
David Lipton, quien hasta hoy se desempeñó como director gerente interino del FMI, dio por concluida la especulación respecto de si ingresaban durante los siguientes días los USD 5.400 millones. Los efectos sobre la economía doméstica serán al menos dos.
En primer lugar, menor oferta de dólares. Esa menor oferta de dólares se sentirá en el caso de existir otra nueva corrida contra el peso desde los depósitos en dólares. Las consecuencias sobre las expectativas pueden jugar una mala pasada. El mercado, al darse cuenta de que no están los fondos frescos del FMI sino solo la oferta de las reservas internacionales y algunos exportadores, podría adelantarse y decidir dolarizarse.
En segundo lugar, y quizás más preocupante, es la falta de apoyo presupuestario. En los próximos meses, el Tesoro necesitará cubrir más de $200.000 millones para financiar el déficit primario. Esa suma bien podría monetizarse. El problema es que la expansión de ese monto de base monetaria podría desanclar las expectativas de desinflación. Más aún si parte de ese excedente de liquidez se dirige a comprar divisas, mercado en el cual parece espejarse el resto de los precios de la economía.

Si ese es el caso, es esperable que los controles de capitales sean más estrictos incluso en el cortísimo plazo. Riesgo de una hiperinflación inmediatamente no lo vemos como una posibilidad plausible. Nuevamente, el tipo de cambio parece regir al resto de los precios de la economía y, mientras el BCRA pueda demostrar que tiene poder de control sobre esa variable, menor es el riesgo.
Pero por supuesto, aquí es donde retomamos al problema de origen. Sin las reservas internacionales que se acumularían producto del desembolso, las reservas netas rondan entre los USD 10.000 y los USD 15.000 millones, de los cuales USD 2.200 millones están comprometidos para el pago de deuda.
Como se puede ver, el remanente, unos USD 10.000 millones, podría tener que atajar una corrida de depósitos a dólares. En ese caso, los márgenes son estrechos; justo esa cantidad de dólares es la que tiene el sector privado minorista ahorrado como plazo fijo en pesos.
En conclusión: hay dólares, creemos que esta crisis de deuda y cambiaria no se transformará en una crisis bancaria. El sistema financiero puede responder con la holgura justa a las situaciones de estrés. Sin embargo, la postergación del desembolso tendrá efectos que podrían derivar en escenarios no deseados: todo dependerá de cómo se alinee esto con las expectativas del mercado acerca de dicho desembolso.
Es por ello que sería prudente que el tiempo que pide el FMI fuera hasta que la Argentina tenga presidente electo. En ese momento, la responsabilidad del presidente entrante y del saliente, sumada al compromiso del FMI con el país, nos debería sacar de este limbo en el que hemos entrado.
*El autor de esta nota es economista de la consultora LCG
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