La selección argentina ante la gran tarea de reinventarse

Las conclusiones que dejó la sufrida victoria frente a Cabo Verde y lo que se viene contra Egipto en los octavos de final de la Copa del Mundo

Guardar
Google icon
Ilustración en blanco y negro de once futbolistas con uniformes a rayas, camisetas numeradas y algunos nombres, abrazándose en celebración.
Argentina festejó frente a Cabo Verde, pero sabiendo que debe mejorar muchas cosas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay partidos que se ganan y, sin embargo, nos dejan más preguntas que certezas. Este fue uno de ellos. Un puñal a la autoestima futbolística del equipo, una despabilada a tiempo.

Nos habíamos acostumbrado a una Selección que transmitía control y pragmatismo incluso cuando sufría. Siempre daba la sensación de que el partido estaba exactamente donde quería. Contra Cabo Verde ocurrió algo distinto. Argentina avanzó, cumplió el objetivo pero expusó una incomodidad que hacía tiempo no sentíamos. El semblante del Hard Rock Stadium lo decía absolutamente todo.

PUBLICIDAD

Quizás por eso este partido resulte tan valioso. Los Mundiales también son esto, no dramaticemos. Son rivales que aparecen para romper el relato que nos habíamos construido. Equipos que, sin la historia de las grandes potencias, juegan sin complejos y nos obligan a volver a competir de verdad.

Cabo Verde fue mucho más que un rival digno. Fue una selección valiente e inteligente. Nos atacó cuando encontró espacios, convirtió dos golazos y no negoció la actitud. Nunca sintió que estaba participando de una fiesta ajena. Jugó convencido de que podía escribir su propia historia. El equipo de Bubista tuvo la rebeldía y la cohesión que Argentina perdió.

PUBLICIDAD

El director técnico de Cabo Verde, Bubista, logró poner en aprietos a la Argentina con su equipo (Foto Reuters/Brett Davis)
El director técnico de Cabo Verde, Bubista, logró poner en aprietos a la Argentina con su equipo (Foto Reuters/Brett Davis)

Saliendo del estadio no podía dejar de pensar que, de alguna manera, Cabo Verde se pareció mucho a aquella Arabia Saudita de Qatar. No porque el desenlace haya sido el mismo, sino porque volvió a aparecer ese rival incómodo, sin credenciales históricas, que nos obliga a despertar. Son baldes de agua fría que llegan para decirnos que ningún campeón tiene el camino allanado y que el fútbol es, como dijo Panzeri, “la dinámica de lo impensado”.

A veces pensamos que los Mundiales se ganan únicamente con jerarquía. Pero también se ganan atravesando estas noches. Las noches en las que el plan no alcanza, el rival te hiere y la única salida es resistir hasta que aparezca el carácter. A la selección argentina se la vio frustrada. Los propios futbolistas son los primeros en saber que jugaron uno de los peores partidos del ciclo Scaloni.

Al equipo se lo vio cansado. Desconectado. Lejos de esa versión que nos acostumbró a controlar los partidos desde el mediocampo. Justamente allí, donde suele construirse la identidad de esta Selección, faltó claridad, intensidad y coordinación. Argentina nunca logró imponer su sello.

Las presiones llegaron tarde, los relevos perdieron sincronía, el timing para recuperar ya no fue el de siempre. Desde la tribuna daba la sensación de qué el equipo estaba en otro ritmo, más cansino, más anodino y predecible.

El festejo de Messi, De Paul, Dibu Martínez y Cuti Romero. Al volante de Inter Miami se lo vio incómodo durante el partido (Foto REUTERS/Paul Childs)
El festejo de Messi, De Paul, Dibu Martínez y Cuti Romero. Al volante de Inter Miami se lo vio incómodo durante el partido (Foto REUTERS/Paul Childs)

La conexión qué suele brillar entre Enzo, Alexis, Rodrigo y Almada mostró todos los cortocircuitos posibles. No hubo tal fuego sagrado en la mitad. Por momentos me da la sensación qué se confunden los roles y las funciones de cada quien, no está claro.

Rodrigo De Paul, ese futbolista que tantas veces parece jugar con un motor distinto al resto, dispuesto a morder cada pelota y a contagiar intensidad desde el primer minuto, tuvo una tarde deslucida. Pasó inadvertido durante largos pasajes del partido y se sintió.

