una asociación posterior con la autonomía.
Sin embargo, las propias autoras subrayan que los efectos encontrados son modestos y que los resultados deben interpretarse como tendencias probabilísticas, no como una secuencia inevitable ni como prueba de causalidad. El estudio tuvo solo dos momentos de medición, separados por un año, por lo que permite observar precedencias temporales pero no demuestra que una virtud produzca el desarrollo de otra.
También hay otras limitaciones. Todas las virtudes fueron evaluadas mediante cuestionarios de autorreporte, es decir, a partir de lo que los propios estudiantes decían sobre sí mismos. El trabajo no midió directamente aprendizaje ni rendimiento académico.
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Para Vanney, estas disposiciones no dependen exclusivamente de características individuales o de la educación familiar, sino que también pueden trabajarse de manera intencional en las instituciones educativas. “Nosotros trabajamos las virtudes en la educación superior; también pueden aplicarse en colegios”, explicó a Infobae.
Vanney contó que en la Universidad Austral se formaron hace cuatro años 12 grupos de profesores de distintas disciplinas, desde Análisis Matemático y Costos hasta Sociología o Anatomía. Cada docente eligió una virtud –por ejemplo, curiosidad, apertura mental o meticulosidad– y trabajó en el rediseño de su materia para incorporar actividades que permitan ejercitarla al mismo tiempo que se enseñan los contenidos propios de cada asignatura.
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