Escuelas chicas vs. escuelas grandes: ¿la escala influye en la calidad educativa?

Las secundarias con menos de 100 estudiantes muestran mejores indicadores de clima escolar, mayor capacidad de adaptación a las reformas y vínculos más estrechos con las familias. Pero los especialistas advierten que el tamaño, por sí solo, no garantiza mejores aprendizajes

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Una estudiante adolescente con sudadera oscura mira sonriendo a su docente, quien viste un cárdigan negro, sentadas en un aula de escuela pública Argentina.
Las escuelas secundarias con menos de 100 alumnos presentan menores niveles de ausentismo docente, desmotivación del personal y problemas de convivencia escolar, según una encuesta nacional a más de 1.100 educadores. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los debates sobre cómo mejorar la escuela secundaria suelen concentrarse en cuestiones como el régimen académico, los contenidos, la evaluación, la inversión, la formación docente o el impacto de las tecnologías digitales. Hay otra variable que suele pasarse por alto, aunque resulta clave para muchas familias y estudiantes a la hora de elegir: ¿es mejor una escuela grande o una escuela chica? ¿La escala institucional impacta en la calidad educativa?

Algunas diferencias resultan evidentes. No es lo mismo dirigir una institución con 70 alumnos que una con más de 1.500; no es lo mismo enseñar a un curso de 15 estudiantes que a uno de 40. Tampoco es igual estudiar en una escuela donde todos se conocen por su nombre que hacerlo en otra donde conviven varias decenas de docentes y miles de estudiantes.

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Un estudio reciente del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA y la Asociación Conciencia volvió a poner en debate el tamaño de las escuelas. A partir de una encuesta nacional a 1.148 docentes y directivos de nivel secundario, el trabajo encontró que las escuelas con menos de 100 alumnos presentan, de manera consistente, percepciones más favorables en varias dimensiones: registran menos problemas cotidianos, valoran mejor las reformas recientes implementadas en varias jurisdicciones, muestran mayor apertura a la autonomía institucional y reportan vínculos más cercanos con las familias.

¿Eso significa que las escuelas pequeñas son mejores que las grandes? La pregunta se vuelve relevante en un contexto de revisión de la escuela secundaria y de caída de la natalidad. En pocos años se empezará a sentir en este nivel la baja de la matrícula que ya afecta al jardín y a la primaria: ¿las políticas deberían apuntar a reducir la cantidad de escuelas, o a mantener el número de escuelas con menos estudiantes?

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Menos problemas, más adaptación

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio de la Universidad Católica Argentina y Asociación Conciencia –elaborado por Silvina García Tobar, Teo Saralegui y Ianina Tuñón– es que las escuelas más chicas aparecen mejor posicionadas que las más grandes frente a varios de los problemas que hoy preocupan en la secundaria.

Escuelas pequeñas - ODSA-UCA y Asociación Conciencia
En las escuelas pequeñas, varios problemas se perciben con menor intensidad que en las escuelas más grandes. Fuente: ODSA-UCA y Asociación Conciencia

Entre los establecimientos con menos de 100 alumnos, la percepción de desmotivación docente alcanza al 53,5%, frente al 67,9% en las instituciones con más de 1.000 estudiantes. Algo similar ocurre con las inasistencias docentes (41,1% contra 53,6%), las dificultades de articulación entre asignaturas (40,5% frente a 56,4%) y los problemas vinculados con el uso de celulares (52,5% contra 62,5%). En todos estos casos, los problemas se perciben con menor intensidad en las escuelas pequeñas, con brechas que superan los 10 puntos frente a las instituciones grandes.

La encuesta mostró no solo una menor incidencia de los problemas, sino también una actitud más abierta al cambio en las escuelas más chicas. Mientras la gran mayoría de los docentes y directivos del sistema evalúan de manera crítica las transformaciones recientes en la secundaria, las escuelas más pequeñas son las únicas donde predominan o empatan las valoraciones positivas referidas a los cambios implementados en el régimen académico (por ejemplo, el fin de la repitencia), la organización pedagógica, los contenidos curriculares o los sistemas de evaluación.

