
Esa noche, después del partido en San Juan contra Brasil, Scaloni sintió que tenía que hablar con Messi antes de que regresara a París. Lo que venía era difícil porque la expectativa era demasiado grande. Había que sobrellevar esa responsabilidad. Había ansiedad, también temor.
-Leo, la gente está muy entusiasmada con esta Selección, lo que se generó es muy fuerte y la desilusión también puede ser muy fuerte -le dijo a Messi.
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-¿Qué importa? Seguimos, seguimos porque seguramente va a ir bien. Y si no va bien, no pasa nada. Hay que intentarlo.
La escena sucedió luego del empate 0-0 entre la Albiceleste y Brasil, que le permitió a La Scaloneta sacar pasaje a Qatar. El aluvión tras la Copa América había inyectado un caudal incontrolable de fe en las venas de los fanáticos, y eso, ante un tropiezo, podía volverse en contra. Como reza “Arrancármelo”, la canción de Wos que acompañó a la Pulga en su aventura mundialista, Lionel Andrés pareció decirle a su DT “no me pidas que no vuelva a intentar que las cosas vuelvan a su lugar”.
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Se trata de una de las perlas que ofrece el libro “La tercera”, que lleva la firma de Alejandro Wall y Gastón Edul, y promete desgranar “desde adentro y desde afuera, la historia de cómo la Argentina y Messi ganaron la Copa del Mundo en Qatar”. En el repaso, los autores ofrendan detalles de la génesis del espíritu del grupo y hasta de la forma de conducir del DT, que si bien contaba con un extensa carrera como futbolista y ya había integrado cuerpos técnicos, aprendió al andar. Y en el éxito. También, intimidades de la gesta.
OTROS CUATRO RETAZOS DE “LA TERCERA”
El roce entre Scaloni y el plantel que fue semilla de una unión granítica
Así como Brasil 2019 tejió los vínculos entre los jugadores, produjo el mismo efecto entre ellos y el cuerpo técnico. Comenzó a forjarse una forma de comunicación hacia afuera y hacia adentro. También mostró una forma de conducción de Scaloni, que entre la derrota inicial contra Colombia por 2-0 y el siguiente partido contra Paraguay, que terminó 1-1, metió cuatro cambiios. El episodio mereció una charla colectiva. Las modificaciones se conocieron antes por la prensa, eso no podía volver a pasar. La obsesión para que no hubiera más filtraciones duraría hasta el Mundial.
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Lo que no tomaron las cámaras del “andá pa’ alla’, bobo”
El momento más viralizado del Mundial, el que se convirtió en meme, en sticker de Whatsapp, en remeras que se pusieron a la venta con urgencia, ocurrió a la salida del campo de juego y el vestuario, en el lugar que se conoce como “flash interview zone”, a la que solo acceden los canales con derechos. Los jugadores primero daban la nota en el campo, un único micrófono, el de FIFA, con el panel de acrílico de fondo. Se trataba de una entrevista multilateral para la transmisión oficial ante los diferentes periodistas que estaban en la cancha. De ahí, se pasaba al siguiente sector, donde la charla era individual. Eso era en el “flash interview zone”. En la pantalla de TyC Sports se veía a Messi moviendo la cabeza de abajo hacia arriba, con cara de enojado, con un ‘salí de acá' gestual. Pero Weghorst insistía: “Come here, come here”, le gritaba. Eso no salía al aire. Sin saber quizá que ya estaba conectado, o sin importarle que la cámara lo estuviera tomando y que los micrófonos estuvieran abiertos, Messi lanzó su frase más popular. “Qué mirá, bobo, qué mira, bobo. Andá, andá pa’ allá, bobo”. No hizo falta nada más. Su imagen se retuiteó, se instagrameó, recorrió el mundo. Ya nadie podía dejar de decir “andá paya, bobo”.
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El momento más angustiante de Messi en el MNundial
Una imagen nos paralizó. Fue cuando Messi recibió de espaldas al arco que tenía que atacar, al lado del banco de suplentes croata, y lo fueron a encimar dos jugadores. Uno de ellos fue Borna Sosa. Después de esa jugada, Messi se agarró la parte posterior de su muslo izquierdo, el isquiotibial. No se distinguía si se masajeaba para aflojar o si se estaba metiendo el dedo ahí para ver si tenía una lesión. Messi no miraba al banco, pero el banco lo miraba a él: era el para el único que tenía ojos Daniel Martínez, el médico, lo seguía. Cada 20 segundos, Messi se tocaba. Había dos posibilidades: quizá la más tranquilizante era que hubiera sufrido un golpe en la jugada previa, pero estaba la más desesperante, que tuviera una lesión muscular. Una camilla llegó a prepararse por si hacía falta atenderlo. Pero Messi seguía sin mirar al banco de suplentes, ni siquiera se había acercado, no había pedido que lo masajearan. Nada de nada: sólo se tocaba la pierna durante un tiempo que resultaba interminable.
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Con una angustia que se desparramaba por el campo de juego, pero también en las tribunas y en las casas, la pregunta era: “Se sigue tocando, se sigue tocndo, ¿qué pasó?”. Un flashback llegó hasta ese momento y fue lo que había ocurrido en la final de la Copa América en el Maracaná. Messi había llegado hasta ahí con una molestia, que también había sentido en la semifinal. Durante el entretiempo tuvieron que acostarlo en la camilla para tratarlo. Lo que no se contó por entonces fue que debieron infiltrarlo. No estuvo ni siquiera en la charla del entrenador. “Hace dos partidos que está yo no sé a qué porcentaje porque tuvo un problema en el isquio. Eso te da la pauta del tipo de jugador que es. Poder haberlo dirigido para mí es algo único, y si el argentino lo conociera realmente como lo conocemos nosotros, lo amaría mucho más de lo que lo ama”, diría Scaloni después del partido.
Luego llegó el penal a Julián, la ejecución perfecta de Lionel Andrés, de zurda, cruzado, bien arriba.
Con el gol, con Messi recuperado, la Argentina entraba en clima. “Fue un golpe”, diría Messi después, para más tranquilidad aunque no se veía algo parecido en la jugada previa.
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El entrenador menos pensado
Era otra vez Messi, que pateó unos segundos después su penal más fuerte del Mundial. De zurda, cruzado y bien arriba. Se lo habían recomendado el día previo tando Dibu Martínez como Gerónimo Rulli, que conocían mucho cómo atajaba Livakovic, un especialista en penales. Rulli hablaba mucho con Messi. No sólo con Messi, también con el resto de sus compañeros. Tiene vocación de entrenador, de esos futbolistas que por su formación intelectual van camino a ser técnicos. Su mirada era importante afuera de la cancha, los jugadores lo escuchaban. Es parte de los roles que también se arman en los grupos. En 2018, después de haber quedado afuera de la lista para el Mundial de Rusia, Rulli fue a la inauguración de una biblioteca futbolera en La Plata, su ciudad. Ahí habló de perseverar en lo que se busca, sin miedo. “Mi próximo sueño -dijo- es ser arquero de la selección argentina en el Mundial de Qatar 2022 y voy a lograrlo”. Y ahí estaba.
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