
¿Porqué hay tan pocos ricos y muchos pobres y maltratados?
¿Qué distingue a unos de otros?
¿Porqué las diferencias son tan marcadas?
Sorprende. El país de residencia es la mejor explicación de las diferencias de ingresos y tratos en el mundo. El 80% de la humanidad habita en países que apenas produjeron el 30% del ingreso mundial, en 2017. En amplio contraste, el 10% de la población mundial, que vive en las naciones más prósperas y de mejor trato, logra el 50% del total de los ingresos. En 2017, el 10% de los seres humanos, los que habitan los países con peor consideración y respeto, ganó 740 dólares anuales; mientras otro 10%, los residentes de las naciones con mejor trato, ganó 60.000 dólares. Naturalmente, llama la atención esa multiplicación por 80 veces, entre los logros de unos y de otros, cuando las tecnologías para producir los bienes están más disponibles que nunca. Y a pesar de los progresos de la última década debidos a avances institucionales en China e India y la bonanza de las materias primas.
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Entidades financieras multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional y sus asociados Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Africano y Banco Asiático han invertido talentos y sumas formidables para promover el desarrollo y erradicar la pobreza. También, las naciones más poderosas y múltiples organizaciones destinan fondos considerables para ayudar a los carenciados. Sin embargo, esos esfuerzos no han sido satisfactorios ¿Cuál es la falla? ¿Por qué tanta miseria? ¿Cómo explicar que la mayoría de la humanidad sigue sumida en tremenda iniquidad?
Las grandes migraciones comprueban que simplemente trasponiendo fronteras políticas se consiguen consideraciones personales bien diferentes. Y no parece razonable que esos límites se hayan trazado exactamente por la divisoria de los recursos naturales o ganas de trabajar. De ahí que indaguemos la importancia decisiva de la organización político-social para explicar la postergación de los pueblos.
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La pobreza es de interés de toda la humanidad, no sólo de los que la padecen.
El peso de las instituciones y las libertades en la creación de riqueza
Diferencias tan singulares entre naciones y personas no encuentran explicación en la teoría económica tradicional. Abandonando presupuestos liminares de ese modelo reconocemos que los humanos no poseen la misma información para coordinar actividades ni libertades de elegir y ejercer su voluntad.
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Las naciones florecientes crean ambientes culturales que refuerzan el respeto al individuo y sus cualidades. Derechos individuales de decisión, cuyo reverso es la riqueza del buen trato. Esos países se diferencian de los rezagados por la protección que las instituciones brindan al individuo y sus obras. Sólo hay pobreza donde no se sostienen las libertades y derechos, esto es, la propiedad individual de la propia vida, logros y respetos.
Hasta ahora, ninguno explicaba la pobreza de las gentes y naciones ni las diferencias entre ellas. Los economistas neoclásicos han asociado los altibajos de ingresos a causales diversas, especialmente vinculadas con las ganas de trabajar, la disposición de capital y, más recientemente, al capital humano. Estos economistas vaticinaron que el comercio internacional reduciría las disparidades entre los países y que los mercados facilitarían los capitales a quienes más les faltasen, por lo cual las diferencias abrumadoras de ingreso y riqueza se irían atenuando. Lamentablemente, esos pronósticos están lejos de cumplirse. Quizás, por eso, las teorías neoclásicas están desacreditadas en el mundo subdesarrollado.
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Nuestro enfoque es diferente. La riqueza resulta de un aprendizaje. De aceptar a sus congéneres como socios y aprender a convivir y respetarlos. Descubrir los acuerdos para buscar la propia satisfacción y la de sus contrapartes. Atendiendo más los deseos de la gente común que los de los dirigentes mandones. Los países avanzados se abrieron a priorizar la libertad individual, permitiendo la emergencia de un entramado institucional espontaneo para sostener la confianza en las promesas y normas justas. La libre competencia resultante les llevó a la especializarse en tareas, expandir los conocimientos y habilidades personales, sostenidos en la vigencia de derechos y propiedades individuales. Ese es el motor de la riqueza del buen trato. Los conocimientos y trabajos son aplicados en una organización social y política y la libertad alienta mayor información.