Para Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA y una de las autoras del informe, el hallazgo invita a repensar algunas premisas habituales de las políticas educativas. “Cuando hablamos de reformar la escuela secundaria argentina solemos imaginar grandes transformaciones sistémicas, políticas nacionales y cambios normativos que lleguen a todos por igual. El problema es que esa lógica homogénea choca con una realidad heterogénea”, señaló.

“Mientras el promedio nacional arrastra problemas extendidos –desmotivación, ausentismo, desconexión curricular–, las instituciones más pequeñas los perciben con menor intensidad y, sobre todo, con mayor capacidad de respuesta –dijo Tuñón a Infobae–. Donde el resto del sistema solo ve deterioro en el régimen académico o el sistema de evaluación, las escuelas pequeñas reconocen mejoras: casi duplican el reconocimiento de cambios positivos respecto de las instituciones más grandes”.

Escuelas pequeñas - ODSA-UCA y Asociación Conciencia
Las escuelas más chicas son las únicas donde los docentes valoran de manera mayoritariamente positiva varias de las reformas implementadas en los últimos años. Fuente: ODSA-UCA y Asociación Conciencia

Según Tuñón, las escuelas de menos de 100 alumnos “muestran el perfil más favorable del sistema en casi todas las dimensiones analizadas”. La investigadora atribuyó esa diferencia a los “mayores márgenes de adaptación institucional”. Y argumentó: “Las estructuras menos complejas permiten que los cambios no se pierdan en capas de burocracia. Los vínculos con estudiantes y con familias son más personalizados. Y esa cercanía genera algo escaso en la educación secundaria argentina: confianza”.

La ventaja de la cercanía

La explicación aparece reforzada por otro hallazgo del estudio: la relación con las familias. A nivel nacional, el 58,2% de los educadores considera que las familias se involucran poco en las trayectorias educativas de los estudiantes. En las escuelas pequeñas, esa percepción desciende al 47,4%. Además, los docentes y directivos de estas instituciones se muestran más abiertos a ampliar la participación de las familias en la vida escolar y valoran especialmente los vínculos personalizados que la escala reducida permite construir.

Para Teo Saralegui, coordinador de Investigación e Incidencia Pública de la Asociación Conciencia y coautor del informe, esa cercanía cotidiana es fundamental. “En escuelas más chicas, donde la logística y la organización son más sencillas porque hay menos estudiantes y menos docentes, porque el directivo sabe quiénes son los alumnos y conoce sus trayectorias, y porque existe un vínculo más cercano con la comunidad, mejoran las condiciones de aprendizaje”, explicó.

Saralegui consideró que el tamaño puede ser particularmente relevante en un contexto de cambios en los regímenes académicos de la secundaria, impulsados por varias jurisdicciones argentinas –entre ellas, provincia de Buenos Aires y CABA– durante los últimos años.

Escuela secundaria pública
Las escuelas más chicas muestran mayores márgenes de adaptación a las reformas: sus estructuras menos complejas les permiten responder con más agilidad y consenso a los cambios del sistema educativo. (Foto: DGCyE - PBA)

Las reformas vinculadas a la promoción, las formas de evaluación y el acompañamiento de trayectorias –como el reemplazo de la repitencia por instancias de “intensificación”– implican complejas exigencias administrativas y organizativas para las escuelas. Allí, sostuvo Saralegui, la escala puede marcar una diferencia: “Las escuelas más chicas tienen mayor posibilidad de acomodarse operativamente a los cambios y mayor margen de maniobra que las escuelas más grandes. Eso impacta en mejores condiciones para desarrollar los procesos educativos”.

Saralegui y Tuñón resaltaron la necesidad de no “sobreinterpretar” estos datos ni asumir que el menor tamaño de las escuelas se asocia directamente con mejores desempeños. “Sería muy interesante analizar cómo se comportan los resultados de aprendizaje de las pruebas Aprender según el tamaño de las escuelas dentro de un mismo contexto socioeconómico”, planteó Saralegui.

“Nada de esto implica romantizar la escala pequeña ni ignorar sus limitaciones. Pero sí obliga a una pregunta incómoda: si las reformas se diseñan pensando en las escuelas grandes, ¿qué se pierde en el camino? Nuestro estudio permite señalar que las reformas homogéneas están destinadas al fracaso. La heterogeneidad del sistema exige abordajes diferenciales”, planteó Tuñón. Y agregó que las escuelas pequeñas “son, quizás, la mejor pista sobre cómo transformar la educación secundaria”.

