Hace apenas cinco años, Pablo Mastroeni había salido del circuito de entrenadores. El golpe que significó su despido como DT del Colorado Rapids y la necesidad de no alejarse de su familia, con sus hijos en edad de secundaria, lo llevaron a aventurarse en otros caminos, totalmente alejados de la pelota. “Tengo un amigo que es dueño de una empresa de agua, y me dijo: ‘Pablo, me has estado diciendo que estás libre. ¿Te gustaría venir y ayudarme? Tengo un proyecto que va a tomar unas tres semanas y media’. Así que dije: ‘Sí, necesito trabajar. Y necesito salir de casa. Necesito empezar a sentirme vivo nuevamente. Vamos a hacerlo’”.
Dos veces Mundialista con Estados Unidos, el país al que emigró a los cuatro años tras abandonar su Mendoza natal, de legendaria trayectoria en la MLS, el ex defensor y mediocampista defensivo se halló en un entorno desconocido para un futbolista de élite. “Me presenté en el taller, me puse las botas de goma, y me subí al camión. Salté a una zanja y me lanzaron una pala. Básicamente estaba asegurándome de que no estuviéramos cortando ninguna línea eléctrica, gas o cualquier otra línea de agua conectada a las casas. Me pagaban 18 dólares la hora. Y estaba trabajando de nueve a cinco, llegaba a casa todos los días exhausto. Estaba sentado en una trinchera, cubierto de lodo”, relató su experiencia en una entrevista con el periodista Grant Wahl.
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Pues bien, el panorama actual es diametralmente opuesto. Porque este miércoles se sentará en el banco de suplentes como director técnico del Real Salt Lake, rival del Inter Miami de Lionel Messi en su debut en la nueva temporada de la Major League Soccer, en el partido que reunirá más miradas en la fecha bautismal de la competencia. Para edificar este presente, claro, se decidió a volver a lucir el buzo y dejar colgado el overol en los casilleros de la empresa de su amigo, previa epifanía.
“Mi hermano me llamó. Siempre me llamaba cuando iba a trabajar con el camión. Y me dijo: ‘¿Pablo, estás emocionado por el trabajo hoy?’. Le respondí: ‘No, acabo de pensar en algo. Estoy como adolorido yendo a casa todos los días. Y literalmente estoy trabajando en estas zanjas, cuando soy considerado un profesional en otro campo’. Fue en ese momento que decidí volver al entrenamiento”, ilustró el desvío, que se completó cuando volvió a sonar su teléfono.
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“Literalmente, una semana después recibí una llamada de la MLS, querían que fuera a ayudar con algunas cosas de Playoffs. Y Tab Ramos me llamó y me preguntó si quería unirme a él en Houston”, graficó el camino de regreso a su pasión. Esa que se consolidó cuando ya se había afincado en Estados Unidos, adonde su familia se mudó en 1980. “Pero nació con una pelota en el pie. Tengo varias fotos de Pablo jugando en Mendoza. Allá íbamos a la cancha de Argentino”, le apuntó su padre Francisco a Clarín en 2002.
A los 15 años, en 1991 y antes de convertirse en profesional, amagó con probar sus cualidades en el fútbol argentino. Hincha de Boca, participó de algunas prácticas con las Divisiones Inferiores de Ferro, y hasta le ofrecieron quedarse con una plaza en la pensión, pero optó por regresar a Norteamérica. También contó que en esas épocas estuvo en el radar de River y San Lorenzo.
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Entonces, decidió seguir el espiral de la formación en Estados Unidos. Pasó por la Universidad de Carolina del Norte, mientras en el medio asomó al profesionalismo disputando partidos para Tucson Amigos, de la Segunda División. Y en 1998 fue seleccionado en el Draft de la MLS por Miami Fusion, donde actuó durante cuatro temporadas. Luego pasó a Colorado Rapids, y allí se convirtió en leyenda: jugó de 2002 a 2013, obteniendo un título. El dorsal N° 25 que lo representa fue retirado por la franquicia en su homenaje. No es para menos: es dueño de varios récords muy difíciles de quebrar. Es el futbolista que más partidos ostenta (225, en los cuales fue titular en 217); el que más minutos en campo acumuló (18.669) y el que más cantidad de tiempo lució la cinta de capitán (ocho temporadas).
