
El dinero no hace a la felicidad. Se supone. Al menos en base a dichos populares. Y en algún nivel también en base a las investigaciones de los premios nobel de economía el psicólogo Daniel Kahneman y el economista Angus Deaton, quienes en 2010 publicaron un artículo una investigación que sostenía la hipótesis de que los ingresos influyen en la felicidad de los estadounidenses hasta cierto punto. Hasta un techo de USD 75.000 anuales -inflación mediante, unos USD 90.000 anuales de hoy- y, desde ese punto, dependía de otros factores.
Pero ahora un estudio publicado en enero y actualizado recientemente asegura que el techo a la cantidad de dinero que afecta la feclicidad no existe. Y qué, lo que sospechábamos, tiende a ser verdad. El dinero hace a la felicidad. Y, a más, mejor.
El doctor en psicología de Harvard y antiguo director de productos de software Matthew Killingsworth fue el que se animó a poner en duda la investigación de Kahneman y Deaton.
Mientras que estos últimos analizaron encuestas de Gallup para llegar a la conclusión de que la evaluación de la satisfacción vital de los estadounidenses aumentaba a la par de los ingresos, pero que la mejora de su bienestar emocional se estancaba a partir de unos ingresos familiares de unos 75.000 dólares al año, Killingsworth optó por otro método.
Creó una aplicación para iPhone llamada Track Your Happiness que envía mensajes a los usuarios a intervalos aleatorios y les pregunta sobre sus actividades y sentimientos, a menudo utilizando una escala móvil para las respuestas. Una de las primeras conclusiones, publicada en 2010, fue que las “mentes errantes” provocan infelicidad.
Killingsworth ha utilizado desde entonces su aplicación para medir la relación entre la felicidad y los ingresos. La conclusión, que acaba de publicarse en Proceedings of the National Academy of Sciences, es que, aunque la conexión es más fuerte para la satisfacción vital que para el bienestar experimentado, no desaparece para este último después de USD 75.000 o USD 90.000 anuales. Más dinero sigue comprando la felicidad, incluso para los ricos.

El investigador se basó en 1.725.994 informes de muestreo de experiencias de 33.391 adultos estadounidenses con empleo que utilizan su aplicación. Los ingresos medios de los hogares estadounidenses fueron de USD 68.703 en 2019. Entre los participantes en la encuesta realizada con la app de Killingsworth, fue de USD 85.000 al año.
Los hallazgos del investigador, publicados en un paper que lleva por título “El bienestar experimentado aumenta con los ingresos, incluso por encima de los 75.000 dólares anuales”, no sólo discuten con Kahneman y Deaton. También El economista Richard Easterlin encontró en 1974 que los ingresos nacionales per cápita más altos no trajeron una mayor felicidad reportada, una conclusión que ha sido debatida desde entonces.
Pero Killingsworth confía en que superó todos esos antecedentes para finalmente saldar la discusión.
“Investigaciones anteriores han descubierto que el bienestar experimentado no aumenta por encima de los ingresos de USD 75.000 anuales. Esta conclusión ha sido objeto de gran atención por parte de los investigadores y del público en general, pero se basa en un conjunto de datos con una medida de bienestar experimentado que puede o no ser indicativa de la experiencia emocional real (informes retrospectivos y dicotómicos)”, sostuvo en su paper.
“En este caso, más de un millón de informes en tiempo real sobre el bienestar experimentado procedentes de una amplia muestra de EE.UU. demuestran que el bienestar experimentado aumenta linealmente con los ingresos logarítmicos, con una pendiente igual de pronunciada por encima y por debajo de los 80.000 dólares”, agregó.
“Esto sugiere que los ingresos más altos todavía pueden mejorar el bienestar cotidiano de las personas, en lugar de haber alcanzado ya una meseta para muchas personas en los países ricos”, concluyó.
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