
Si en algo coinciden bancos de inversión de Wall Street, economistas locales e inversores en general es que el Gobierno no podrá mantener el ritmo de aumento en dosis homeopáticas del dólar oficial luego de las elecciones. Desde las usinas oficiales busca descartar un salto devaluatorio discreto, porque considera que no tendría ningún resultado práctico: sería una mejora competitiva de corto plazo, pero que rápidamente se perdería por un salto inflacionario. El objetivo sería avanzar en un plan de “devaluación en cuotas”, es decir un ajuste cambiario que arrancaría en el verano. El tipo de cambio oficial cerró ayer a $ 97,80.
Los economistas que integran el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco central esperan un tipo de cambio de $ 153,5 para fin del año próximo. Una suba del dólar de ese alcance implicaría un ajuste de aproximadamente un 43% en 2022, es decir prácticamente en línea con la inflación esperada para el año que viene. En caso de verificarse este escenario, el titular del Banco Central, Miguel Pesce, retomaría la política que venía llevando adelante hasta principios de este año, es decir ajustar el dólar en línea con el aumento de la inflación para no perder competitividad. El pronóstico para este año es que la inflación arañe el 50%, mientras que el dólar oficial seguiría muy de atrás con un aumento de sólo 29%.
Sin embargo, a partir de una orden del ministro de Economía, Martín Guzmán, se desacopló la suba del tipo de cambio oficial a la evolución de la inflación: 1% de la primera contra 3% en promedio de la segunda. Atrasar el dólar no es gratuito. Si bien es útil como ancla antiinflacionaria, genera otros problemas. El más visible es el aumento de la brecha cambiaria, que volvió a niveles del 75%.
Otro de los problemas de planchar el tipo de cambio es que alienta las expectativas de devaluación futura. Es decir que los inversores se van adelantando a lo que luce inevitable, que es un sinceramiento del tipo de cambio oficial y actúan en consecuencia. Ésta es posiblemente la principal causa por la cual el Tesoro no logró renovar la totalidad de vencimiento de títulos de corto plazo en pesos a lo largo de agosto.
La promesa del equipo económico de evitar una devaluación brusca es en principio creíble para el mercado. El estricto cepo cambiario permitiría seguir administrando el tipo de cambio, pero sin flexibilizar las actuales restricciones para el acceso a los dólares oficiales.
Por lo tanto, el escenario que imaginan tanto en Economía como en el Banco Central es que se vaya a una suerte de “devaluación en cuotas”, un esquema que sincere gradualmente el dólar oficial y permita ir cerrando la brecha. La suba del tipo de cambio sería como mínimo similar a la inflación. Pero algunas consultoras como Econviews van más allá y plantean que el ajuste del tipo de cambio oficial sería del 60%: de esta forma también se recuperaría el terreno perdido contra la inflación del 2021.
El aumento del tipo de cambio es sin lugar a dudas uno de los temas más sensibles para el año próximo. El peligro principal es que al encarecer el ingreso de insumos importados se produzca un fuerte salto de la inflación. Lo positivo es que se trataría de la medida más razonable para achicar la brecha cambiaria y evitar que se siga disparando el tipo de cambio libre.
La escasez de reservas es un gran condicionante para el manejo del tipo de cambio. El Banco Central terminó con saldo neutro en agosto y las reservas líquidas bajarán a menos de USD 5.000 millones para fin de año. Por lo tanto, el margen para mantener el tipo de cambio usando las reservas es mínimo.
Con este escenario, además, el FMI obligaría al Gobierno a sincerar los distintos tipos de cambios, achicar las brechas y reducir en forma gradual las fuertes restricciones al movimiento de capitales.
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