(Infobae)
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— ¿Por qué fue a ver al señor Ariel Holan el 19 de octubre de 2017?

— Porque soy hincha de Independiente.

— ¿Cuántos hinchas tiene Independiente?

— Cinco millones.

— ¿Y usted es el representante legal de ellos?

— Legal no, pero soy el referente de un sector de aproximadamente 1.200 socios. Hace 20 años que defiendo al club. Y este juicio es un circo romano: me hicieron una cama para que no los pueda defender más.

Vestido con camisa y jean, distinta a la ropa del club que había lucido en la audiencia anterior, Pablo Álvarez, el famoso Bebote, finalmente declaró en el juicio en su contra que se le sigue por tentativa de extorsión por lo sucedido el 19 de octubre del 2017 cuando fue a buscar a la salida del predio de Villa Domínico al entrenador del equipo, lo siguió con dos motos y un auto, lo interceptó en la entrada de la autopista y le pidió, en modo barra, 50.000 dólares como contribución para viajar al Mundial de Rusia. En algo más de una hora tensa, Bebote se cruzó con la fiscal Mariana Monti, con quien protagonizó varios diálogos como el que comienza la nota y hasta tuvo cruces con la jueza María del Carmen Mora, quien debió llamarlo en más de una oportunidad al orden, recordándole que era ella la que llevaba adelante el debate y no él.

La estrategia de Álvarez fue presentarse como un perseguido político de los sindicalistas y mandamases de Independiente, Hugo y Pablo Moyano, y del ministro de Seguridad bonaerense, Cristian Ritondo, al que acusó de haber armado toda la maniobra para que terminara preso. Claro que ante la evidencia fílmica y las declaraciones del propio Holan sobre lo sucedido, no le quedó otra que admitir la razón del encuentro. “Yo fui a pedirle una colaboración como hicimos siempre con todos en el club. Pero no era obligatorio, sino de buena voluntad. En este caso se le pidió que ayudara para que la hinchada viajara representando a Independiente al Mundial de Rusia a alentar a la Argentina con cinco pasajes, estadías y entradas. Ya habíamos tenido dos charlas previas sobre el tema y Yoyo Maldonado (NdR: secretario del club y protesorero del sindicato de Camioneros) me dijo que vaya a verlo porque ya estaba todo arreglado. Por eso nos acercamos, me invitó a subir al auto, le recordé lo que estaba acordado, pero él dijo que no iba a colaborar y ahí terminó todo: yo jamás amenacé a nadie como dijo el testigo ese que trajeron que no es la persona que ese día estaba en el auto, acá al juicio trajeron a otro (por Daniel Ramos, amigo de Holan, quien aseguró que estuvo presente en el hecho y declaró que Bebote estaba violento y temió por su vida)”. Y ante una repregunta de Víctor Varone, abogado de Holan, sobre la misma situación, el jefe de Los Diablos Rojos redobló la apuesta: “El que se puso a gritar y quien alzó la voz fue Holan, no yo”. Cabe recordar que en su declaración en el inicio del juicio, el ex entrenador del equipo de Avellaneda fue muy preciso sobre lo sucedido aquel día: afirmó que era la cuarta vez que se encontraba con el jefe de la barra por esta situación, que le había pedido 50.000 dólares para el viaje al Mundial y que si bien no había tenido miedo personal en ese momento, sí tuvo temor por lo que pudiera pasarle a su familia y por cómo iba a seguir desarrollándose de ahí en más la relación, aunque nunca se refirió a que el líder de la barra representara esa amenaza, sino gente que pudiera rodearlo y actuar autónomamente. Y remarcó que desde entonces tenía custodia policial.

El Tribunal Oral 5 de Lomas de Zamora donde se juzga a Pablo Bebote Álvarez, quien logró que los jueces aprobaran su deseo de no dejarse fotografiar (Foto: Adrián Escandar)
El Tribunal Oral 5 de Lomas de Zamora donde se juzga a Pablo Bebote Álvarez, quien logró que los jueces aprobaran su deseo de no dejarse fotografiar (Foto: Adrián Escandar)

Pero Bebote intentó hablar poco del hecho en sí, que lo graficó como un diálogo amigable, tal como se narró líneas arriba, e intentó llevar el juicio hacia otro lugar, la presunta operación política para perjudicarlo. Cuando se le consultó por qué esgrimía ese argumento, su respuesta fue como mínimo sorprendente: “Los Moyano me querían fuera del club porque sabían que yo era el candidato con más chances de ganar las elecciones. Necesitaban sacarme del camino porque yo iba a ser el próximo presidente de Independiente. Para eso usaron a Ritondo y armaron todo con Lugones (Juan Manuel, denunciante del caso y director de la Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte). Todo es una mentira. Si hasta los abogados de Holan trabajan para el ministerio. Acá presento como prueba el contrato que demuestra que ellos son coordinadores del ministerio bonaerense. El propio Holan dijo que él no pagaba los abogados, está claro que esto fue armado por Ritondo y Lugones. Soy un perseguido y nada de lo que se me acusa es real”, fue la arenga vehemente del capobarra, que está en prisión domiciliaria por otra causa en algún punto vinculada a ésta, la de ser jefe de una asociación ilícita montada sobre la barra de Independiente, donde casualmente también está imputado por el mismo delito Pablo Moyano, vice del club y hombre sobre el que Bebote focalizó buena parte de sus males, al admitir que “empezamos bien y nos terminamos llevando muy mal”. Y sobre el contrato presentado en el debate, los abogados de Holan reconocieron que trabajan para el Ministerio de Seguridad en la parte docente pero que eso no los inhibe de su tarea como letrados particulares.

Álvarez, quien pidió no concurrir a la próxima audiencia porque dice que lo sacan de su casa con chaleco antibala y armas largas y esto produce una mala impresión y es parte del espectáculo montado, remarcó en más de una oportunidad su inocencia y aseguró: “Todo este proceso es un circo romano para entretener al pueblo”. La jueza lo miró, lo estudió y dio por cerrada la audiencia. El miércoles serán los alegatos y se espera para antes del fin de semana la sentencia. Ahí se sabrá si para la magistrada todo fue un circo donde la fiera terminó injustamente enjaulada, o si por el contrario Álvarez hizo lo que se presupone de un barra: usar el supuesto fanatismo por un club para hacer negocios ilegales en beneficio personal.

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