La combinación de dos ex Huracán, la planificación de Bilardo y por qué fue “una experiencia única”: a 30 años del “nucazo” de Guerra

El 29 de septiembre de 1996, Boca le ganó sobre la hora 3 a 2 a River con un cabezazo del centrodelantero que había llegado del Globo. Los detalles de un partido que quedó en el recuerdo

El recordado "nucazo" de Guerra que le dio el triunfo a Boca sobre River, en la Bombonera, el 29 de septiembre de 1996
Guardar

Un instante. Pero para la eternidad. El fútbol se ha ido nutriendo de esas historias que van construyendo pequeñas leyendas. A partir de una jugada, un penal atajado, un gol o un hecho inesperado, un jugador queda adherido por siempre a un partido, al punto de ser indivisible su apellido del cotejo. Más trascendente aún, si esa circunstancia se vive en los minutos finales de un Superclásico, para darle la victoria a uno de los dos. Eso exactamente ocurrió hace 30 años, en el anochecer del domingo 29 de septiembre de 1996 en la Bombonera.

El nucazo de Guerra. El que quedó en el recuerdo para desnivelar el clásico en favor de Boca a falta de dos minutos, luego de un choque parejo, con muchas situaciones de gol, entre dos equipos con buenos jugadores, muchos refuerzos recién llegados y dos propuestas distintas, como lo eran las de Carlos Salvador Bilardo y Ramón Ángel Díaz. Ahora como entrenadores, reeditando su viejo distanciamiento, por una convocatoria que nunca llegó, en los tiempos en que el Narigón era técnico de la selección y el Pelado se destacaba como un excelso goleador en Europa.

PUBLICIDAD

Hugo Romeo Guerra nucazo
Hugo Romeo Guerra sale a festejar su gol. El famoso "nucazo" sobre la hora. El que lo depositó en la historia del Superclásico

La primera parte de aquella temporada 1996 había sido bien diferente para ambos equipos. Boca vivió las primeras horas de Mauricio Macri como presidente y con él, el arribo de Bilardo. Al buen plantel con el que contaba le sumó al Pepe Basualdo y a Juan Sebastián Verón, dos refuerzos de jerarquía. Sin embargo, casi nunca llegó a jugar bien y si se mantuvo con chances de pelear el título hasta las fechas finales del Clausura, fue por la inspiración de sus individualidades, aunque ya con contaba con un Diego Maradona en franca decadencia, que malogró cinco penales en ese torneo, donde el cuadro atravesó la humillación de la lacerante derrota 6-0 con Gimnasia en la propia Bombonera.

River no arrancó mucho mejor. Rápidamente se despidió del campeonato local para enfocarse en la Copa Libertadores, donde atravesó sin problemas la fase de grupos y luego fue escalando, pese a que parecía que casi nadie en la institución confiaba en Ramón Díaz. Cada semana surgía una nueva versión desde adentro, que apuntaba a su falta de conocimiento o su mal manejo con el grupo. El Pelado siguió adelante y los Millonarios se dieron el gusto de alzar por segunda vez el máximo trofeo continental, superando en la final al mismo rival de diez años antes: América de Cali.

PUBLICIDAD

Cuando aún no había concluido el Clausura, en Boca comenzaron a llegar los refuerzos para el Apertura, configurando una enorme desprolijidad. Generó, como era de esperar, molestias en el plantel que aún tenía chances de pelear por el título. En la prensa se hablaba de un “Dream team”, pero era más un título pomposo para vender que lo que en realidad sucedía. En el medio se vivieron situaciones tragicómicas, como ésta que nos relató Navarro Montoya: “A mí no me gustaba como se manejaba Bilardo en las relaciones interpersonales y por ello tuvimos varios choques. En un momento tomó la decisión que me fuera de Boca y a las pocas horas, a las 4 de la madrugada, me llamó para decirme que fuera a una reunión porque quería reincorporarme. Bien de él (risas)”.

Hugo Romeo Guerra nucazo
Ganándole en el salto a Celso Ayala, Guerra logró cabecear. La pelota ingresó lentamente, junto al poste derecho de Germán Burgos

La cantidad de refuerzos que llegó fue desmedida (15). Algunos serían figuras, pero la mayoría, no tuvo un gran paso. Ellos fueron: Fernando Cáceres, Diego Cagna, Silvio Carrario, Gabriel Cedrés, Christian Dolberg, Sandro Guzmán, Diego Latorre, Néstor Lorenzo, Roberto Pompei, Sebastián Rambert, Facundo Sava, Julio Toresani, Hugo Guerra y Mauricio Pineda. Estos dos configuran un caso particular que ya detallaremos. En silencio, desde las inferiores de Argentinos Juniors arribó un chico al que Bilardo no dudó en hacer debutar casi inmediatamente: Juan Román Riquelme.

