
Las escenas ocurrieron el jueves, un rato después de que el plantel de la Selección dejara Londres para regresar a Bilbao. En Trafalgar Square, la emblemática plaza de la capital inglesa, un grupo de unos 15 argentinos comenzó a cantar el “dale campeón, dale campeón” derivado de la obtención de la Copa Euroamericana (la Finalissima) ante Italia, en Wembley, y de a poquito se fueron sumando más y más hinchas hasta llegar a unos 200 en menos de diez minutos. Sí, en pleno centro de la seductora capital inglesa. Vestidos la mayoría de celeste y blanco, parecían salir de abajo de las señoriales baldosas británicas. Sorprendía, claro que sorprendía. Aunque, a decir verdad, sorprendió todavía más lo que ocurrió la noche anterior en “La casa del fútbol”, como le llaman los ingleses al estadio más emblemático de su país: más de 45.000 argentinos alentaron al equipo y celebraron el 3 a 0 ante Italia. Locales en Europa y ante un rival del Viejo Continente.
No se trataba del cálculo aproximado de un periodista: la UEFA informó que más del 60 por ciento de las 87.112 entradas que se compraron para esa final tenían pasaporte argentino. El apoyo fue masivo y ruidoso (una fiesta, para el lenguaje futbolero argentino), superior incluso al que tuvo Italia, pese a que la final se jugó en su propio continente.
El respaldo del público, esa fiebre en las tribunas, parece un anticipo de lo que se vivirá en Qatar a partir del 21 de noviembre, cuando se juegue el primer Mundial de la historia en tierras árabes. Según la FIFA, los hinchas argentinos son los que solicitaron mayor cantidad de entradas después de los qataríes. En tercer lugar están los mexicanos y luego le siguen Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos, Inglaterra, India, Arabia Saudita, Brasil y Francia.
Semejante entusiasmo tiene sus raíces en el fantástico presente que atraviesa Argentina, invicta desde hace 32 partidos (la mejor marca vigente en el mundo a nivel selecciones) y con dos títulos bajo el brazo en menos de un año: la Copa América que le ganó a Brasil y la reciente Copa Euroamericana frente a Italia, en Inglaterra. Un título en el Maracaná y otro en Wembley, como para potenciar el idilio entre los de adentro y los de afuera.
Motivados por el presente del equipo y deseosos de conseguir en Qatar la tercera Copa del Mundo para Argentina, los integrantes del plantel y del cuerpo técnico también se dan tiempo para disfrutar lo que les ocurre. El miércoles se fueron del campo de juego una hora después de terminado el partido. No querían dejar de pisar ese césped mítico en el que tanto celebraron en esa noche ya histórica para el fútbol argentino: fue el primer triunfo en Wembley y además significó la obtención de un título. Y después extendieron el festejo en el vestuario durante una hora y media.
Ya de regreso al hotel The Grove, en Watford, a unos 30 kilómetros del centro londinense, festejaron en el salón donde cenaron y se fueron a descansar recién después de las 3 de la mañana. Cristian Cuti Romero, Nahuel Molina, Paulo Dybala, Juan Musso y Lisandro Martínez, los más jóvenes del plantel, se quedaron en un cuarto escuchando música. Gonzalo Montiel, Franco Armani, Julián Alvarez, Exequiel Palacios, Germán Pezzella y Guido Rodríguez hablaron un largo rato entre sonrisas del presente y el pasado reciente de River. Y hasta se sacaron una foto (no estuvo Palacios) posando con camisetas de River junto a Claudio Tapia, el presidente de la AFA.
Los familiares saben que los futbolistas están felices y tratan de acompañarlos. Así, los padres y el hermano de Dibu Martínez viajaron desde Mar del Plata, y los de Julián Álvarez también volaron desde Calchín, el pueblito cordobés de donde es oriundo el delantero de River Plate.
En las tribunas también estuvieron, entre otros, familiares de Lionel Scaloni (se lo vio junto a sus hijos en el campo de juego mientras los futbolistas daban una vuelta olímpica caminando), Rodrigo De Paul, Guido Rodríguez, Marcos Acuña, Germán Pezzella y Alejandro Gómez, quien tuvo el acompañamiento de Linda, su mujer, en el sector VIP del estadio de Wembley.
Justamente el Papu es el motor anímico del grupo: al salir del recinto, llevaba el parlante que hizo bailar cumbia a todos los jugadores, liderados por Nicolás Otamendi, a quien se lo vio moverse al compás de la música y con una parte de la red del arco donde Lautaro Martínez y Ángel Di María anotaron los dos primeros goles en el primer tiempo colgando de su cuello.
La comunión proseguirá este domingo, en España. En el estadio El Sadar, donde hace de local el Osasuna, en Pamplona, se esperan más de 10.000 argentinos para alentar al seleccionado en el amistoso ante Estonia que le pondrá fin a la gira europea. El Sadar tiene capacidad para 23.516 personas y probablemente la mitad del estadio esté copada por compatriotas, una vez más. El ida y vuelta entre el público y la Selección tendrá en España un capítulo más, a menos de seis meses de Qatar y ya sin los resquemores de los tiempos en que las finales se perdían.
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