El oficio del luthier tiene algo de mágico. Como el alquimista que obtiene oro de la piedra, el luthier hace música de la madera. Es un oficio que articula muchos saberes. En la antigüedad se transmitía de padres a hijos, como los artesanos. Sin embargo, Julio Malarino, con más de veinte años de experiencia como director de la escuela de luthiers El Virutero, dice que se siente más vinculado al técnico que al artista. “Lo que hago son herramientas que usan los artistas para expresarse”, dice.
Malarino visitó el auditorio de Ticmas y habló de su oficio con un acento especial en desacralizarlo: casi como una invitación para que todos puedan intentar la experiencia.
—¿Por qué te pensás como un técnico?
—Porque hay que respetar cuestiones de la propia estructura del instrumento. Por ejemplo, tiene que soportar una determinada tensión, una determinada fuerza que ejercen las cuerdas. Tiene que ser estable en el tiempo, tiene que mantener la afinación de esas cuerdas, tiene que ser ergonómico, tiene que ser liviano. Y, además, tiene que sonar bien. En los instrumentos acústicos, el sonido depende muchísimo del diseño que estés aplicando.
—¿Es lo mismo hacer una guitarra que hacer otro instrumento de cuerdas? ¿Puede el mismo luthier hacer dos instrumentos distintos?
—Los instrumentos de cuerdas pulsadas son similares entre sí, no hay diferencias enormes. Las diferencias están con instrumentos de cuerdas frotadas o cuerdas percutidas. Lo que ocurre es que, por ahí, uno se especializa en un tipo de instrumento, y ahí la mayor diferencia está en el conocimiento que uno tiene acerca de la cultura del instrumento. Si trabajás con una cítara o con una guitarra clásica, las posibilidades de escucharlos en acción y de interactuar con músicos, son muy distintas. La diferencia es la información que uno maneja.
—Al luthier lo podríamos pensar como el artesano del siglo XIV, XV. Pero hoy ¿la educación mantiene algo de artesanía?
—Hay mucho trabajo artesanal. En mi caso no busco reforzar la parte romántica, no hay un halo especial en la construcción de un instrumento. Sí hay mucho trabajo artesanal, mucho trabajo manual, mucho desarrollo de destrezas manuales y mucha necesidad de comprender qué estás haciendo. Qué herramientas estás usando, cómo mantenerlas afiladas, cómo lograr que la fibra de la madera permita que hagas una tarea, de qué manera hacerla. Muchas veces hay que girar la pieza para atacarla con el filo del otro lado, porque de un lado se traba y del otro funciona bien. Después, en líneas generales, tenés que entender el instrumento. Es lo mismo que se hacía hace muchísimos años, pero sin la situación del traspaso familiar de generación en generación.
—¿Cuánto tiempo toma convertirte en luthier? ¿Cuántos años pasa un estudiante en la escuela?
—La formación no termina jamás; yo me la paso estudiando. El programa completo en la escuela involucra cuatro módulos, y cada módulo puede durar entre un año y medio y dos, dependiendo del alumno.
—¿Qué es lo primero que hace un estudiante?
—Un plano de lo que va a hacer. O, si va a hacer un diseño ya elaborado, aprende a leerlo. Empieza por ahí. Después aprende las bases de la tecnología de madera para seleccionar y comprar su madera. Después empieza a construir.
—¿Qué tipo de maderas tenés en el estudio?
—Hay de todo. Tenés maderas muy duras, muy densas, que se usan para el diapasón, que es la parte que uno pisa con la mano. Ahí el ébano es una de las maderas más populares. El guayacán también. Hay montones de maderas muy útiles para esa función. Las tapas suelen ser de coníferas: abetos de distinto tipo, algunos tipos de cedro. Después, en fondo de hierros, usás también maderas densas.
—En unos años aprendés a hacer un instrumento, pero ¿cuánto tiempo tardás en hacer un buen instrumento?
—La experiencia que tenemos en la escuela es que ya con el primer instrumento se logra uno de altísima calidad. Pero es un instrumento guiado, si uno lo hiciera solo tardaría muchísimo más. Es como cualquier aprendizaje. Como aprender a leer sin ir a la escuela primaria. Convertirte en un profesional, yo creo demanda unos diez años.
—¿Cuánto tiempo te lleva hacer una guitarra?
—Aproximadamente un mes en la construcción y un mes en el lustre.
—¿Tus guitarras tienen un sello característico?
—Tienen unas características sonoras que reconozco. Si escucho una guitarra en un concierto o en una grabación a lo lejos no puedo darme cuenta si es mía, pero sí hay un sonido que busco generar y que, cuando escucho mis guitarras, lo reconozco.
—¿Cómo se da ese sonido?
—Principalmente por el diseño de la tapa y de la caja, pero la tapa te permite controlar las variables sonoras.
—Hace un par de años, entrevisté a Pedro Aznar, que sacaba una guitarra propia, que se llamaba PA1. Aquella vez, él me habló de colores, de sonidos. ¿Cómo se trabaja con un músico?
—Cuando un músico le encarga una guitarra a un luthier, normalmente ya conoce su trabajo. O sea, es muy fácil: es como ir a tu panadería preferida. Ahora bien, dentro de esa condición, el músico te puede decir que, por ejemplo, quiere realzar las frecuencias altas, quiere destacar los agudos por sobre los graves. Ahí yo puedo trabajar con el diseño y los espesores de tapa. Y lo hago de una forma muy artesanal. Mido la flexión de la tapa y, haciendo fuerza con los dedos, decido en qué momento tiene la flexión correcta. En realidad, mido el módulo de elasticidad de la tapa sin hacer los cálculos.
—¿Cambia tu conocimiento de la música cuando hacés un instrumento? Quiero decir: el que se dedica a la música ¿entiende algo distinto cuando ve cómo se hace una guitarra?
—Sí, totalmente. Yo empecé a meterme en el mundo de los instrumentos escuchándolos, después tocando y, cuando empecé a construir —o a reparar antes de construir—, los empecé a entender de otra manera… al punto que no toco más. Entendí muy bien este lado y entendí que era muy malo en el otro.
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