Con un perfil más bajo y mientras los reflectores mediáticos se posaban sobre el mercado de pases alocado de Boca, River llevaba adelante uno más específico y que si lo llevó a conformar un equipo sólido y que daría espectáculo. Allí llegaron Eduardo Berizzo, Sergio Berti (en uno de sus regresos), Roberto Bonano, Julio Cruz, Leonel Gancedo, Roberto Montserrat, Marcelo Salas y Juan Pablo Sorín.

Y el inicio del torneo los mostró con realidades opuestas. Al momento de enfrentarse, con cinco fechas disputadas, River era uno de los dos líderes junto a Independiente con 13 puntos sobre 15 posibles, con cuatro triunfos en fila. Boca apenas había cosechado 7 unidades, navegando en la mitad de la tabla y ya con dos derrotas en contra (Colón de local y Lanús como visitante, ambas por 3-1) y era uno de los equipos que más goles había recibido.

Hugo Romeo Guerra nucazo
Recién llegado desde River, Gabriel Cedrés no dudó en hacerse cargo del penal. Lo ejecutó fuerte y al medio, para colocar el 2-1 parcial

Bilardo parecía confundido, lejos de aquel entrenador que se había destacado en Estudiantes y la Selección. Arrancó el torneo con su módulo preferido en defensa, con un líbero y dos stoppers, pero enseguida decidió cambiar a una tradicional línea de cuatro. El tema es que no tenía un lateral izquierdo natural, porque había decidido prescindir de los dos con los que contaba: Mac Allister, dejado libre, se fue a Racing y Arruabarrena en préstamo a Central. Con el campeonato empezado, fueron en busca de Mauricio Pineda, quien llegó desde Huracán junto a Hugo Romeo Guerra.

Ambos habían arrancado el Apertura con el Globo y, cuando arribaron, fueron inmediatamente titulares ante San Lorenzo, algo muy alejado del credo del doctor, que siempre hablaba acerca que los jugadores debían tener muchas prácticas juntos. Pineda nos recordó cómo fue ese momento: “Habíamos disputado ya las tres primeras fechas en Huracán y, como el libro de pases seguía abierto, pasamos a Boca. Firmamos el contrato un jueves tipo 7 de la tarde. Cuando terminó el trámite nos dijeron que Bilardo nos estaba esperando para entrenar (risas). Y así fue, por supuesto. Nosotros dos solos con él en medio de la Bombonera. Me tuvo sacando laterales y pateando córners, algo que nunca había hecho (risas). Apenas tres días después debutamos contra San Lorenzo”.

Con Diego Maradona presente en su moderno palco, el árbitro Daniel Giménez dio la orden para comenzar y fue Boca el que rápidamente se puso en ventaja, con un golazo del Tito Pompei, que tomó un rebote fuera del área, la dejó picar y sacó un violento zurdazo que se clavó en el arco de Burgos. River, a partir del buen pie de la mayoría de sus jugadores, se fue haciendo dueño de la pelota, con encuentros entre Berti, Francescoli y Ortega. Llegó un gran desborde del Burrito, luego de quebrar la cintura para desairar a Fabbri, lanzó un centro que cayó en los pies de Marcelo Salas, y el chileno no dudó en mostrar su chapa de goleador, para girar rápido y colocar la pelota lejos del alcance de Navarro Montoya.

Hugo Romeo Guerra nucazo
En su último Superclásico oficial, el Mono Navarro Montoya respondió como en su grandes momentos

Debe haber habitado un dulce sabor a desquite en el paladar futbolero de Salas. Apenas un mes antes había llegado a Buenos Aires con sus ilusiones de triunfar con la camiseta de… Boca. Estuvo reunido con el dirigente Pedro Pompilio, que le comunicó que en el entrenamiento del día siguiente Bilardo lo iba a evaluar para cerrar el préstamo. El Matador, que ya tenía una buena trayectoria, se plantó asegurando que no estaba de acuerdo en que le tomaran una prueba y que el pase estaba acordado para hacerse en forma definitiva. Los directivos, sin saber que hacer, se comunicaron con Bilardo, que no dudo: “Déjenlo ir porque nunca un chileno triunfó en el fútbol argentino”.

Para el segundo tiempo, Boca salió con un cambio, que sería muy importante: el ingreso de Gabriel Cedrés por Diego Latorre. El uruguayo, que había sido parte del plantel de River hasta el mes anterior, les dio otra dinámica a los ataques. Sobre los 59 minutos, se escapó como puntero izquierdo, lanzó un centro que pegó en el brazo estirado de Celso Ayala y Giménez señaló el punto penal. El propio Cedrés se hizo cargo, anotando el 2-1 con un violento remate al medio del arco de Burgos, que se jugó a su derecha.