¿Tamaño o contexto?

Varios especialistas consultados plantearon matices con respecto a la importancia de la escala escolar. Para Axel Rivas, profesor de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés y director académico del Centro de Investigación Aplicada en Educación (CIAESA), los datos del estudio podrían estar reflejando algo más amplio que el efecto del tamaño institucional.

Escuela Técnica N° 3 “María Sánchez de Thompson”
Las escuelas de menos de 100 alumnos suelen estar ubicadas en localidades rurales: algunos expertos plantean que sus "ventajas" tienen que ver con el contexto social antes que con el tamaño institucional.

“Las escuelas de menos de 100 alumnos suelen estar ubicadas en pueblos o localidades rurales y semirrurales. Lo que la encuesta probablemente está captando es que son contextos donde la crisis urbana impacta menos, donde existe un mayor sentido de comunidad y donde las relaciones sociales no están tan quebradas”, señaló.

Desde esta perspectiva, las diferencias podrían responder no tanto a la cantidad de estudiantes, sino más bien a las características sociales de los entornos en los que esas escuelas se encuentran insertas. “Parece ser más un indicador social que un efecto específico del tamaño de las escuelas”, sostuvo Rivas.

En otras palabras: de la encuesta a docentes y directivos surge que las escuelas pequeñas reportan mejores condiciones, tanto para la convivencia como para la innovación en la enseñanza. Pero es probable que esas condiciones no se expliquen solo por la cantidad de alumnos.

La apuesta millonaria de Bill Gates

La discusión tiene antecedentes internacionales. A comienzos de los años 2000, diversos estudios realizados en Estados Unidos sugerían que las escuelas secundarias pequeñas podían generar mejores resultados educativos, especialmente entre estudiantes de sectores vulnerables. La hipótesis despertó tanto entusiasmo que la Fundación Gates decidió convertirla en una de sus principales apuestas educativas.

En los años 2000, la Fundación Gates destinó más de 2.000 millones de dólares a promover la creación y reorganización de escuelas más pequeñas en Estados Unidos, pero luego abandonó esa estrategia para poner el foco en intervenciones pedagógicas. (REUTERS/ Hamad I Mohammed)
En los años 2000, la Fundación Gates destinó más de 2.000 millones de dólares a promover la creación y reorganización de escuelas más pequeñas en Estados Unidos, pero luego abandonó esa estrategia para poner el foco en intervenciones pedagógicas. (REUTERS/ Hamad I Mohammed)

Durante casi una década, la organización destinó más de 2.000 millones de dólares a promover la creación y reorganización de escuelas más pequeñas. La expectativa era que, al reducir la escala institucional, eso permitiría construir comunidades educativas más cohesionadas, mejorar el seguimiento de los estudiantes y fortalecer los vínculos entre docentes y alumnos.

Pero los resultados de las evaluaciones de impacto fueron más ambiguos de lo esperado, y para fines de esa década la fundación abandonó la estrategia. En su carta anual de 2009, Bill Gates reconoció las limitaciones del enfoque de las “small schools”. Allí escribió: “Muchas de las escuelas pequeñas en las que invertimos no mejoraron significativamente el rendimiento de los estudiantes”

Aunque varias lograron aumentar la asistencia y las tasas de graduación, la mejora en los aprendizajes no alcanzó los niveles esperados, según la información difundida por la propia fundación. En su balance, Gates señaló que las escuelas que habían obtenido mejores resultados no eran solo las más pequeñas: eran las que habían transformado su cultura institucional, sus prácticas pedagógicas y sus formas de organización. A partir de esa experiencia, la fundación reorientó buena parte de sus esfuerzos hacia la mejora de la enseñanza y la efectividad docente.

Rivas señaló que esa historia ofrece una advertencia útil para interpretar los hallazgos argentinos: “Respecto a si existe evidencia sobre el tamaño escolar más adecuado, el debate en la investigación sigue abierto. No conviene sacar conclusiones apresuradas: tanto las escuelas medianas como las grandes presentan ventajas y desventajas. La experiencia internacional mostró que reducir la matrícula no era suficiente para producir mejoras sostenidas”.

