
Uno de los objetivos que se propuso Miguel Pesce al asumir en el Banco Central fue evitar que se produzcan situaciones de atraso cambiario. Al menos logró que el dólar oficial no le pierda pisada a la inflación a lo largo de 2020 y que el tipo de cambio real no sufriese un deterioro relevante, aunque las cotizaciones de los dólares financieros se dispararon a lo largo del año pasado.
Uno de los dilemas que enfrenta ahora el titular del BCRA es si mantiene la tasa de devaluación muy cerca de la evolución de la inflación o, por el contrario, empieza a poner un freno a la suba del dólar oficial para así también influir en las expectativas inflacionarias. En diciembre el dólar mayorista subió 3,5% y en enero llegó a 3,7%, en ambas ocasiones levemente por debajo del 4% que marcó la inflación cada mes. Ayer el tipo de cambio mayorista cerró a $ 8,70 y en el arranque de febrero mantuvo un ritmo similar de suba al que venía mostrando en el primer mes del año.
Siguiendo esta lógica, la suba del tipo de cambio debería mantenerse en el rango del 3,5% al 4% mensual. Pero dentro del BCRA dudan. ¿Y si es justamente la suba del dólar oficial lo que también termina acelerando la inflación? En una jerga coloquial seria algo así como el dilema del “huevo y la gallina”: ¿qué viene primero?
Según las proyecciones que se manejan en el BCRA, la inflación de febrero apuntaría al 3,7%, por lo que de por sí podría alentar a una desaceleración del ritmo de devaluación oficial. Habrá que ver hasta qué punto el titular de la entidad está dispuesto a dar ese paso. Otro tema clave es si llegó el momento de volver a subir la tasa de interés, que en los últimos meses quedó claramente debajo de la inflación. También sería lógico, pero el temor del equipo económico es que tasas mucho más altas terminen impactando en el ritmo de reactivación que muestran distintos sectores.
Por otra parte, si la expectativa oficial es que la inflación se ubique debajo del 35% y más cerca del 30% este año, la lógica indica que la tasa de devaluación debería ser menor para no alentar los ajustes de productos más dolarizados. El mejor ejemplo es el combustible. Las dos subas de enero explican, junto con el fuerte aumento de la carne, por qué el primer mes del año arrancó con un índice tan elevado.
Un aspecto que le juega a favor al Central es que las monedas de la región y en general de los mercados emergentes tienen buenas perspectivas, es decir que podrían revaluarse en relación al dólar. Esto sería por el fuerte ingreso de divisas producto del aumento de las materias primas. En este escenario, un menor ritmo devaluatorio del peso tendría cierta lógica en el marco de lo que sucede con los socios comerciales de la Argentina, en particular Brasil.
Febrero no es un mes sencillo para el manejo de la política monetaria. Hay poco ingreso de divisas y al mismo tiempo quedan muchos pesos sobrantes por la fuerte emisión monetaria de fines del año pasado. Por eso el equilibrio es muy delicado. En años anteriores se cometió el error de relajar demasiado las riendas ante un tipo de cambio que parecía estabilizado, pero se termina pagando caro, con un fuerte salto de los dólares financieros. Un aumento de la brecha cambiaria tendría fuertes consecuencias negativas para el ritmo de inflación y desde ya para la recuperación económica.
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