El cuadro local no era más que su rival, pero había golpeado en los momentos justos. River era más armónico, de mejor trato de la pelota, pero sin demasiado peso arriba. Y las pocas veces que llegó, apareció la figura de Navarro Montoya, como en sus grandes momentos. Tanta insistencia iba a tener premio a 15 minutos del final. Hernán Díaz recibió adelantado por la derecha, tuvo tiempo de levantar la cabeza y colocar la pelota con exactitud en la cabeza de Juan Pablo Sorín, quien venció al Mono, como anticipo de lo que sería una constante en su carrera: las apariciones permanentes en el área rival.

Hugo Romeo Guerra nucazo
La tapa histórica de El Gráfico.

Boca, en el último partido del efímero paso de Topper como vestimenta oficial (cuatro días más tarde debutó Nike, en el partido de Supercopa ante Racing), parecía definitivamente a la deriva, como parte de ese proceso zigzagueante de Bilardo. El Narigón, siempre personaje como nos lo pintó Mauricio Pineda en esta anécdota: “Entrenábamos por la mañana y no siempre por la tarde todos, sino que hacía trabajos puntuales con el grupo de delanteros, volantes o defensores. Un día vimos que en el pizarrón decía que solo teníamos que quedarnos Néstor Lorenzo y yo. Nadie más. Rarísimo. Fuimos al vestuario, nos cambiamos y cuando salimos a la cancha, estaba lleno de chicos de las inferiores, todos en la mitad de cancha con un montón de pelotas. Carlos nos llevó hasta el área y nos dijo: ‘Ustedes salen jugando demasiado. Así que ahora les van a tirar la pelota y así, como viene, la tienen que tirar fuera de la cancha (risas)’. Me pasé una tarde así. Una locura. También siempre rescato que era una persona que sabía una barbaridad de fútbol y como ejemplo cuento que cada charla técnica era una radiografía exacta de lo que después pasaba en el campo. Era un estudioso absoluto”.

La tarde ya era noche. River se fue quedando sin energías para los ataques y parecía conformarse con el empate, al igual que su rival, que no tenía demasiados argumentos. Apenas apelar a alguna pelota parada. Y así fue, cuando solo quedaban dos minutos. Cedrés la dominó con el pecho y Hernán Díaz le cometió una infracción desde atrás. Pineda colocó el balón, levantó la vista y divisó, metido entre los hombres de River, a su compañero, con quien había llegado desde Huracán. Tomó una corta carrera y lanzó el derechazo con dirección al punto penal. Guerra saltó apareado por un par de rivales. De espaldas, entre la nuca y el parietal, impactó el balón en las alturas, que fue a depositarse mansamente junto al poste derecho de Burgos.

Guerra ya ganó en lo alto y la pelota está camino al arco defendido por Burgos
Guerra ya ganó en lo alto y la pelota está camino al arco defendido por Burgos

Las imágenes de la transmisión de la televisión, mientras la O del grito de gol de Marcelo Araujo se estiraba hasta el infinito, mostraron el delirio. Guerra subido al alambrado con ganas de no bajarse nunca, Navarro Montoya con sus brazos abiertos, vistiendo un buzo verde que desafiaba los gustos de Bilardo que tildaba de mufa a ese color y Diego, ya con el torso desnudo, abrazado con Claudia. Fue una fiesta increíble, cómo nos describió Pineda: “Fue una experiencia única como hincha de Boca: ganar así el clásico sobre la hora. Realmente sentí que la cancha tembló en ese momento. Además, para ser sinceros, nosotros no le podíamos ganar nunca a ese River (risas)”.

Hugo Guerra tuvo un corto paso por Boca. Apenas 5 goles en 12 partidos oficiales en esa segunda parte de 1996, porque al iniciarse la temporada siguiente, retornó a Huracán. Luego siguió con su manía de hacer gritar a las hinchadas hasta el momento de su retiro. Más tarde el dolor de su temprana partida, apenas con 52 años, por un paro cardíaco, en 2018.

Para ambos equipos ese partido fue como un paréntesis. River siguió su camino triunfal, dando muy buenos espectáculos y consagrándose campeón con 9 puntos de ventaja. Para Boca fue un vía crucis, concluyendo en el 10° puesto y con Bilardo dejando el cargo a dos fechas del final. Pero aquella jornada fue única. De las que el fútbol se nutre. Esas que no pueden separar al apellido del jugador del partido: el Superclásico del nucazo de Guerra.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD