David Lascano va por su séptimo Mundial. Es un integrante más de la delegación de Argentina en cada uno de los viajes que emprende. "Como laburo es satisfactorio, es lindo tener a estos monstruos al lado", dice, con una media sonrisa.

David, a secas, es el mozo del combinado nacional. El que les sirve los platos de energía para que luego desarrollen su talento en la cancha. Como un eximio entrenador, tiene el mapa de los comedores en la cabeza. "Hay sectores, grupitos; yo ya conozco como se sientan. Entonces organizo mesas de 10 personas, de 8, para que cada uno tenga su lugar, su espacio", explica.

Detrás de las estrellas todavía sobrevive el espíritu de estudiantina. "Hay jodas como en el colegio, pero casi no lo noto, es de ellos", acepta el clima de diversión cuando las obligaciones lo permiten pero, al mismo tiempo, apela a la mesura; sus ojos no ven, sus oídos no escuchan.

Es que David no ve cracks, futbolistas. El se cruza a los Messi, Mascherano, Agüero y ve familia. "Yo creo que estoy en el plantel, apoyando a los muchachos. Soy mucho mayor que ellos y decís, ahí están mis pibes, son como mis hijos", concluye, con la mirada cargada de esperanza, soñando que en Rusia, sí, sus pichones podrán cumplir con la misión que quedó trunca en Brasil 2014.