Mar del Plata. El ascenso de Asia como eje del poder mundial y el rol central de China en la economía global delinean un nuevo orden internacional que redefine las relaciones políticas, tecnológicas y comerciales. El desplazamiento del centro de gravedad desde el Atlántico Norte hacia el Pacífico, impulsado por la magnitud demográfica, la capacidad innovadora y la expansión económica asiática configura un escenario en el que América Latina enfrenta el desafío de adaptarse a un equilibrio distinto de fuerzas y oportunidades.
Así lo plantearon dos expertos en política internacional en dos paneles sobre el nuevo orden global que se escucharon en el 61° Coloquio de IDEA que se está realizando desde este miércoles en Mar del Plata. Moderados por Daniela Blanco, directora editorial de Infobae, Manuel Muñiz, rector internacional de IE University y presidente de la Junta Directiva de IE New York College, y Valentín de Miguel, Chief Strategy Officer (retirado) de Accenture Growth Markets, ofrecieron perspectivas complementarias sobre el cambio estructural que atraviesa el mundo y su impacto en la región.
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La fractura del orden liberal
Manuel Muñiz sostuvo que el mundo atraviesa una etapa de fractura del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado al final de la Guerra Fría. Según explicó, esa ruptura responde a dos fuerzas convergentes: una presión externa, liderada por el ascenso de nuevas potencias como China, que buscan reformar el sistema global, y una implosión interna en las democracias occidentales, marcada por el auge del nacional populismo y la polarización política.
El académico recordó que, a diferencia de la tesis de El fin de la historia de Francis Fukuyama, el presente demuestra “el retorno de la historia y el cuestionamiento de la universalidad de la democracia liberal”. La reemergencia de China, apuntó, representa un hecho estructural: “La economía china fue la más grande del mundo durante dieciocho de los últimos veinte siglos. Los últimos doscientos años fueron la excepción”.
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El resurgimiento de China bajo un régimen no democrático, sumado al revisionismo de Rusia y al fracaso de los procesos de democratización en el mundo árabe-islámico, ha alterado de manera profunda el equilibrio global, dijo. En paralelo, destacó Muñiz, las democracias avanzadas atraviesan una pérdida del centro político y una mayor concentración de la riqueza, fenómenos que alimentan el descontento social y el avance de fuerzas extremas.
En el plano económico, señaló que el centro de gravedad mundial se trasladó del Atlántico Norte a Asia, impulsado por el crecimiento sostenido de China, Japón e India. Ajustado por paridad de poder adquisitivo, el producto bruto chino ya supera al estadounidense, y desde 2018 la mayoría de los países comercian más con China que con Estados Unidos. “Estamos inmersos en una competencia tecnológica, económica y geopolítica que enfrenta a dos modelos de poder”, resumió Muñiz.
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Asia como motor del crecimiento global
Desde una perspectiva económica, Valentín de Miguel coincidió en que Asia se consolidó como el nuevo centro de gravedad mundial, al aportar entre el 60 % y el 70 % del crecimiento del PIB global desde comienzos del siglo XXI. En 2023 y 2024, la región representó el 70 % del aumento total de la economía mundial.
El especialista subrayó que el peso demográfico y el dinamismo productivo de Asia exigen revisar los enfoques tradicionales con los que se analiza a la región. “No es un bloque homogéneo, sino un mosaico de realidades económicas y culturales”, señaló, al recordar la diversidad de lenguas, religiones y sistemas políticos que conviven desde China e India hasta el sudeste asiático.
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De Miguel destacó tres pilares del modelo asiático contemporáneo: innovación, educación y ahorro. Citó que cuatro de los cinco principales polos tecnológicos del mundo están en Asia —Shenzhen, Hong Kong, Guangzhou y Tokio— y que el programa Made in China 2025 busca dominar diez industrias estratégicas mediante inversión en conocimiento y autosuficiencia tecnológica.
En educación, precisó que China cuenta con 200 millones de titulados universitarios, más que toda la fuerza laboral de Estados Unidos, y que cada año se gradúan 1,6 millones de ingenieros. En cuanto al ahorro, los hogares chinos guardan el 34 % de sus ingresos y el 96 % posee vivienda propia, lo que refleja valores culturales de disciplina y previsión económica.
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El impacto en América Latina y las oportunidades para Argentina
El avance asiático no se limita al plano económico global. De Miguel recordó que China es hoy el principal socio comercial de Sudamérica y el segundo de la Argentina. El 80 % de la harina de soja y el 75 % de la carne vacuna exportadas por el país tienen como destino el mercado chino, mientras que India concentra la mayor demanda de aceite de soja. Además, los bancos chinos han prestado más dinero en la región que el Banco Mundial y el BID desde 2005, consolidando su influencia financiera.
El especialista sostuvo que la coincidencia entre las necesidades de Asia y las capacidades productivas de América Latina —en agroindustria, energía, minería, turismo, infraestructura e industria del conocimiento— abre una oportunidad histórica para la región. “Ignorar a Asia sería marginarse del desarrollo futuro”, planteó.
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Muñiz, por su parte, advirtió que este nuevo escenario requiere políticas exteriores activas y una lectura estratégica del vínculo con China. Señaló que, en un contexto de competencia tecnológica y de modelos de gobernanza, América Latina debe definir su posición “sin caer en la falsa disyuntiva entre alinearse o aislarse”.
Un cambio de era
Las intervenciones coincidieron en que el desplazamiento del poder hacia Asia marca una transformación estructural del sistema internacional, con efectos directos sobre la economía, la política y las relaciones entre bloques. El siglo XXI, concluyeron, estará determinado por la interacción entre la capacidad de innovación asiática y la respuesta de las democracias occidentales ante un equilibrio de poder que ya no se mide solo en términos militares o comerciales, sino también tecnológicos y culturales.
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