
Una vieja preocupación de los economistas y analistas de mercados es el celo para que el Gobierno de turno no caiga en la tentación de atrasar el tipo de cambio oficial regulado, en particular cuando hay un claro objetivo primario de controlar la inflación, y hasta exterminarla, como es el caso actual.
Más aún cuando, por herencia, persiste un mercado de cambios regulado y con cepo para diversas operaciones, que explica la existencia de tipos de cambios múltiples y alta brecha entre sí, y pérdida de competitividad en diversas industrias.
Cuando asumió la presidencia Javier Milei el Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral (Itcrm) que elabora el Banco Central de la República Argentina con base 100 el 17 de diciembre de 2015 -inicio del gobierno de Mauricio Macri- se ubicaba en 83,19 puntos, acusaba un atraso o deterioro de casi 17 puntos porcentuales frente al valor inicial.
Al cierre de junio 2024 se ubicaba en 89,96 unidades, subió 8,1%, pero todavía estaba rezagado, más aún después de haber tocado un pico de 132,78 puntos en enero, tras el salto (sinceramiento) cambiario del 13 de diciembre.
El Itcrm, que se construye con la variación del precio relativo de los bienes y servicios de la economía argentina con respecto al de los de los principales 12 socios comerciales del país, en función del flujo de comercio de manufacturas, y del promedio ponderado de los tipos de cambio reales bilaterales, registró en el último mes un nivel que cotejado con el promedio desde enero 2016 a junio 2024 de 104,77 puntos implicó un atraso de poco más de 14 por ciento.
Claramente, un tipo de cambio alto favorece la competitividad externa de la producción nacional, en particular de los sectores con menos ventajas comparativas y pobre productividad media en el uso de los factores de producción, al tiempo que genera rentas extraordinarias a las actividades más eficientes y dotadas de recursos naturales extraordinarios -aunque en la Argentina, el Estado rápidamente las neutraliza con derechos de exportación (retenciones).
Y por el contrario, penaliza o ejerce una protección encubierta a la industria nacional, porque encarece las importaciones. Naturalmente, se verifica el fenómeno opuesto cuando se deja atrasar el tipo de cambio, como muchos economistas le cuestionan al ministro Luis Caputo.
Adicionalmente, un tipo de cambio alto tiene como contrapartida salarios bajos y viceversa. Y si bien, la moneda de curso legal es el peso, y por tanto las remuneraciones, como todas las transacciones corrientes se cursan en pesos, una paridad elevada posibilita obtener costos de mano de obra bajos en comparación con el resto del mundo, y facilitar la conquista y consolidación de mercado. Pero al mismo tiempo exige más esfuerzo para aumentar la productividad de los factores para poder acceder a mayor ingreso por parte de cada uno y no perder competitividad.
Por el contrario, cuando el tipo de cambio real se atrasa, porque en un mercado regulado para el comercio exterior la paridad la determina discrecionalmente el ente monetario y en general lo ajusta a menor ritmo que la suba de los costos de producción y de la inflación -desde enero se estableció una pauta de suba fija de 2% -crawling-peg-, la competitividad cambiaria se debilita y activa las alarmas entre los analistas porque anticipa caída de la actividad, en particular de las exportaciones, y lleva a la postre a corregir en forma traumática los desvíos: devaluación, salto inflacionario, deterioro de los salarios reales, recesión y aumento de la pobreza, entre otras varias consecuencias.
De ahí que la caída del Itcrm por debajo de las 100 unidades encendió las señales de alarmas entre los analistas, más aún después de un junio donde el Banco Central no pudo mantener el ritmo de acumulación de reservas netas, porque se ingresa al período de estacionalidad de baja de las exportaciones desde fin de julio – principios de agosto, hasta noviembre, aproximadamente.
Sin embargo, en el Gobierno en general y en el equipo económico en particular no parecen mostrarse inquietos por el supuesto atraso de 14% respecto del índice promedio de la serie de los últimos 102 meses, porque observan que mientras entre junio 2024 y diciembre 2023 inclusive la inflación fue de 125,5% el tipo de cambio oficial mayorista se elevó 155,3%, por lo tanto generó una suba real de 13,2%, y por tanto tienen “colchón” para sostener el crawling peg al 2% hasta que el ritmo promedio de suba de los precios desacelere a ese rango o más, en los próximos meses.
Efecto sobre la economía real
Si se asume que el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del Indec, el cual anticipa la variación del PBI, se mantuvo en junio en el rango informado por el organismo para mayo, arroja una caída 2,2% respecto del nivel de noviembre, en contraste con la suba de 8,1% del Itcrm en ese período.
Y en comparación con el promedio de la serie de los últimos 102 meses bajó 1%, casi ínfimo frente a la pérdida comentada de 14,1% del Itcrm. Sin duda, esa falta de correlación entre los dos indicadores se explica por la alta participación que tiene en la generación de riqueza el conjunto de los servicios públicos y privados, porque en su mayoría no son transables con el resto del mundo.
Tampoco se advierte en la serie de referencia una relación directa entre el nivel del Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral y el total de las exportaciones.
En los primeros siete meses de gobierno de La Libertad Avanza el ingreso de divisas por ventas al exterior se elevó en 23,8%, sustentado en la recuperación de las cosechas, y el impulso de la explotación hidrocarburífera y de energía eléctrica. Acusó una elasticidad cercana a 3 puntos, esto es por cada punto de aumento del Itcrm las exportaciones crecieron tres.
Pero en prospectiva, en el período considerado, por el contrario, pese a la caída del Itcrm en 14,1% respecto del promedio de la serie, las ventas al exterior se expandieron en 34,8 por ciento.
De ahí la extrema cautela que ha decidido el equipo económico en no apartarse de su meta principal de consolidar la recuperación de la solidez de las finanzas públicas, base para no acudir al auxilio monetario del Banco Central y de esa forma avanzar en el sendero de la desinflación, como define al proceso de baja sostenida del ritmo de aumento del Índice General de precios al Consumidor del Indec, para lo cual considera relevante sostener el ancla cambiaria a ritmo de 2% por mes y que todas las variables nominales converjan hacia esa tasa.
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