En efecto, toda relación humana tiene dos caras antagónicas: el conflicto y las ventajas mutuas. Los conflictos, acerca de la disposición de bienes y tareas, dan lugar a actos que desvían recursos de la producción. Pujas distributivas constantes, que nunca se aquietan porque siempre es posible dar una vuelta más de tuerca y volver a abusar. Por otro lado, al reconocer al otro como socio ineludible y descubrir las ventajas mutuas de la concertación, las partes se benefician intercambiando faltantes recíprocos, generalmente a través de intermediarios, configurando redes de valor tan extensas y pródigas como la confianza y buen trato ganados. Estas dos caras se relacionan sólo en la medida que un orden las indague, mitigue el conflicto y realce las ventajas compartidas. Ese es el arte de la convivencia, que debería interesarnos a todos porque los resultados son contundentes a la hora de explicar las brechas de ingresos y buenos tratos. Se sustenta en comunicaciones enmarcadas en organizaciones y el Estado.
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De ahí que nuestra perspectiva trate conjuntamente a las relaciones económicas, sociales y políticas, porque se complementan en coordinar las actividades para satisfacer a las personas. De este esquema, la economía neoclásica sólo ha considerado parcialmente la cara de las ventajas mutuas, no reconociendo al conflicto, ni las diferencias de información o el orden necesario para superarlos.
Estamos presentando un intento integrador, una nueva mirada donde los precios relativos no son la única condicionante de la asignación de recursos, ya que buena parte de las capacidades están dedicadas a disputar ingresos y derechos. En razón de los gastos de transacción, el valor de la productividad marginal no es la única determinante de las remuneraciones; también inciden los abusos y el crédito que las partes merezcan. Como consecuencia, a iguales tareas corresponden retribuciones diferentes, contradiciendo nociones básicas de la teoría tradicional. Ahí encontramos los agudos contrastes denunciados. Por un lado, la prosperidad de las naciones que aprendieron a convivir en el buen trato a su gente. Y por el otro, los países dominados por cerrazones, creencias y cabecillas que se aprovechan y castigan a sus pueblos.
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Bajo esta mirada, no es el ingreso sino la riqueza la que mide mejor los logros de la sociedad. Esa riqueza es el valor de los derechos individuales, resultado de las conductas esperadas. Y no se forja sólo en las fábricas, campos y comercios. Los maestros que abren las mentes, el policía, el juez y el médico que protegen la vida, los legisladores y burócratas que ordenan actividades, las familias que hacen felices a sus miembros, todos contribuyen en el resultado. En dirección opuesta a los neoclásicos, los individuos no determinan ni la mayoría de sus opciones ni de sus logros aislados del conjunto. Por el contrario, el entorno incide de grado sumo. De ser acertada, esta interpretación ayudaría a una comprensión más acabada de los problemas.
También resulta curioso que, si bien las ciencias denominadas duras han contribuido con prodigiosas invenciones al progreso de la humanidad, no se indague por qué sus aportes se esparcen donde los derechos personales se fortalecen. Ni por qué esos adelantos ocurren donde la libertad permite desplegar profusamente las capacidades personales, acicateadas por los buenos tratos del entramado institucional. Si los adelantos tecnológicos fueran suficientes ¿por qué subsisten las frustraciones de la pobreza?
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Nuestra visión tendría, de ser compartida, repercusiones económicas, sociales y políticas. La humanidad multiplicaría su fortuna muchas veces, especialmente en los territorios más atrasados. A los Estados dominantes les saldrían competidores que reclamarían compartir el poder (es el caso reciente de China). No obstante, y de manera aparentemente contradictoria, proponemos la cooperación de esos mismos Estados para acelerar el proceso. Porque un mundo más rico y gente mejor considerada sería más hospitalario para todos.
El artículo es una versión condensada de la introducción del nuevo libro "Fin de la pobreza", de Enrique Blasco Garma (Grupo Unión).
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