
Todos hemos estudiado aquellos versos de Echeverría: “Era la tarde, y la hora en que el sol la cresta dora de los Andes. El desierto inconmensurable, abierto, y misterioso a sus pies se extiende; triste el semblante, solitario y taciturno como el mar, cuando un instante al crepúsculo nocturno pone rienda a su altivez”. El imaginario del desierto es constitutivo del proyecto de Nación: aparece como un espacio vacante sobre el cual el Estado tiene la obligación de reclamar y ocupar.
Desierto y barbarie componen un mismo símbolo de dos caras: donde está el indio no puede haber sino una extensión de terreno yermo. La identificación es tal que la campaña militar que avanzó sobre las poblaciones indígenas se llamó, justamente, Conquista del Desierto.
Pero en la realidad no había tal desierto. El territorio, de hecho, estaba poblado por grandes bosques de caldenes, un árbol típico y exclusivo de la Argentina. Y, sin embargo, como si aquello hubiera sido una profecía, los bosques se han ido reduciendo —por la mano del hombre— y hoy luchan por sobrevivir.

El caldén es un árbol del género de los algarrobos. Tiene una ramificación que se da a baja altura y es muy territorial: “pelea” con otros árboles por su espacio, por la luz. Es un árbol muy frondoso, imponente. La primera deforestación masiva comenzó casi de inmediato, tras la campaña militar. Los árboles que quedan —se usan para dar sombra al ganado—, ya sin competencia, llegan a medir más de veinte metros.
“Se dice que la pampa tiene el ombú: la pampa tiene el caldén”, dice Gerardo Salonia, quien, tras varios años de investigación y con enorme producción de fotografías propias, publicó Imágenes del caldenal (Ed. Wolkowicz) en el que da cuenta de la situación actual de los bosques. “Han sido muy maltratados”, dice, “y lo siguen siendo. Si bien están protegidos por la Ley Nacional de Bosques, están en propiedades privadas y eso dificulta la fiscalización y el control”.
Una operación muy valiosa del libro es el trabajo de recuperación de ciertos textos que hablan de los árboles: desde escritores que forman parte del canon hasta autores marginales u olvidados, tan invisibilizados como los caldenes. Algunos de ellos son Evar Amieba, Santiago Copello, Hernán Deibe; también el sacerdote salesiano Juan Monticelli y la maestra Justa Roqué de Padilla.
“Hay dos categorías de autores”, explica Salonia, “están los que escribieron sobre el caldenal sin saber que estaba destinado a la deforestación y a la degradación, y están los que vinieron después y que, con la conciencia del bosque, pusieron las historias en ese escenario”.

—¿Cómo afectó a las poblaciones indígenas la idea del desierto?
—Cuando yo era chico cruzaba el corredor que va de Este a Oeste, desde la estación Once del ferrocarril Sarmiento hasta General Alvear, en el sur mendocino. Iba en un tren que, curiosamente, se llamaba “El Ranquelino”, porque esas eran las tierras de los ranqueles. Los ranqueles las ocuparon hasta 1879, cuando se produjo la Campaña del Desierto. Y, así como cuando cruzaba la zona me decían que esos bosques eran de algarrobos, lo ranqueles en los censos posteriores aparecen en la categoría de paisanos. Es decir: se les borraba la identidad. Yo entiendo que esa invisibilización es un paso previo a la desaparición.
—¿Qué efectos produce sobre los caldenes la explotación agroganadera? Pienso, sobre todo en los monocultivos.
—Es difícil de fiscalizar. Hay una reserva muy grande que es la de Parque Luro, de la que no quiero abrir juicios. Pero, por ejemplo, con gente de la Universidad de Río Cuarto, fuimos a hacer un relevamiento de caldenes en la zona de Villa Huidobro, Córdoba. Supuestamente en las cartas satelitales había caldenes y no había nada: había salitrales y otros tipos de árboles, como el olmo. Y había lo que se llama el caldenal degradado: arbustos. El satélite no puede detectar si se trata del bosque originario o de otro tipo de especie. La ley de bosques los protege, pero es difícil de fiscalizar porque se hacen deforestaciones en zonas de muy difícil acceso, en propiedades privadas.
—Hay un festival provincial, que se llama “Festival del Caldén”. ¿De qué forma el caldén constituye la identidad de la zona?
—Lo más importante, para mí, es que la identidad no quede asociada a un árbol, porque esto no es la cuestión de un árbol sino de un bosque. El bosque es algo más complejo, es un socioecosistema. Hay una frase que dice que el árbol no te deja ver el bosque: bueno, creo que es lo que pasa. Lo esencial es el bosque. Hay una iniciativa en Justo Daract, en San Luis, en donde un señor donó más de 60 hectáreas para reconstruir el caldenal primigenio y ahora están reforestando con el monitoreo de la Universidad de Villa Mercedes. Ese es un intento de reconstruir el caldenal, de propiciar que el bosque vuelva a regenerarse en toda su complejidad.
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