Hace algunos días tenía ganas de leer la nueva encíclica del papa León XIV. No soy una persona particularmente religiosa. Y la búsqueda tampoco venía desde la fe. La curiosidad era otra: intentar entender cómo mira hoy el mundo una institución que, con aciertos, contradicciones e influencia global, sigue teniendo capacidad de interpretar las grandes preocupaciones humanas de cada época.
La sorpresa apareció ahí. Porque la encíclica no habla solamente de religión. Habla de humanidad. Habla de jóvenes que buscan su lugar. De tecnologías que avanzan más rápido que nuestra capacidad de comprenderlas. De desigualdades que crecen. De vínculos frágiles. De comunidades que necesitan reconstruirse. De personas que quedan afuera del progreso. Entonces la lectura deja de sentirse lejana. Porque muchas de esas discusiones están presentes todos los días en nuestras ciudades, escuelas y espacios comunitarios.
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Quizás por eso me interesa leer algunas encíclicas. Textos que miran los cambios desde las personas, más que solamente desde los sistemas. Las encíclicas son, en términos simples, documentos donde un Papa reflexiona sobre temas importantes de su época. Y aunque nacen dentro de la Iglesia Católica, muchas veces terminan atravesando debates sociales, culturales, filosóficos y políticos mucho más amplios.
Rerum Novarum (De las cosas nuevas), de León XIII, apareció en medio de la brutal transformación de la Revolución Industrial y ayudó a instalar discusiones sobre trabajo, dignidad y justicia social. Décadas después, Juan Pablo II escribió sobre libertad, derechos humanos y crisis ideológicas en un mundo atravesado por la Guerra Fría. Más cerca en el tiempo, Francisco puso el foco en el ambiente, la desigualdad y la necesidad de reconstruir vínculos sociales en encíclicas como Laudato si y Fratelli tutti (Alabado seas y Hermanos Todos). Ahora León XIV parece preguntarse algo profundamente actual: qué pasa con el ser humano en un mundo cada vez más automatizado, acelerado y desigual. Nos invita a custodiar la magnífica humanidad que somos, especialmente en la era de la inteligencia artificial.
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Vivimos una época paradójica. Hace apenas unos meses, la misión Artemis II llevó a cuatro astronautas al punto más lejano de la Tierra que jamás haya alcanzado un ser humano. La humanidad sigue expandiendo los límites de lo posible. La inteligencia artificial transforma trabajos, relaciones y formas de aprender. La medicina avanza a pasos acelerados, con tratamientos que hace poco parecían ciencia ficción.
Estamos más conectados que nunca, pero no necesariamente más unidos. Y aun así, millones de personas siguen sintiéndose lejos del futuro. La distancia ya no es solamente económica. También es educativa, cultural, emocional y social. Porque mientras algunos acceden a los avances más sofisticados del planeta, otros todavía siguen buscando algo mucho más básico: oportunidades, pertenencia, escucha, representación, o simplemente un espacio donde sentirse parte.
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Ahí la encíclica deja de ser solo un texto religioso y se convierte en una reflexión profundamente social, humanitaria y crítica. No propone volver al pasado. Tampoco rechaza la tecnología. Lo que pregunta es: qué humanidad queremos construir mientras el mundo cambia tan rápido. Y esa pregunta se vuelve especialmente urgente cuando miramos cómo estamos debatiendo la inteligencia artificial.
Pocas tecnologías han generado posiciones tan polarizadas en tan poco tiempo. Para algunos, la IA es la solución a casi todo. Para otros, la amenaza más grave que enfrenta la humanidad. Y en ese ir y venir entre la utopía y el apocalipsis, cuesta encontrar el espacio para algo más necesario: una conversación honesta sobre sus aciertos, sus límites y sus errores. Porque la IA también se equivoca. Reproduce sesgos, amplifica desigualdades, puede usarse para manipular o excluir. Pero también abre oportunidades reales para quienes históricamente tuvieron menos acceso al conocimiento, a la salud, a la educación.
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El problema no es la tecnología en sí. El problema es que como sociedad todavía nos cuesta convivir con esa complejidad. Nos cuesta disentir sin romper, criticar sin cancelar, reconocer errores sin que eso se convierta en descrédito. Y eso vale para el debate sobre la IA, pero también para casi cualquier conversación pública importante de este tiempo. En educación lo sabemos hace tiempo: el error no siempre marca un fracaso. Muchas veces muestra un proceso, una búsqueda, un intento, una oportunidad de mejorar.
Tal vez como sociedad también necesitemos recuperar esa mirada. Y quizás por eso algunas experiencias locales adquieren todavía más valor. Desde proyectos concretos, esa preocupación aparece constantemente: cómo conectar tecnología con humanidad, cómo ampliar oportunidades sin perder comunidad, cómo incluir sin uniformar, cómo preparar a los jóvenes para un futuro que todavía nadie entiende del todo.
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Porque las políticas sociales y educativas locales todavía pueden transformar el mundo concreto de las personas. No desde grandes slogans, sino desde espacios reales que sostienen comunidad todos los días. Un centro de día para personas con discapacidad donde alguien vuelve a participar. Una biblioteca que abre una puerta. Un docente que escucha en el momento justo. A veces las transformaciones más profundas empiezan ahí: cuando alguien vuelve a sentirse visto, escuchado y parte.
En este tiempo donde se impulsan fuertemente las herramientas digitales, se abre también una oportunidad valiosa: integrar con mayor fuerza la formación del carácter y el cultivo de las virtudes. Responsabilidad, perseverancia, empatía, honestidad, sentido comunitario. Porque la tecnología potencia, pero son las virtudes las que orientan y humanizan.
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Y quizás también haya algo profundamente simbólico en que León XIV cite a J. R. R. Tolkien dentro de la encíclica. Porque muestra que estas reflexiones no nacen en soledad, sino que dialogan con la gran tradición humana de historias, libros y memoria colectiva. La cita dice: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir…”. No siempre podremos resolver todos los problemas del mundo. Pero sí podemos construir comunidades más humanas, oportunidades más justas y espacios donde más personas vuelvan a sentirse parte.
Paulo Freire decía que la educación no cambia el mundo directamente: cambia a las personas que van a cambiar el mundo. Y quizás esa sea también la apuesta profunda de esta encíclica: no transformar los sistemas de golpe, sino cultivar la humanidad que hace posible esa transformación. Una persona a la vez. Una comunidad a la vez. En los días que nos ha tocado vivir.
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