“Quiero ser famoso”: cuando el objetivo es la popularidad, sin importar las consecuencias

¿Qué clase de sociedad empuja a que una persona ponga en peligro su vida y las de los demás para alcanzar la fama?

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Ted Bundy
Ted Bundy

Fue una de las personalidades más reconocidas de la década de los 70; su rostro ocupó las portadas de cada periódico de la época. Hoy en día, a más de 30 años de su muerte, su página de Wikipedia recibe cientos de miles de visitas por día y se han realizado al menos siete películas biográficas sobre su vida. Estoy hablando de Ted Bundy, el asesino en serie más famoso en la historia norteamericana.

Infinidad de cosas te pueden traer “fama”. La fama en sí, cómo concepto, se trata de que una cantidad considerable de personas te reconozcan. Y el reconocimiento no está atado directamente a algo bueno; el caso de Ted Bundy es un claro ejemplo de eso.

La pregunta que surge entonces es por qué alguien --y cada vez más personas-- aspiraría a algo que no tiene ningún tipo de vínculo con una promesa de bienestar personal.

Hemos crecido consumiendo la imagen de que ser bueno en algo nos trae fama y esa fama debería acercarnos a la felicidad. Y por más que haya miles de ejemplos nuevos todos los días que refuerzan la idea de que la fama en exceso puede estar asociada a profundos desequilibrios personales (cabe citar ejemplos como Maradona o Michael Jackson), cada vez más personas ven a la “fama” como la meta final.

Es una obviedad, y hasta es redundante, afirmar que estamos viviendo como sociedad una etapa de cambios. Y que las redes sociales cambiaron los paradigmas de una infinidad de variables distintas, siendo la “fama” una de ellas: antes estaba destinada para unos pocos. Antes no alcanzaba con tener talento o cualidades únicas; requerías que un productor viniera y te eligiera. Que te dieran la oportunidad.

Hoy en día esto cambió: “En el futuro”, decía Andy Warhol, “todos tendrán sus quince minutos de fama”. Desde el living de tu casa, con una cámara y conexión a internet, podes convertirte en una persona famosa.

Uno de los primeros ejemplos en Argentina de popularidad masiva ganada 100% en base a internet, fue el de Julián Serrano. Julián, oriundo de Paraná, no fue “elegido” por un productor hasta mucho tiempo después de haberse vuelto una estrella viral de las redes. Fue el público quien lo eligió antes que nadie.

Julián Serrano (Foto: Instagram)
Julián Serrano (Foto: Instagram)

Éste fenómeno es, por lo menos, tentador. Que con recursos mínimos y con solamente tu voluntad alcance para lograr la tan ansiada popularidad resulta seductor para muchísimas personas.

Pero si bien antes la dificultad era que un productor te viera, le gustaras y te seleccionara, y hoy ese paso es evitable, eso no significa que alcanzar la fama online sea algo simple. La democratización del acceso a la oportunidad no asegura una obtención del resultado. Porque, como es de esperar, son cientos de miles de personas las que día a día están publicando contenido en internet para alcanzar audiencias más grandes.

Es tanta la competencia por resaltar en un mundo online repleto de estímulos audiovisuales, que cada vez son más extremas las medidas que se toman para destacarse y ganar un mínimo de atención. Recientemente fue reportado en Egipto el caso de un joven que falleció al saltar de un puente mientras grababa un video para TikTok, con la clara intención de que se volviera viral.

Cualquiera calificaría el hecho anterior como una “locura”. Y sí, lo es. Pero permite una reflexión más profunda: ¿qué estamos haciendo como sociedad para que un individuo crea que saltar desde un puente le va a atraer éxito y fama? Y por otro lado, ¿está tan equivocada esa persona? ¿No es cierto que si viéramos su video arriesgando la vida probablemente lo compartiríamos con un amigo para mostrarle la hazaña? ¿No somos entonces nosotros como audiencia los que alimentamos constantemente estos comportamientos?

Fede Popgold
Fede Popgold

Por otro lado, si quisiéramos ir un poco más allá, hay un debate aún más profundo que el mencionado previamente. Es momento de discutir en qué lugar colocamos a la fama. Hicimos una construcción poetizada de un concepto que nos encargamos de reforzar día a día. ¿Creamos ídolos con el afán de sentirnos más terrenales? ¿Queremos sentir que hay algo más grandioso que lo que nos tocó a nosotros?

Ted Bundy era famoso y un asesino. Su popularidad no lo hizo más noble ni más feliz. De hecho, todo lo contrario. Lo condenó aún peor. Idealizar la fama y convertirla en un sinónimo de éxito es un error. Reconstruir este concepto será, en un mundo cada vez más interconectado, un desafío casi obligatorio de las generaciones presentes y futuras.

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