Uno de los principales aliados que tiene la corrupción dentro del Estado es el Estado mismo. Mejor dicho, la idea de que el patrimonio del Estado, que es producto del aporte de -casi- todos es, al mismo tiempo, de nadie en especial. Cuesta encontrar en nuestra línea de tiempo como sociedad más o menos organizada demasiados dirigentes que hayan cuidado “nuestro” patrimonio con el mismo entusiasmo con el que cuidan el propio. Disculpen la arbitrariedad, pero supongo que les costará poco hacer memoria y concluir en lo fácil que le resulta a algunos es meter mano en lo que es de todos y, por lo tanto, no es de nadie. Hace años me recomendaron no hacerme mala sangre pensando a qué manos irá a parar cada peso que pagamos al Estado (jamás olvidar que, además, los tenemos nacional, provincial y municipal; un montón de guita al alcance de las manos más veloces e impunes)
De alguna manera, algo similar sucede dentro del deporte. En muchas federaciones, que vendrían a ser el Estado alrededor del cual se organiza y administran los recursos de cada disciplina. Y en muchos clubes de esos a los que, por encima de todo y casi de modo despectivo, se considera solo un equipo de fútbol: difícil que un socio o un abonado a platea tenga ni la mínima idea de cuánto entra y por qué rubros y, sobre todo, de cuánto sale y por qué rubros.
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El mismo empresario que no aceptaría el mínimo desliz de un gerente sin dejarlo en la calle, vestido de dirigente de un club no se preocupa ni un poco en echar a un entrenador a dos meses de contratarlo, después de un par de derrotas que enojan al público y generando una deuda enorme que es de todos. Es decir, no es de nadie.
El mismo emprendedor que condiciona hasta lo insoportable a su responsable del área de compras antes de invertir en algún elemento innovador sale a comprar nueves sin gol como si anduviera con el changuito del súper. Esta misma gente de negocios que no demoraría ni un segundo en sentar frente al gerente de Recursos Humanos al empleado infiel que se robó un par de resmas de papel se banca sin chistar el poder paralelo de choreo, violencia e impudicia de los barras bravas.
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El fútbol profesional argentino atraviesa una época difícil de comparar en cuanto a gente del poder al frente de la dirigencia de los clubes. Con personas de indudable honestidad y buena voluntad y otros que, insolentes en su omnipotencia, encuentran en el mundo de las pelotas un límite que no les pone ni la tele, ni la política, ni el sindicato.
Entonces, atornillado como están a sus asientos influyentes de sede los cuales consideraron obvio merecer la presidencia del club al que dicen amar más que a su vieja, entran y salen de los clubes sin siquiera rendir cuentas. A veces no se trata de deshonestidad sino de simple impericia o de cuidar el patrimonio del club con el énfasis con que cuidarían el propio.
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En ese sentido, el asunto de la compra y la venta de futbolistas merecería una entrega en fascículos digna de la vieja y querida Enciclopedia Británica. Asunto de larga data este de negocios que, de tan difícil que es comprenderlos deportivamente hablando, llevan a mirarlos de reojo.
A propósito de ventas, sólo un ejemplo. Estos fueron los protagonistas del mítico clásico del “Gol de las Muletas” de Martín Palermo. Boca: Córdoba, Ibarra, Bermúdez, Samuel, Arruabarrena, Gustavo Barros Schelotto, Marchant, Traverso, Moreno, Delgado, Battaglia, Burdisso y, obviamente, Palermo.
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River: Bonano, Ramos, Trotta, Yepes, Placente, Lombardi, Berizzo, Zapata, Aimar, Saviola, Angel, Franco, Pereira y Cardetti. Por un lado, imagino que a cualquier hincha de fútbol se le hace agua la boca pensando en semejantes planteles.
Por el otro, los desafío a que hagan memoria y recuerden cuáles de estos jugadores NO fueron transferidos, especialmente a Europa, por un montón de dinero. No creo que la lista supere los cuatro o cinco nombres. Les doy una pista. Solo por Samuel y Aimar se pagaron más de 40 millones de Euros. Es muy exagerado calcular a ojo de buen cubero y al bulto un clásico de más de 100 millones?
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No se trata de poner bajo sospecha la gestión de nadie sino de, una vez más, preguntarnos cosas para incorporar algo de conocimiento. Y comprender que, también en el fútbol, el presente de la Argentina es un ordinario reflejo de las constantes del pasado. Un pasado que se empeñan en repetir hasta los que se llenan la boca hablando de cambiar.
Quizás por eso, el Diablito Echeverri no sea más que el Saviola del 2024. O el Colo Barco el Román de estos días. Paradójicamente.
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