
“Él quiere irse. Lo retuvimos y tratamos de convencerlo por una cuestión de control”.
Fue el propio Leopoldo Luque, el médico personal de Diego Maradona y quien lo operó el martes de un hematoma en la cabeza, quien confirmó el episodio en su primer parte del día. Pelusa, de flamantes 60 años, se quiso ir, aun contra las indicaciones de quienes lo tratan en la Clínica Olivos.
El equipo que cuida y trata al Diez subraya que la recuperación “asombra”. Las resonancias magnéticas que le practicaron en las últimas horas ofrecen un diagnóstico auspicioso, lo mismo el hecho de que “responde a todos los estímulos”, tal como Luque le indicó a Matías Morla en una conversación íntima en la jornada de ayer. Pero entienden que no es prudente que se vaya de alta a 24 horas de que le quitaran el drenaje tras haber evacuado con éxito el edema subdural.
Además, en horas de la tarde, Luque confirmó que “en el postoperatorio tuvo algunos episodios de confusión que asociamos a un cuadro de abstinencia. La idea, en línea con los médicos de terapia, es hacer un tratamiento de este cuadro de abstinencia. Creemos que esto va a durar unos cuantos días. Estamos todos de acuerdo para hacerlo, y lo vamos a hacer, es lo mejor para Diego. Esta es una oportunidad muy grande para hacer lo mejor para Diego, lo que todos queremos y pensamos”. El cuadro, según pudo averiguar Infobae, está relacionado con la ingesta de alcohol.
Sin embargo, el director técnico de Gimnasia fue contundente cerca del mediodía. “Yo me voy de acá”, avisó. Según pudo reconstruir Infobae, ni Maxi Pomargo (cuñado de Morla y quien lo acompaña a diario) ni Johny Espósito, su sobrino, podían torcer su decisión. “Me quiero ir a mi casa”, enfatizó.
De ahí que Luque deslizó la posibilidad en su contacto con la prensa. Pero tenía previsto jugar una carta más, con el respaldo de los terapistas que están cerca de Diego. Subió a la habitación, cerró la puerta, se sentó junto a la cama y se dispuso a explicarle que, si se iba de la clínica, lo hacía bajo su responsabilidad. Y en una conversación que duró cerca de una hora enumeró las complicaciones que podría plantear el traslado a su hogar en el barrio privado Campos de Roca, junto a la Ruta 2, en la localidad de Brandsen.
“Te operamos hace 48 horas. Tu evolución es buena, pero inconvenientes siempre pueden surgir. Si te pasa algo en tu casa no te van a poder cuidar como acá. Si necesitás traslado, hasta que llegue la ambulancia, podés perder un tiempo precioso”, fue uno de los factores que puso sobre la mesa.
“La operación fue en la cabeza. Te caés yendo al baño, o a cualquier lado, te golpeás, ¿y qué hacemos?”, insistió. Otro tema no menor para Luque y compañía es la dieta. En la clínica pueden controlar qué consume. En su casa... es más difícil. Un ejemplo: la tarde siguiente a la intervención quirúrgica, Maradona le pidió a su entorno... un café. Por supuesto, su deseo no fue cumplido.
La visita de sus seres queridos (sus hijas, sus hermanos) ayuda al ex capitán de la Selección a matizar el paso del tiempo, lo mismo que el hecho de ver deporte por TV (ayer miró los duelos de los equipos argentinos por Copa Sudamericana). Pero fueron varios lo momentos a lo largo del día en los que insistió en la idea de regresar a su casa.
No es la primera vez que una charla con Luque, que trabaja con Diego desde hace cuatro años, lo hace cambiar de opinión. En junio de 2020, cuando había caído en un profundo pozo anímico (y mezclaba la medicación con alcohol), lo convenció de proponerse salir. El aislamiento, las dificultades en su movilidad, los problemas familiares y la imposibilidad de trabajar como técnico de Gimnasia por la pandemia de coronavirus lo habían tirado abajo al campeón del mundo en México 86. Hasta que llegó el diálogo con su neurólogo.
“Busqué el modo de provocarlo, quería que se enojara, que reaccionara ante un desafío. Le dije: ‘Diego, esto no es así, esto depende de vos, te quiero ayudar, ¿me dejás ayudarte?’. ‘¿Tenés auto? Bueno, andate’, me respondió. Me estaba por ir, pero retrocedí y le dije: ‘Vos me vas a echar cuando sea el momento. Vos nos enseñaste que cuando la situación está mal es cuando hay que aparecer’. Y le pregunté: ‘¿Querés estar mejor’. ‘Sí’, me contestó. ‘¿Por quién jurás que vas a estar bien?’, insistí. ‘Lo juro por mi mamá’, me dijo. Y empezó a estar bien”, relató el profesional. Desde esa plataforma, perdió más de 12 kilos, volvió a patear una pelota y asumió con convicción una rutina física.
Desde hace unas tres semanas, el bajón regresó, a partir de otros factores. La inminencia del cumpleaños N° 60 sin la presencia de Chitoro y doña Tota, sus padres; nuevos conflictos familiares y el hecho de verse aislado por haber mantenido contacto estrecho con un caso sospechoso de COVID-19 (uno de sus custodios, al que luego le hicieron el test y dio negativo) lo golpearon en la línea de flotación. Maradona dejó de cumplir la dieta estricta que lleva para mitigar el impacto de la medicación que toma (contra la ansiedad y para conciliar el sueño); se derrumbó. Los malos hábitos reaparecieron. Y la imagen, frágil, dolorosa, que ofrendó el día del homenaje por su aniversario en la previa de Gimnasia-Patronato aumentó la estridencia de las alarmas.
El lunes, entonces, su médico lo persuadió de que una internación era la solución que necesitaba. “Yo quiero dirigir el domingo”, argumentó el Diez para negarse, en alusión al duelo entre Gimnasia y Vélez por la Copa de la Liga Profesional. “Si venís con nosotros al hospital, no dirigís, lo jugás”, fue la frase que aflojó a Maradona, que entró al sanatorio Ipensa con un cuadro de anemia y deshidratación.
Los estudios detectaron el hematoma que en septiembre no llegaron a mostrar. Y Diego terminó en el quirófano. La intervención resultó exitosa. Ahora, el equipo que lo trata apunta a un posoperatorio en el que “descanse y tenga paz”. Y a tratar su abstinencia.
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