Vínculos y aprendizajes

Claudia Romero, doctora en Educación y especialista en nivel secundario, sostuvo que “el tamaño de la escuela tiene un efecto moderado e indirecto sobre la calidad educativa”, sobre todo en comparación con otras variables como el nivel socioeconómico y el capital cultural del hogar, que tienen un efecto muy alto.

Una docente de mediana edad, vestida con camisa azul claro y pantalones, entrega un ensayo a un estudiante adolescente, ambos sonriendo en un aula.
En las escuelas secundarias más chicas, los estudiantes reportan menos situaciones de bullying y relaciones más estrechas con docentes y directivos, según datos de las pruebas PISA. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El impacto del tamaño institucional puede ser “indirecto”, indicó Romero, al incidir sobre condiciones que sí afectan el proceso educativo, como la posibilidad de brindar una educación personalizada. “Las escuelas secundarias muy chicas suelen presentar mejores climas escolares y mayores niveles de pertenencia. Los estudiantes reportan menos situaciones de bullying y relaciones más estrechas con docentes y directivos”, señaló Romero a partir de datos de las pruebas PISA.

“Las escuelas tan chicas funcionan como una ‘gran familia’, donde los docentes conocen bien a cada estudiante y su contexto y pueden seguir de manera personalizada sus trayectorias escolares”, explicó Romero. Y aclaró: “Todos estos son factores protectores contra el abandono escolar, pero no alcanzan para garantizar altos niveles de aprendizaje”.

La especialista subrayó que en Argentina la mayoría de las escuelas chicas son rurales o están ubicadas en pequeñas localidades, donde suelen aparecer otros desafíos: dificultades para contar con docentes especializados, alta rotación del personal, menor disponibilidad de recursos didácticos, problemas de conectividad o escasez de laboratorios y equipamiento. “Si bien estas escuelas pueden ser oasis de convivencia y contención, muchas veces no cuentan con las mejores condiciones para garantizar altos desempeños educativos”, advirtió Romero.

La perspectiva que falta

“Si el objetivo es explicar por qué algunas escuelas logran mejores procesos y resultados que otras, la evidencia pone el foco en variables mucho más relevantes que el tamaño: el liderazgo pedagógico de los equipos directivos, la solidez del proyecto institucional, el trabajo colaborativo entre docentes y los dispositivos de acompañamiento de las trayectorias estudiantiles”, subrayó Sandra Ziegler, investigadora de Flacso y profesora de la UBA.

Programa Porvenir Misiones
Las relaciones más cercanas, el acompañamiento personalizado y la mayor capacidad para adaptarse a los cambios son algunas condiciones que los expertos destacan en las escuelas más pequeñas. (Foto: Asociación Conciencia - Programa Porvenir)

En su análisis, Ziegler incorporó un elemento muchas veces omitido en el debate educativo: la perspectiva de los alumnos. “Si bien las escuelas pequeñas pueden favorecer vínculos más personalizados, algunas investigaciones locales muestran que también pueden ser percibidas por los jóvenes como espacios con menores oportunidades de socialización y donde las etiquetas sobre los estudiantes tienden a consolidarse y resultan más difíciles de modificar”, explicó.

“La investigación nacional e internacional coincide en señalar que el tamaño institucional puede facilitar ciertos procesos organizacionales, pero no es un factor determinante de la calidad educativa”, afirmó Ziegler. Y subrayó: “Sería un error concluir que una escuela más pequeña es, por ese solo hecho, una mejor escuela”.

En este punto hay consenso: las fuentes consultadas subrayaron que el tamaño institucional no determina por sí mismo la calidad educativa. Pero también reconocieron algunas condiciones que las escuelas chicas favorecen: relaciones más cercanas, mayor conocimiento de las trayectorias estudiantiles, menor complejidad burocrática y más capacidad para adaptarse a los cambios. La pregunta, entonces, no es si todas las escuelas deberían ser pequeñas, sino cómo construir esas condiciones en escuelas de cualquier escala.

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