A los ponchazos y con métodos algo cuestionables, el ministro de Economía, Luis Caputo, logró durante el primer mes de gestión del presidente Javier Milei algo que ha caracterizado la economía de su antecesor hace dos décadas, Néstor Kirchner: los superávits gemelos, es decir, saldo positivos tanto en lo fiscal como en lo comercial. Si Milei logra sostener ese resultado en términos anuales para 2024, sería la primera vez en 16 años que se vuelve a lograr, tal como señaló el economista Fernando Marull
Claro que el dato de un solo mes es insuficiente para establecer que la Argentina ha entrado en un nuevo régimen, particularmente por los fenómenos que hicieron posible ese logro, esencialmente la licuación del gasto y el anormal flujo de importaciones. Pero, aún así, hay que remontarse más de cuatro años, al primer trimestre de 2019 para encontrar un resultado similar. Similar porque el superávit de ese momento fue de las cuentas primarias, tal como exigía el implacable acuerdo con el Fondo Monetario.
En ese momento, el último año de gestión del ex mandatario Mauricio Macri, su administración había puesto un marcha un plan casi tan ortodoxo como el actual, basado en un fuerte ajuste fiscal -que desde la perspectiva política “le costó” a Macri perder las elecciones de ese año- y un apretón monetario que había quedado a cargo del entonces presidente del Banco Central (sucesor del Caputo en ese cargo), Guido Sandleris.
Sin cepo ni restricciones a las importaciones, la contracción económica derivada de ese shock fiscal y monetario derivó en una caída de los envíos del exterior que promovió el superávit comercial y el último registro, hasta ahora, de superávits gemelos,.
La situación es, en algún punto, comparable con la actual aunque en diferentes magnitudes. Al menos para Caputo, se trata de un punto clave: “No hay antecedentes en el mundo de una reducción de 5 puntos del déficit fiscal en un mes”, dijo en su última aparición pública el lunes.
En cualquier caso, ese recorte inédito se basó no sólo en la reducción de las transferencias a las provincias y el freno de la obra pública sino, sobre todo, la enorme licuación de los principales gasto del Estado: jubilaciones, prestaciones sociales y salarios del sector público. Con ese combo, el Gobierno logró un superávit financiero de $518.000 millones.

Por el lado de la balanza comercial, tras el parate que ya se venía registrando por la escasez absoluta de divisas antes de diciembre, en enero la normalización del régimen de importaciones y las dificultades que incluso hoy todavía implica para las empresas lidiar con sus proveedores del exterior a los que se les han incumplido pagos provocó una caída de 14% de las importaciones en términos interanuales. Al mismo tiempo, las exportaciones anotaron una mejora, combinación de la que surgió un superávit fiscal de USD 797 millones. Eureka.
En definitiva, las distorsiones de la economía actual, una sobre otra, contribuyeron a lograr ese resultado al que no le falta mérito, particularmente a la hora de señalar un rumbo y marcar una convicción.
De hecho, el economista Gabriel Caamaño, quien recordó que el ex ministro Martín Guzmán también casi lo logra en 2021 cuando tuvo superávit primario, casi equilibrio fiscal y superávit comercial, destacó que “parece más valorable lo fiscal, aunque lo es más por lo que señala, que por cómo se logró. Ahora tienen que volverlo permanente lo de enero y hacerlo sustentable”, sostuvo e insistió en que “ojala lo sea en lo fiscal, lo otro es un resultado y más producto de los problemas para importar y la recesión”.
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