
Las dos tribunas copadas por la misma familia. Un jefe barra por acá, vestido de azul y amarillo, otro por allá, vestido de negro y rojo. Una bandera que sella la alianza en el Gigante, un paravalancha pletórico de soldados en el Coloso. Pases de jugadores de uno y otro equipo. Negocios narcos, lavado de dinero y mucho fútbol. Son la banda más temida de la Argentina. Y son, al mismo tiempo, los dueños de las barras de Newell’s y Rosario Central. Porque la historia de Los Monos tiene una ramificación profunda en el fútbol y sus negocios oscuros.
Todo empezó hace mucho tiempo, cuando Claudio el Pájaro Cantero tomó las riendas del clan familiar y supo que como empresario debía hacer crecer las bases de la estructura que había construido el patriarca de la familia, Ariel Máximo, “el Viejo”, quien en 2003 había ganado el territorio después de una sangrienta lucha contra otra organización delictiva llamada Los Garompas. Mientras el Viejo aceitaba la relación con la policía, los sindicatos y toda la estructura del estado, el Pájaro se concentraba en ampliar la red consolidada en el sur de la ciudad hacia todos los extremos. Y rápido entendió que la capacidad de movilización de los barras y su dominio territorial era un lugar de despegue.
Así, fue reclutando soldados para la causa de la tribuna Canalla primero, donde su hombre era Oscar Paco Mono Ferreyra, secuaz de Andrés Pillín Bracamonte, y trataba de ingresar en Newell’s donde reinaba la familia Camino. Para 2010, todo lo que ocurría en las tribunas de Rosario tenía el sello de Los Monos, que terminaron tejiendo una alianza inquebrantable con Pillín bracamonte, el líder histórico de la barra de Central, y Daniel Teto Vázquez, el leproso del que era íntimo amigo Ramón Machuca, alias Monchi, hijo de crianza del Viejo Cantero.
Pero el poder de la banda no era solamente cobrarles protección a los líderes y usar a sus seguidores para vender cocaína en los bunkers que esparcieron en toda la zona, sino también participar de los negocios grandes del fútbol. En Rosario se asegura que llegaron a tener 120 jugadores de inferiores bajo su ala y que esa parte del negocio la manejaba Monchi, pero bajo la atenta mirada del Pájaro y Guille Cantero, sí, el que ahora está en juicio y dice que su oficio es contratar sicarios para matar jueces y fiscales. De aquellos 120 siempre se rumoreó la presencia de dos cracks: Éver Banega y Ángel Correa. Ambos ligados al representante Francisco Lapiana, quien fue acusado de lavar dinero para la banda y terminó yendo a juicio con el resto por asociación ilícita, aunque finalmente salió absuelto. De los dos cracks, el que más cerca estuvo de probarse fue el caso del actual jugador de la Selección y el Atlético Madrid, porque Monchi fue a verlo jugar con otros dos integrantes de Los Monos y hay varias escuchas en donde hablan del negocio que tienen entre manos.
En el gran libro “Los Monos”, de los periodistas Germán de los Santos y Hernán Lascano, se reproduce la causa judicial y los dichos del propio Correa señalando a Monchi como representante de jugadores. Y también se reproducen escuchas entre miembros de la banda en donde queda claro que Pillín Bracamonte iba a estar en problemas si no pagaba un dinero que provenía, supuestamente, de la venta de Ángel Di María del Benfica al Real Madrid, del que a Central le correspondía un porcentaje del pase.

Cuando finalmente se desata la guerra entre los Cantero y las familias que quisieron destronarlos (los Paz y los Bassi en primera fila), quedó en claro para quién jugaba cada barrabrava. Esa guerra terminó con el asesinato del Pájaro y la bandera en el Gigante de Arroyito con su cara y la expresión “Dios le da las peores batallas a sus mejores guerreros”. Pero en el Coloso los Bassi aprovecharon para meterse y liderar la tribuna con Luis, alias el Pollo, como capo. Pero eso fue hasta que cayó preso. Entonces se desató una guerra por la sucesión que se cobró cinco vidas en tan solo dos meses hasta que llegó la solución: Los Monos pondrían al líder a través de Pillín Bracamonte y la paz volvería al Parque Independencia. Y aunque suene extraño, fue así.
Primero estuvo al frente Rubén Teletubi Segovia, después Marcelo el Pipi Arriola y ahora es el turno de Aldo el Gatito Sosa, que al mismo tiempo que comparte la propiedad de vehículos y embarcaciones de alta gama con Guille Cantero trabaja en la Defensoría del Pueblo. Parece increíble pero es verdad. Y todos, pero todos, responden a Los Monos. Y la historia marca que aquel que se puso de la vereda de enfrente terminó acribillado por sicarios. Porque ese es el lenguaje que habla la banda más peligrosa de la Argentina en todas las actividades que emprende, incluido el fútbol.
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