Admirador de Diego Maradona, Fernando Redondo y el Cholo Simeone, su personalidad extrovertida lo llevó a llamar la atención más allá de sus bondades con el balón. Por ejemplo: le propuso casamiento a su esposa Kelly durante una entrevista en el entretiempo de un partido, supo confesar que le gusta tocar la guitarra y cantar, y su afición por la cocina lo empujó a probar sus virtudes como chef en un programa de TV en vivo.
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Sus buenas prestaciones en la MLS lo catapultaron a la selección de Estados Unidos, con la que fue citado a dos Mundiales (Corea-Japón 2002 y Alemania 2006) y ganó tres veces la Copa de Oro de la Concacaf (2002, 2005 y 2007). Se retiró en 2013, con la casaca de Los Ángeles Galaxy, y rápidamente se reinsertó como entrenador. Ya en 2014 asumió interinamente en Colorado Rapids, su segunda casa. Y en paralelo buscó tomar ideas de los principales coaches del mundo. Por ejemplo, en 2015 viajó a Europa para entrevistarse con Mauricio Pochettino, entonces orientador del Tottenham, y también observó prácticas del Arsenal.

“Compartimos una copa de vino y repasamos la semana. Fue una experiencia notable que realmente cambió mi forma de pensar sobre el entrenamiento y abrió tantas posibilidades que no sabía que existían”, le contó al sitio de la MLS sobre aquel encuentro con Poch, hoy al frente del Chelsea. Aquel master en Europa pareció impactar de lleno en su equipo, que firmó en 2016 una gran temporada en la Major League Soccer (15 victorias, 13 empates y seis derrotas), llegó a semifinales de Conferencia, y él finalizó segundo en la votación a mejor DT.
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Su imagen también se transformó en un imán. Es que lució un excéntrico bigote a lo largo del año, que llegó a ser comparado con el del Capitán Garfio, el villano de Peter Pan. También ingresó en los rankings de los mejores bigotes del fútbol de la historia, compitiendo, entre otros, con los del Tuca Ferretti, el brasileño de dilatada trayectoria en el fútbol mexicano, y Ricardo La Volpe.
Pero en 2017 fue despedido y, con esa determinación dirigencial, lo envolvió la crisis. “Pasé los primeros seis meses culpando a todos en Colorado por mi despido. Y luego tomé los siguientes seis meses para apropiarme al cien por ciento de mi despido en Colorado y aceptar el hecho de que desafortunadamente la experiencia duele. Cuando aceptas al cien por cien ese momento, puedes empezar a sentir el cambio. Y así, en ese punto, comencé a pensar en todo, desde en mi estilo de gestión hasta en la forma en que expresaba mis tácticas, el manejo del grupo y todo lo demás. Literalmente, pasé un año llenando cuadernos, viendo partidos en la televisión, y simplemente me sumergí por completo en mis propios estudios y en todas las diferentes formas en que podía mejorar como entrenador”, confesó en el citado reportaje con Grant Wahl.
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Pero surgió la necesidad de no alejarse de su familia en un momento meridiano de la vida de sus hijos. “Pasé otros seis meses tratando de averiguar cómo podría entrenar a un equipo profesional en Colorado sin salir de Colorado. Y la verdad es que no hay opciones”, amplió. La historia vuelve al principio. A Mastroeni, con el overol, la pala, y las botas hundidas en el lodo de una zanja, sin la pelota como zanahoria.
Vale como analogía, sus pupilos (entre los que se encuentra Pablo Quique Ruiz, argentino con pasado en las Inferiores de San Lorenzo y en San Luis de Chile) deberán trabajar arduamente para frenar a Messi, Luis Suárez y compañía. Pero al frente estará Mastroeni, con la pizarra y sintiendo “perfume del pasto” (frase que acuñó su admirado Maradona) que tanto extrañó en aquellos días en los que, por necesidad, dejó de lado su vocación, que este miércoles lo depositará, una vez más, en un situal privilegiado.
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