
“No escuches esa canción; Jimena Barón está re cancelada”. No hace falta ser un usuario muy activo en las redes sociales para haberse topado alguna vez con un mensaje similar. El sustantivo del ejemplo (canción) puede ser reemplazado por cualquier otra palabra y el nombre propio que la acompaña también. Porque en 2021, los “famosos” que hasta el momento han logrado esquivar la cancelación, son muy pocos. O ninguno. Desde youtubers, actores, cantantes, hasta el mismísimo primer ministro canadiense.
La cancelación no descansa ni discrimina: en este momento, mientras lees esta nota, alguien en algún lugar del mundo está siendo cancelado.
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Pero, ¿en qué consiste la tan famosa cultura de la cancelación y de dónde surge? El concepto es el siguiente: alguien hace algo mal, y a raíz de esto un grupo de personas le hacen saber su descontento con dicho accionar, organizándose para dejar de “consumir” al individuo infractor. O dicho de otro modo: te castigan por haber obrado de una forma que no es la esperable.
Es importante mencionar que esta práctica nace con un fin noble: el de demostrar apoyo a quienes han sido víctimas de algún hecho que no recibió justicia. Casi como una suerte de justicia por mano propia.
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Pero el peligro detrás de esto es que los motivos que pueden llevar a “cancelar” a alguien, son un terreno sin legislar. Hoy en día pueden ir desde los más básicos (una opinión política) hasta acciones objetivamente repudiables (discriminación). El “cancelador” juega entonces el rol de juez: él decide quién sí y quién no; que está bien y que está mal. Ante la ausencia de un juez real que determine que el accionar de una persona es erróneo, será la gente la que alentará el rechazo hacia el perpetrador.
Dejar de escuchar la música de una cantante porque sus acciones no se alinean con las expectativas que yo tengo, es válido. Nadie puede interferir en nuestras propias decisiones individuales. Pero la diferencia entre esto y la cultura de la cancelación es que la segunda propone que el escarmiento sea público y grupal. No alcanza con que cada uno deje de consumir a un determinado artista: es necesario que lo hagamos público en nuestras propias redes, que nos alineemos con otras personas que piensan similar y que alentemos a las que no, a hacerlo.
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La cultura de la cancelación nació en las redes sociales y va migrando de una a otra incesantemente. Crece, evoluciona. Pero, ¿qué pasa cuando atraviesa la pantalla del celular y cualquier persona puede ser un potencial damnificado? Sería casi ingenuo esperar que esto no sucediera; somos una generación que vive la mayor parte de su día mirando el celular.

“No lo invites a tu cumpleaños; Pedro está re cancelado”.
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Antes en las aulas sólo hablábamos de bullying y todos coincidíamos en lo negativo que era. El maltrato físico o verbal de un estudiante hacia otro tiene un rechazo unánime por parte de quienes no lo ejecutan. Ahora, la cultura de la cancelación aporta un elemento nuevo a esa ecuación. Presenta un justificativo que se ampara en lo políticamente correcto. Vos hiciste algo malo, por lo tanto nosotros tenemos el derecho a maltratarte. ¿Y cómo se manifestará ese maltrato dentro del aula? Ignorándote. Aislándote. En algunos casos, insultándote.
Dada la multiplicidad de factores que podrían derivar en cancelar a alguien, crecer naturalizando la cultura de la cancelación podría afectar directamente la capacidad de discernir. Siempre habrá personas que piensen diferente a nosotros y eso no es motivo para alentar un castigo en su contra. Es más, todo lo contrario: la diversidad en los puntos de vista es una herramienta clave para la construcción de una sociedad más justa.
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Sí, claro que hay personas cuyo accionar es cuestionable. Pero si mi rechazo hacia ellos me lleva a mí a promover un ataque violento hacia la persona en cuestión: ¿no me convierte a mí en alguien igual de cuestionable?

La “cultura de la cancelación” es un concepto relativamente nuevo que todavía estamos a tiempo de deconstruir y repensar. ¿Qué esperamos del resto? ¿Cómo reaccionamos cuando algo que hace otro no nos gusta? ¿Es nuestro propio accionar tan correcto como el que le demandamos al resto?
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No hay respuestas correctas a esas preguntas, pero sí habilitan un debate que solo puede llevarse a cabo si nos prometemos a nosotros mismos prestar una escucha activa al otro y rebatir sus argumentos con respeto. Promoviendo ésta práctica que suena tan sencilla es la única manera de combatir la potencial toxicidad de una cultura que pareciera haber llegado para quedarse.
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