
El trágico final encontró a Jorge Brito posiblemente en el lugar que más disfrutaba. Todas las semanas el banquero viajaba para recorrer las 70.000 hectáreas en Salta, donde funcionaba el corazón de la empresa quizás menos conocida pero que más quería: Inversora Juramento. Él se preocupaba en forma personal de conocer la salud de los animales enfermos y trabajaba a la par de los peones para liberar a las vacas que quedaban atascadas. Su rutina era recorrer ese inmenso predio piloteando su propio helicóptero. Disfrutaba de realizar vuelos bien rasantes para observar todos los detalles.
Aunque logró transformarse en el hombre más influyente del mundo financiero en la Argentina y un referente indiscutido entre los empresarios locales, Brito tenía una secreta esperanza con esa empresa agropecuaria: llevar a Inversora Juramento –que cotiza en la Bolsa porteña– a las pizarras de Wall Street.
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Tanto el campo como Banco Macro fueron emprendimientos que desarrolló junto a su socio de toda la vida, Ezequiel Carballo. La historia comenzó en 1978 con la fundación de una compañía financiera que luego se convertiría en banco mayorista.
Banco Macro fue un verdadero caso de estudio de cómo transformar la crisis en una oportunidad. En 1995, al estallar el efecto tequila, la entidad perdió el 90% de sus depósitos, como coletazo de la gran cantidad de entidades que se fundieron en medio de la esa crisis.
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Pero la dupla Brito-Carballo se reinventó a tiempo. Decidieron entrar en las compras de bancos provinciales, que se habían fundido luego de la crisis mexicana. El Macro compró primero Banco de Misiones y luego llegarían Salta, Jujuy, Tucumán y una larga lista. Luego llegaría otra segunda ola de compras luego de la crisis del 2001.
En diez años, a fuerza de estas adquisiciones y un envidiable manejo financiero, Macro se transformó en uno de los bancos líderes de capital privado nacional. La entidad comenzó a cotizar en Wall Street y hasta el día de hoy es una de las apuestas obligadas para los inversores que buscan posicionarse en la Argentina.
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En medio de este proceso, Brito fue cultivando un alto perfil como referente empresario, lo que le valió algunas diferencias con su socio de toda la vida, que prefería menos visibilidad pública.
Con Néstor Kirchner tuvo una relación de “amor-odio”. Cuando ganó en 2003, el entonces presidente lo puso en una suerte de “lista negra” por considerarlo “menemista”. Pero esas críticas pronto quedarían en el pasado y Brito se transformó en uno de los abanderados de la “burguesía nacional” que Kirchner quiso cultivar durante sus años de gobierno. Así llegó a la presidencia de Adeba, la podera asociación de bancos nacionales. Y también fue uno de los referentes del Grupo de los 6, la entidad que agrupa a bancos, industria, campo y la Bolsa.
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El banquero siempre tuvo una dura mirada con aquellos empresarios argentinos que terminaban vendiendo sus empresas. Él fue el caso contrario: siempre apostó por el país y se fue diversificando con el paso de los años, no sólo al negocio agroganadero. También se metió en desarrollos inmobiliario y en energías alternativas.
Su última declaración pública fue a Infobae, cuando habló de una “rebelión fiscal” inédita por el avance del impuesto a la riqueza. Una reacción lógica y entendible en la voz de uno de los hombres de negocios que siempre apostó por desarrollarse y generar empleo en el país.
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Brito procuraba tener una buena relación con los gobiernos de turno, pero nunca quedó pegado a ninguno. Es más, no ahorró críticas cuando consideraba que debía implementarse un cambio de rumbo en medidas de política económica. Además de transformarse en un abanderado contra el gravamen a la riqueza, en su momento también se pronunció en contra de que el BCRA continuara vendiendo dólar “solidario”. Durante las administraciones de Mauricio Macri y previamente de Cristina Kirchner tampoco se guardó sus puntos de vista, muchas veces en contra de esos gobernantes.
Además de sus visitas semanales al campo, otra actividad que no se perdía nunca era concurrir al Monumental y ver a su amado River Plate desde su palco. Esa pasión la heredó su hijo Jorge, que hoy es el vicepresidente de la institución. La pandemia quiso que este año no pudiera concurrir a la cancha, como le pasó a todos los hinchas.
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Jorge Brito deja a seis hijos y doce nietos. Pero también un vacío que será difícil de llenar en el mundo empresario, que precisa más que nunca de líderes y referentes que muestren el rumbo a seguir y de alguien con autoridades que alce la voz cuando aparecen proyectos e ideas que atrasan años, o décadas.
Su último “gusto” en la actividad empresaria se lo dio con la gran torre que el banco inauguró en Catalinas. Una de las torres más modernas de la Argentina que se transformó en la nueva sede de la institución. Pero Jorge se resistía a dejar la oficina de toda la vida, donde todo comenzó, en la calle Sarmiento en pleno corazón del microcentro porteño. En esas calles que transitó incansablemente por más de 45 años seguramente se sentirá la ausencia de uno de los principales protagonistas de la vida financiera, económica, empresaria y también política de la Argentina.
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