
Como si hicieran falta más argumentos para alimentar las expectativas de devaluación post elecciones legislativas, un dato se vuelve central en el actual contexto económico: el Gobierno llega a fin de año con una pérdida de competitividad en torno a 18% respecto del año pasado y, también, respecto del inicio del mandato del actual presidente Alberto Fernández. Este retroceso, contradictorio con la vocación de impulsar un aumento de las exportaciones que fortalezcan el ingreso de divisas al país, es producto de la política cambiaria que implementó, junto al Banco Central, el ministro de Economía, Martín Guzmán. La estrategia consistió en ajustar el valor del dólar muy debajo de la inflación para, precisamente, anclar las expectativas de suba de precios.
Aunque esa política, denominada técnicamente “crawling peg” pero rebautizada en el mercado como “la tablita de Guzmán”, no solo no dio los resultados esperados sino que además hace sentir sus costos. Con bajo nivel de reservas pese al ingreso récord de dólares proveniente del campo y una brecha cambiaria que promedió 80% durante todo el año -ahora ya se ubica en 100%-, el avance de la inflación no acusó el impacto de un dólar planchado y alcanza 52% interanual. Pero la competitividad de las exportaciones argentinas ya se ubica 10% abajo del promedio histórico, lo que deja poco margen de maniobra para salir del dilema recurrente de la economía argentina: atrasar el dólar para contener los precios o devaluar y alinear las variables. Con un nivel de inflación que, en el peor de los escenarios, podría ubicarse en 65% interanual el próximo año y en el mejor de los contextos, rondaría 50% según las proyecciones de la consultora Abeceb, la opción no es sencilla.
“El atraso respecto del promedio histórico no es alarmante, sería completamente manejable en un contexto diferente. Pero la realidad es que el nivel de reservas es escaso y, para el próximo año, el balance de divisas luce mucho más apretado y el panorama externo menos alentador”, aseguró Soledad Pérez Duhalde, economista de la consultora. De acuerdo a sus estimaciones, el saldo comercial-cambiario arrojará el próximo año una oferta neta de divisas entre USD 12.000 y 14.000 millones, lo que puede ser insuficiente para atender tanto la demanda privada por turismo, atesoramiento y pagos de deuda de empresas, y también las necesidades del Tesoro, aun asumiendo algún tipo de acuerdo con el Fondo Monetario que habilite no pagar los vencimientos previstos. “Todos nuestras proyecciones para el próximo año, asumen que no hay pagos al FMI. ¿Si hubiera que hacerlos? Es imposible, no existe ninguna posibilidad”, opinó Pérez Duhalde.
En cualquier caso, con o sin acuerdo con el organismo, todas las señales apuntan a una corrección del valor real del dólar. Actualmente, el tipo de cambio real multilateral se ubica en los niveles de agosto de 2014 cuando, tras la devaluación de enero de ese año, volvía a recorrer el camino del atraso que lo llevaría, un año más tarde, al nivel mínimo previo a la salida de la convertibilidad. El nivel actual también es menor al de agosto de 2019, cuando el presidente Alberto Fernández advertía en plena campaña electoral que el precio del dólar estaba atrasado, en ese momento en torno a los $45, que saltó a más de $60 tras las PASO, precio que todavía candidato presidencial consideró “adecuado”.
Aunque Guzmán insiste en que no habrá devaluación después de las elecciones, lo cierto es que prestar atención a lo que ocurrió desde que asumió puede brindar indicios claros: después de acumular un atraso de apenas 8% en los primeros meses de su gestión, el funcionario aceleró el ajuste del tipo de cambio hasta febrero de este año, cuando el nivel de inflación comenzó a dar muestras claras de recalentamiento de los precios. A partir de ahí se implementó la política de fallida de planchar el precio del billete como ancla inflacionaria, lo que lleva la cotización oficial a lo que el mercado descuenta ya es un punto de inflexión.
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