
Estás pasando historias desenfrenadamente en Instagram desde hace varios minutos, hasta que de pronto una te llama la atención y te detenés. Tu amiga del gimnasio está en un bar, con otras chicas. Todas tienen un trago en la mano, sonríen alegremente, sacan la lengua y posan de formas varias. En ese instante pasas a estar muy consciente de que es sábado a la noche y vos estás envuelta en una frazada en tu cama, eligiendo qué película mirar. Y pasaste en ese lugar la mayor cantidad de horas del día. Te sentís mal. Te hubiera gustado haber salido y estar pasándola tan bien como ellas.
Eso que acabas de sentir, tiene un nombre. Se llama FOMO, una sigla en inglés que se desarma en Fear of Missing Out: temor a perderse de algo. Es una patología psicológica que puede manifestarse en una sensación de ansiedad ante la posibilidad de que otros estén viviendo una experiencia gratificante de la que uno se está perdiendo.
Probablemente, la definición conceptual del FOMO no interpele a mucha gente la primera vez que la escucha, pero es cuestión de llevarlo a ejemplos concretos para entender la facilidad con la que casi todos los usuarios de las redes sociales lo hemos sentido alguna vez.

Sí, las redes sociales juegan un rol fundamental: nos permiten estar constantemente conectados, compartiendo lo que cada uno elige mostrar de su vida, y a su vez consumiendo lo de otros. Esa mega conexión, que hace unos años habría sido inimaginable para la mayoría, acarrea características muy positivas y, a su vez, peligrosas.
El exceso de horas que pasamos navegando las redes sociales nos otorga cierta sensación de pertenencia. Nos sentimos conectados unos a otros. Ese sentimiento fue clave, por ejemplo, cuando comenzó la cuarentena a raíz de la pandemia del COVID-19. En Instagram podíamos ver que tanto Justin Bieber como nosotros estábamos viviendo una realidad similar. Independientemente de las diferencias contextuales, ambos estábamos encerrados. Y nuestros amigos y conocidos, también. Se experimentaba cierto confort en saber que “estábamos todos en la misma”.
Y, cuando se quiebra esa sensación de conexión, es cuando aparece el FOMO. Cuando de pronto Justin Bieber dejó de transmitir en vivo. Cuando nuestros conocidos se juntaron a cocinar ravioles con salsa y los mostraron orgullosos en los estados de WhatsApp. Cuando nuestros primos fueron a tomar un café a Starbucks y publicaron la foto de sus vasos con el nombre. Cuando todo eso ocurría y nosotros, en lugar de protagonistas, éramos tan solo espectadores a través de nuestro celular.

No es una locura pensar que, cuanto mayor tiempo pase uno en las redes sociales, mayor riesgo hay a experimentar el FOMO en algún momento. Y, dado que estadísticamente son las generaciones más jóvenes las que más tiempo pasan conectados con otros a través de las redes, son ellas las que más podrían llegar a sufrir este miedo a quedarse afuera de algo.
La sensación de FOMO puede ser propiciada por un sentimiento de soledad y bajo autoestima. Este combo genera, en muchos casos, una alta dependencia a las redes sociales. ¿Por qué? Por el sencillo motivo de satisfacer la necesidad de asegurarnos constantemente lo que están haciendo nuestros amigos y conocidos.
Hasta acá, lo mencionado sobre el miedo a quedarse afuera fue puramente descriptivo. Pero hay un accionar que se dispara de todos estos sentimientos y que pocas veces es mencionado. El deseo intrínseco de quienes sentimos el FOMO, de mostrarle al mundo que, efectivamente, no nos estamos quedando afuera de nada.
¿Cómo es eso? Básicamente consiste en publicar fotos de cada cosa interesante que estamos haciendo. De cada plato gourmet que comemos. De cada lugar lindo que visitamos. Es una forma de hacerle saber a todos que no somos esa persona que estuvo todo el día tapada con la frazada en su cama. No: somos una persona con una vida interesante y que, lejos de sentir FOMO, nuestras actividades son tan atractivas que le pueden generar FOMO a los demás.

Puede parecer una tontería, pero ¿cuántas veces escuchaste o dijiste la frase “es solo para la foto de Instagram”? “¿De verdad te vas a comprar esa campera? Sí, pero tranqui, es solo para la foto”. Y es que, ¿cuántas cosas hacemos solo para la foto? Porque, como dice el dicho, si no hay una foto, es porque no ocurrió.
En recitales, eventos, acontecimientos relevantes: siempre la primera fila es de personas filmando con sus celulares. Eligiendo compartir con los demás antes que disfrutar el momento a solas. ¿Y cuál es el motivo detrás de esto? ¿Podría ser la necesidad de aparentar que tenemos una vida interesante? ¿Podría ser el de demostrar que estamos lejos de ser víctimas del FOMO? ¿Podría ser el de, en contrapartida, provocarle FOMO a los demás?
O puede ser una combinación de todas ellas. Pero lo que es importante recordar para todos aquellos que hemos sentido este miedo alguna vez, es que la vida de nadie es un recuadro de 1080x1080 pixeles. Ese es tan solo un fragmento de una realidad que desconocemos, con un detrás de escena que jamás vimos ni veremos. Solo teniendo esto presente cada vez que naveguemos por las redes sociales podremos evitar caer en la ansiedad que nos genera ver que otros están viviendo todo aquello de lo que nosotros, por propia voluntad o no, nos estamos privando.
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