Cabo Verde detectó y aprovechó con una valentía admirable los espacios a espaldas de los volantes. Cada recuperación se transformó en una transición peligrosa. Poco a poco fueron alimentando su confianza y con mucha desfachatez se sintieron capaces de ganarlo.

También es importante asumir que el rival pudo jugar porque Argentina se lo permitió. No presionó alto, pero tampoco eligió replegarse en bloque bajo. Quedó en ese intermedio peligroso de equipo largo, partido, que le facilitó demasiado la tarea a los africanos.

Mención aparte para Vozinha. El arquero caboverdiano volvió a transformarse en el héroe inesperado de este Mundial. Cada intervención alimentó la ilusión de su pueblo y la incertidumbre argentina. A los 40 años, firmó otra actuación memorable y ya puede ser considerado, sin exagerar, uno de los mejores arqueros de la Copa del Mundo.

El saludo entre Vozinha y Messi. El arquero de Cabo Verde tuvo una gran noche (Foto REUTERS/Amanda Perobelli)
El saludo entre Vozinha y Messi. El arquero de Cabo Verde tuvo una gran noche (Foto REUTERS/Amanda Perobelli)

A nivel ofensivo, hay otra cuestión que empieza a llamar la atención y merece ser revisada. Argentina genera muy poco para su centrodelantero. Sea Julián Álvarez o Lautaro Martínez, el nueve pasa demasiados minutos lejos del área rival. Es cierto que ambos cumplen un rol enorme en la presión, en la recuperación y en el desgaste defensivo. Son piezas fundamentales para que el equipo funcione. Pero un delantero también necesita vivir de situaciones de gol.

Hoy da la sensación de que el nueve trabaja mucho más de lo que define. No importa quién juegue: el puesto produce poco. Si Argentina quiere potenciar todavía más a este equipo, también necesita volver a abastecer a su centrodelantero. Que el nueve vuelva a sentirse nueve, a base de goles.

El ingreso de Nicolás González desnudó el ritmo cansino que tenía el equipo. Con un poco más de electricidad, intensidad y aire fresco, le dio a Argentina profundidad y verticalidad. La Selección necesita más frontalidad y un revulsivo que cambie el tempo. El banco de suplentes ofrece variantes para eso, aunque por ahora Lionel Scaloni sigue apostando por la misma morfología que lo trajo hasta acá. Veremos si este partido alcanza para romper ese esquema y probar cosas nuevas.

Dentro de este espectro de preocupaciones post partido, creo que hay tres buenas noticias para apreciar. La primera es obvia, pero nunca deja de ser importante: Lionel Messi sigue siendo el factor diferencial. Cada vez que recibe la pelota ocurre algo. Un pase que rompe líneas, una gambeta que desordena, una pausa que encuentra al compañero mejor ubicado, un centro letal. Le alcanza con aparecer en los momentos justos. Otra actuación decisiva, otra noche en la que volvió a participar directamente en goles y asistencias. A esta altura, su influencia ya no sorprende: tranquiliza.

La segunda tiene nombre propio y promete muchos años de calma. Cristian Romero y Lisandro Martínez conforman una de las mejores zagas centrales del mundo. Se complementan de manera casi perfecta. El Cuti impone su agresividad para anticipar, corregir y ganar duelos individuales. Lisandro aporta lectura, salida limpia y una virtud cada vez más difícil de encontrar en un defensor: hace jugar al equipo. También tiene un timing espectacular para salir a cortar. El central del Manchester United tiene pie de número cinco. Rompe líneas con naturalidad, tal cual lo demostró en el primer gol del partido. Argentina encontró hace tiempo una dupla de élite y todavía tiene mucho futuro por delante.

La tercera es tan simple como importante. A la Argentina le alcanzó con muy poco. Con una actuación pobre, lejana a la expectativa, el equipo sacó adelante la eliminatoria. El fútbol le vuelve a dar una oportunidad más a este grupo de demostrar que la continuidad de Qatar sigue viva. Algo que no ha ocurrido futbolísticamente en lo que va de esta Copa del Mundo.

Este equipo supo lograr, en algún momento, que la Messi dependencia llegara a su fin: supo abastecerlo, rodearlo y potenciarlo dentro de una estructura colectiva. Pero ante Cabo Verde, por primera vez en mucho tiempo, volvimos a mirar al 10 esperando que inventara una solución.

Ahora necesita volver a ser equipo, recuperar su sello, exponer de qué está hecha esta Selección y reencontrarse con su esencia.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD