El argentino que venció a Bobby Fischer y a Karpov es el nuevo rey de Buenos Aires

A los 65 años, Carlos García Palermo triunfó por 1ª vez en en el torneo de ajedrez de la Ciudad. Sus anécdotas con los grandes maestros, el sobre de Korchnoi y los cien bolsos de cuero de Fischer

La directora del certamen, la maestra Elisa Maggiolo, le entrega el trofeo a García Palermo en la Legislatura porteña.
La directora del certamen, la maestra Elisa Maggiolo, le entrega el trofeo a García Palermo en la Legislatura porteña.

Por Carlos A. ILARDO

De estatura media y andar desgarbado, sobresale de su figura el pelo rebelde y coloreado con el que oculta coquetamente las cenizas de los años; a los 65, el gran maestro platense Carlos García Palermo acaba de ejecutar una jugada para la memoria: la conquista por primera vez en su carrera de un certamen mayor en Buenos Aires. Después de nueve intensas jornadas se quedó con el título de campeón del X Torneo de la Legislatura porteña y la Copa de ajedrez, Norberto Laporta.
"Más allá de mi victoria, de mis méritos y errores durante el torneo lo que ha sucedido esta semana acá es muy importante. Que una institución le abra las puertas de su casa al ajedrez, sin dudas, dignifica mucho nuestro juego. Porque una cosa es auspiciar un torneo y otra, además, es permitir que en estos históricos salones, casi 500 personas a diario, vengan a jugar al ajedrez", señaló García Palermo, el argentino que posee score favorable ante el norteamericano Robert Fischer (le ganó una partida en 1970 y le empató al año siguiente) y fue vencedor del ruso Anatoly Karpov (cuando éste ostentaba el título mundial en 1982), durante el discurso de clausura del certamen de mayor convocatoria de la última década (476 participantes de doce naciones) que reunió a hombres y mujeres, desde los 8 hasta las 82 años, con maestros y aficionados e incluso ajedrecistas con capacidades diferentes.
El campeón que finalizó invicto y totalizó 8 puntos -se impuso por mejor sistema de desempate-, fue escoltado, con el mismo puntaje, por el gran maestro Carlos Obregón (de la Asociación Tres de Febrero), y seguido a media unidad por el maestro internacional Maximiliano Pérez (representante del Club Obras).
-¿Tanto te impactó jugar en el salón dorado de la Legislatura?
-Es que va más allá de lo estético; he tenido la suerte de jugar en lugares bellos como Cortina D'ampezzo (en la región del Véneto, al norte de Italia) o de vivir varios años en Europa, pero esto no se ve en ningún lugar del mundo, ni en París, Roma o Nueva York. No se abren las puertas de un órgano legislativo, de un país, ciudad o provincia para que entre la gente a jugar ajedrez. Eso habla muy bien de la organización. Mis felicitaciones a la maestra Elisa Maggiolo que se ocupó de todos los detalles.
García Palermo no sólo tiene credencial para hablar por su experiencia, también posee doble ciudadanía; la argentina por su nacimiento en el barrio Meridiano V en la ciudad de La Plata, y la italiana que arrastra por portación de apellido. El hijo de Adolfo García (ex dirigente del Club Estudiantes de La Plata) y de Carmen Palermo (de 96 años) hace décadas que se acostumbró a caminar bajo el sol; vive seis meses en el país y otros tantos en Europa. Su formación académica fue en la ciudad de las diagonales, cursó la primaria en la Escuela N°11 (frente al Parque Saavedra), el secundario lo completó en el Comercial de la calle 46, y después de doce años de conjugar gambitos y leyes se graduó de abogado en la Universidad de La Plata.

-¿Cómo descubriste el ajedrez?
-Tenía 10 años y mi papá me dijo que ya era hora que empezara a leer. Me dio "El libro de nuestros hijos", una enciclopedia mexicana que además de "Mitología Griega" y otras cosas más tenía un capítulo dedicado al ajedrez. Allí aprendí a mover las piezas. Después me obsesioné y jugaba sólo todo el día con el tablero en el piso, poniéndolo de un lado y del otro, hasta que un día mi mamá le dijo a mi viejo "con este chico vamos a tener que hacer algo". Y ahí me llevaron por los clubes; me inicié en Estudiantes de La Plata.
-¿Y en tu ciudad había mucho interés por el ajedrez?
-Sí, pero eran otros tiempos; se jugaba en el Club Estudiantes, en Gimnasia Esgrima, El bar Rivadavia y en el Club de Ajedrez La Plata. En Estudiantes yo jugué en la sala "El Salón de los Espejos", allí venían los jugadores del equipo de Zubeldía, los más concurrentes eran el doctor Madero y Carlos Bilardo.
Los méritos del maestro ítalo-argentino frente al tablero no tardaron en llegar, y entre los años setenta y ochenta se vio lo mejor de su ajedrez. En 1986, el nombre de Carlos García Palermo se ubicó entre los mejores 40 jugadores del mundo. Antes, en 1983, obtuvo el título de maestro internacional y dos años después el gran maestro. Entre ambos se graduó de abogado, en 1984. Fue reconocido por la prensa con tres Olimpia de Plata, un premio Kónex y lo declararon ciudadano distinguido de La Plata. Fue, entonces, cuando sintió que le había llegado el momento de probar suerte en el exterior.
"En 1984 tomé la decisión de ir a Europa; planeé un viaje de seis meses y se convirtió en una experiencia fabulosa de once años", cuenta García Palermo que los primeros seis años los vivió en Alemania. Y agrega: "Me contrataron para jugar en la Bundesliga, y tenía un sponsor que además de darme un departamento me pagaba un premio con el que cubría todos mis gastos anuales. Después me radiqué en Zaragoza, y en 1995 pegué la vuelta a La Plata".

García Palermo habla cuatro idiomas, vive seis meses en Europa y seis en Argentina, y llegó a estar en los mejores 40 ajedrecistas del mundo.
García Palermo habla cuatro idiomas, vive seis meses en Europa y seis en Argentina, y llegó a estar en los mejores 40 ajedrecistas del mundo.

Durante esos años enriqueció su palmarés con la conquista del Memorial Capablanca en La Habana, en dos ocasiones, en 1985 y 1987. Con bandera argentina jugó la Olimpiada de Dubai (1986) y con la italiana, la de Manila (1992) y Turín (2006). Entre sus vencidos sobresalen los nombres del subcampeón mundial Nigel Short, Gelfand, Adams, Razuvaev, Psahis, Larsen, Andersson, Sorokin, Granda y Vescovi, entre muchos más. La obtención del título de campeón italiano (en ajedrez activo o semirrápido) en 1988 y el subcampeonato en el torneo mayor en 1994 le abrieron las puertas para que tiempo después pudiera trabajar como entrenador de ajedrecistas de ese país.
-Con semejante currículum. ¿No te molesta que muchos sólo recuerden de vos tu victoria con Fischer y con Karpov?
-Bueno, son las generales de la ley. Pero fueron dos momentos importantes que me marcaron y cada uno tuvo sus matices.

-¿Querés contarlo?
-En agosto de 1970, yo tenía 16 años y me inscribí en una simultánea que Fischer dio en el Club Estudiantes de La Plata. No sé lo que sucedió, él se equivocó y yo también estuve caminando por el precipicio, pero de pronto quedé ganado y Fischer abandonó en la jugada N°15. Supongo que nunca se habrá olvidado de la partida, porque en su vida sólo perdió dos veces en menos de 15 jugadas. Pero lo interesante fue que al año siguiente, en 1971, después que él venciera a Petrosian en el Teatro San Martín, Fischer volvió a dar una simultánea, y volvimos a enfrentarnos. Esa vez fue empate, y yo creo que él se acordaría de mí y debe haber jugado con más atención. Por eso me parece que debe ser más meritorio mi empate que mi victoria, la que tal vez lo sorprendió por mi juventud.

