
Mientras el haz de luz le daba a la multitud un Riquelme reflexivo y memorioso el espacio de voces y colores, de cánticos y explosiones luchaba por alcanzar la emoción. Parecía que todo lo era o se acercaba pero había más nostalgia que fervor. Sobre una plataforma circular hablaba el último ídolo de Boca. Y parecía que sus fanáticos ya intuían que no habrá más ídolos pues el fútbol argentino no superó la economía menesterosa que no permitirá trayectorias. Los mejores jóvenes se irán siempre y temprano. Se acabaron los tiempos de los Bochini, de los Alonso, de un Gallego Insúa, de los Milito, de los Chila, de una Bruja Verón y los Rattin. Ya nadie “morirá” donde “nació” pues la identidad no puede competir contra los dólares…
Por eso La Bombonera aquel domingo de la despedida de Román se convirtió en un templo de feligreses melancólicos que presentían un final de época. Acaso lo mismo que un día antes se había vivido en el Parque de la Independencia de Rosario cuando Maxi le dio su adiós al fútbol en la misma cuna de la que partió su prodigiosa carrera, la cancha de Newell’s.
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Uno y otro día hubo un invitado central, el mejor jugador del mundo; más aún, el hombre más influyente del fútbol mundial. Alguien cuyo predicamento, influencia, respetabilidad y admiración podría obtener lo que se propusiera de parte de cualquier persona, institución o entidad. Nadie en el mundo le negaría nada a Messi comenzando por la AFA, la Conmebol y la mismísima FIFA. Tanto se lo valora, tanto se lo quiere. Y es tan grande su figura que La Bombonera, ese reducto de sonido exclusivo que jamás reconoció a crack alguno que no fuera propio le pidió que se pusiera “un ratito la de Boca” al tiempo que “oraban” con la gestualidad del ruego al conjuro del litúrgico " Messi, Messi, Messi…” . Nunca se vio nada igual desde que La Bombonera existe y convengamos que por allí pasaron enormes figuras del fútbol mundial desde Pelé hasta Bobby Charlton. Pero no eran de Boca. Imposible aplaudirlos… Y ni hablar de los cracks de cualquier club de la Argentina por más grande que fuera.
Solo él podría despertar esta revelación insospechada de la historia. Y mientras ello ocurría él quedaba fuera del cono de luz bajo el cual Román se dirigía a la multitud embelesada. Estaba allí silencioso y hasta medio avergonzado, en un segundo plano para no quitar protagonismo al protagonista tal como lo había hecho el día anterior con su amigo Maxi Rodríguez.
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Las manitos atrás, el gesto austero, la actitud solidaria y el cumplimiento estricto de la palabra empeñada. Sacrificó días de esperadas vacaciones, también parte del festejo familiar de su cumpleaños por estar en el Coloso Marcelo Bielsa. Y casi sin dormir se vino a Buenos Aires para cumplir con todas las normas impuestas por el organigrama. Venir desde Rosario, encontrarse con los demás invitados en la concentración, almorzar con ellos, departir con los colegas de ayer y los de hoy, subirse al bus y bajar con su mochilita al hombro. Todo igual que los demás. Con un detalle que parece simple pero que es altamente demostrativo sobre lo que es Messi como persona, capitán y compañero. Es que el Hotel Intercontinental reservó un recinto privado con una gran mesa larga para todos. Sobre ella estaban las bebidas y diferentes entremeses a manera de entrada. Luego cada uno disponía de cien variantes en un gran buffet con comidas frías y calientes que cada comensal debía servirse voluntariamente. Hasta la silla sobre la cual estaba sentado Messi llegaban con frecuencia el encargado del salón acompañado por un par de camareras quienes le preguntaron más de una vez si deseaba que le trajeran algún plato para no tener que ir a servirse. La respuesta de Messi fue la acostumbrada: “No se preocupen, con estas pizzetas por ahora me arreglo pero si quisiera algo más voy como todos a servirme”. En medio de los cincuenta colegas con quienes compartía el encuentro y el almuerzo Leo quería ser como siempre, uno más. Virtud de los grandes más grandes…

Ah…y aceptar jugar el tiempo que hiciera falta: nada de 15 minutitos, ni un tiempo para cumplir: si los organizadores se comprometieron con la televisión a que Messi jugaría cuanto menos una hora, pues Messi jugó una hora.
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Fue muy estimulante lo que pasó ese día, pues el fútbol dio un ejemplo de fraternidad. Entre quienes actuaron ante el público había archirrivales de toda la vida y cuentas que hasta entonces parecían pendientes. Sin embargo en épocas de fragmentación social, insultos y enfrentamientos que padece el país, los jugadores de casi tres épocas dieron un sano ejemplo de dignidad. Muchos de ellos no se hablaban. Y no es el caso pormenorizarlo. Pero es bien sabido que Pekerman prefirió irse de la Selección tras no incluir a Messi en el Mundial de Alemania. Aún persiste en la memoria la carita de contrariedad de aquel pibe decepcionado.
El Coco Basile recibió un merecido y emocionante estribillo de las tribunas boquenses pero nadie olvida que entre sus “dirigidos” de ese día estaban aquellos que le dieron un “golpe de estado” a su selección durante el encuentro frente a Chile por las Eliminatorias para el Mundial del 2010. Sin embargo, protagonistas activos de aquel episodio que significó la llegada de Diego como entrenador al equipo nacional, le tributaron al Coco un enorme cariño; empezando por Messi y continuando por Gago.
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Todo fue cordial, solidario y amistoso. El más acabado ejemplo lo dio el propio Riquelme quien ante la multitud se puso la camiseta con el nombre de Maradona, con quien había sostenido alguna prolongada incomunicación desde su época de suplente de Diego hasta su negativa doce años después a integrar la lista de su Selección. Valioso fue también su gratitud a Carlos Bianchi, quien resultó el ex técnico de Boca más aplaudido aunque en el hotel no recogió la calidez masiva que los jugadores le brindaron en mayor grado a Pekerman y al Coco. Fue de tal manera que el reconocimiento a Bianchi pudo considerarse como el de mayor fervos de las tribunas.
Ahora vendrá para Messi su último club: El Inter de Miami. Que en realidad le permitirá realizar el viaje hacia la próxima Copa América a disputarse justamente en Estados Unidos. Ya se advierten movimientos y burbujas, se despiertan un esforzado y largo sueño de los dirigentes norteamericanos por multiplicar la afición al fútbol que ellos conocen como soccer pues la NFL siempre se opuso a la utilización del término fútbol tal como se conoce en el mundo entero.
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Su magia, su carisma, su espíritu deportivo, su ejemplo cotidiano y su condición de paradigma tal vez logren que el soccer amplíe su universo en la aceptación del público americano para lograr afianzar lo que en el último medio siglo no pudieron ni Pelé, ni Beckenbauer, ni Cruyff, ni Chinaglia, ni la multiplicidad de estrellas de todo el mundo que fueron con el propósito de ampliar la consolidación del fútbol como espectáculo de predilección.
Es probable que Messi lo logre, pues sostiene la condición que potencia su genialidad; y ella es su conmovedora humildad.
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