De un tiempo a esta parte, referencia cronológica indefinida si las hay, muchos argentinos nos hemos acostumbrado a naturalizar ciertas cosas. Muchas de ellas, burdas. Decididamente tóxicas. Naturalizamos, por ejemplo, a convivir con una inflación deforme para la enorme mayoría de los países del planeta; aún algunos francamente subdesarrollados. Naturalizamos que a tus chicos no les toque al salir de casa la bolilla negra y te los devuelvan en una bolsa de consorcio solo por robarle un celular o una mochila. Naturalizamos que un montón de señoras y señores discutan a voz en cuello asegurando que lo hacen en defensa de “nosotros” cuando en realidad se están peleando “por la nuestra”. Naturalizamos que gente sin trabajo registrado diga que nos defiende en nuestro rol de trabajadores. Naturalizamos que, veinte años después del “que se vayan todos” no se haya ido ninguno. Naturalizamos que pasen años, lustros y hasta décadas y no logremos saber por qué volaron edificios emblemáticos en los ‘90 o quien asesinó a un fiscal federal bien entrado en Siglo XXI.
Lejos de querer atosigarlos con asuntos que, si no los tenemos en mente, pronto nuestra memoria traerá a la superficie –corrupción, abusos de poder, traición a la patria, etc- fui por algunos ejemplos para darle contexto a una pregunta. Con todo esto que soportamos –otra vez, naturalizamos-, ¿Por qué quedaría nuestro amado fútbol fuera de la lógica de una sociedad mansa, que transita los conflictos como si sucedieran lejos de casa?
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Las primeras fechas del torneo de primera división, las ruedas preliminares de la Copa Argentina y el comienzo de las categorías del denominado Ascenso y hasta el torneo Preolímpico nos han dado la certeza de que, lejos de dar vuelta la hoja y corregir algo de lo malo, nuestro fútbol, el doméstico y el regional, parece empecinado en sublimar el bochorno.
En charlas de café con colegas especializados en otros rubros me jacto de dedicarme a un género en el que el relato como forma ficticia de contar la realidad es imposible. Mientras desde la política se puede contar el cuento que cada uno quiera –por disparatado que sea, alguien va a creerlo-, desde el deporte es estéril asegurar que, pese a haber perdido por goleada, en realidad ganamos con un gol sobre la hora. Un diputado, un senador, un intendente, un gobernador, un ministro, un presidente y sus voceros más o menos oficiosos podrán decirte desde la oposición que la verdad es la opuesta a la que pregonaban desde el oficialismo. Nosotros, modestos cronistas de las pelotas, no podemos decir que la Argentina derrotó categóricamente a Kazajistan por la Copa Davis cuando, en realidad, ganó 3 a 2 y 8 a 6 en el desempate del tercer set del último punto de la serie. Es decir, mientras desde otras tribunas te quieren convencer de que ganaron perdiendo –Alberto dixit-, a nosotros ni siquiera nos dan la chance de decir que se ganó más cómodamente que lo que fue en realidad.
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De pronto, nuestro amado fútbol, ese que nos apasiona y nos lleva al paroxismo de asegurar que es de los mejores torneos del mundo, pone en duda esta lógica.
Por lo pronto, venimos de un fin de año en el que, en ese Ascenso tan manoseado, algunos descensos terminaron sin ser descensos. No fue antojadizo el lance que se tiró, infructuosamente, la gente de Colón de Santa Fe al respecto.
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Ya en 2024, ni siquiera esperamos a febrero para que algunos offsides sean evidentes para todos menos para los árbitros, que esos árbitros imaginen penales que ni siquiera fueron o que, en una versión semiprofesional de nuestros viejos picados de barrio, los partidos se prolonguen hasta que logre el mejor postor logre el gol del empate o la victoria.
Más allá de cualquier sarcasmo, duele la imprudencia de los que manipulan todo aun a riesgo de que los hinchas empecemos a sospechar que todo esto es, en realidad, una farsa destinada a empoderar a los que solo quieren al fútbol como una forma de acumular poder.
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Algunas veces, cuando alguien me pregunta cuánta mugre rodea a nuestro juego, suelo poner como ejemplo al arte. ¿Qué amante de la pintura se dejaría convencer de que Van Gogh jamás existió y que sus girasoles fueron solo una creación de IA? Fanáticos de la música, ¿tolerarían que les dijeran que las guitarras de Cerati o las letras del Indio no son sino un capricho digital de Spotify?
Hoy empiezo a sentir que eso de huir de la sospecha antes de admitir la farsa es un recurso que se diluye.
Un par de preguntas como para no hacerla mucho más larga.
¿Alguien escuchó algún argumento deportivo por el cual las dos máximas categorías de nuestro fútbol reúnen a casi 70 equipos? Necesito alguno que no sea el de repartir beneficios supuestamente deportivos a cambio de fidelidad electoral.
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¿Por qué razón, habiendo muchos dirigentes importantes y razonables dentro de la AFA, varios de los cuales denostaron en off aquel famoso torneo de 30 equipos, casi nadie levantó la mano poniendo un límite al desquicio organizativo?
¿Tendremos que resignarnos la enorme mayoría de hinchas que vamos a la cancha a que un porcentaje ínfimo de violentos aspirantes a millonarios determinen cómo, cuándo y dónde se juega un partido? ¿O que se maten entre sí y los partidos se sigan jugando como si nada? ¿O que ellos se lleven eso que vos dejas en el club?
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Vuelvo a esa jactancia de que tenemos uno de los mejores torneos del mundo. O no estaría pasando o muchas de las principales cadenas de deportes del mundo no se estarían enterando.
¿O será que no ayuda mucho a que, si el corner se tira desde la derecha, antes que el arco local vemos el tendedero de Doña Rosa? ¿O que en algunas canchas las cámaras enfocan las tribunas en las que no hay gente, para el caso de que de ese lado efectivamente hubiesen tribunas?
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Quizás no sea fácil explicarle a ese Primer Mundo futbolero del cual indudablemente formamos parte que los argentinos llevamos más de una década sin poder ir libremente a la cancha.
Quizas sea al revés. Y sea lógico que una sociedad que naturaliza que la estafen con su tiempo libre, su dinero y su mayor pasión naturalice cualquier otra cosa. Por grave que sea.
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