-¿Y nunca lo charlaste con Bobby?
-Y… no era una persona fácil. Recién nos cruzamos en 1996, cuando él vino a la Argentina para mostrar el Fischer Random (el mismo ajedrez pero con un sorteo inicial en el orden de las piezas) y a mí me designaron director de ese match que bajo la modalidad de Fischer lo jugarían el argentino Ricardi y el filipino Torre. Pero la exhibición jamás se realizó. Recuerdo que él tuvo varios desencuentros con los organizadores y un día cuando llegué a mi casa y tenía un mensaje en el teléfono, en voz castellana pero con un extraño acento que decía: "Soy Roberto, llamame estoy en el hotel Etoile". Me quedé pensando un rato quién sería ese Roberto y con ese acento, hasta que me saqué las dudas y descubrí que era Fischer. Me fui hasta su habitación, me pidió que lo acompañara hasta Ezeiza (en esos tiempos lo buscaba el FBI) y me dijo que tenía exceso de equipaje. Se había comprado más de cien bolsos de cueros. No tengo idea para qué, ni le pregunté. Tuvimos que viajar en dos autos, un taxi y uno particular. Cuando el chofer lo reconoció y lo saludo, él se puso muy contento. Es que acá lo trataron muy mal, mucha gente ni se enteró de su visita. Cuando llegué al mostrador sólo le pedí al empleado que entendiera de quién se trataba. Al fin, le dejaron pasar sus cosas, nos saludamos y nunca tocamos el tema de nuestras partidas, no volvimos a vernos.
-¿Y tu victoria con Karpov?
-Lo anecdótico no fue solo el triunfo, que por sí fue importante porque me señala como el único argentino que vencí a un campeón mundial, mientras éste ostentaba el título (Najdorf, Panno, Ricardi y otros han vencido a campeones pero no en el momento en el que tenían el título) y, además, me dio el empuje para que dos años después me decidiera a viajar a Europa. Lo increíble sucedió tres noches después de ese triunfo. Yo estaba alojado en el hotel Hermitage en Mar del Plata, donde se jugaban las partidas. Recuerdo que me llamaron de la conserjería porque había llegado un sobre a mi nombre. Cuando lo abro me encuentro con un giro postal de u$s 400, y una pequeña nota que decía: "por haberle ganado a Karpov". Firmado Víktor Korchnoi. Yo no lo sabía, me enteré tiempo después, dado que estaban tan enemistados entre ellos, Korchnoi había decidido premiar a cada ajedrecista que venciera a Karpov con 400 dólares (risas). Dos años después nos cruzamos en un torneo y pude agradecerle tamaño gesto. Los dos nos reíamos mucho.
-Con los viajes y permanencia en Europa, te deben sobrar anécdotas…
-Hubo algo muy loco en Bruselas en 1985. Fue un torneo de 14 jugadores, entre los que estaban Korchnoi, Spassky, Susan Polgar, Van der Wiel, Sax y Nunn; yo finalicé 7°. Se jugó en diciembre y estábamos alojados en una cadena famosa de hoteles; el servicio incluía la habitación, almuerzo frío y cena caliente. Pero la Navidad nos agarró en el medio del certamen. Esa noche bajamos todos a cenar y nos dijeron que debíamos irnos a otro salón, donde sólo nos sirvieron ensaladas. Yo creo que para el hotel era importante el espacio que nosotros ocupábamos y prefirieron dejar el lugar para más turistas que dejan mejores propinas. Así que volví a mi habitación, agarré la invitación y me fui a hablar con el encargado, señalándole que tenían la obligación de una comida caliente al día. El hombre se vio sorprendido por el reclamo y sólo me dijo, ¿cómo lo solucionamos? Mañana queremos comer dos comidas calientes, le respondí. Cuando bajé al mediodía estaban los jugadores extrañados. Spassky me preguntó qué había pasado y le conté de mi reclamo.
-¿Y cómo reaccionó?
-Me dijo "lo felicito, usted ganó". Yo me formé en la Unión Soviética, y ahí no se protesta por nada; así me acostumbré a no reclamar nunca nada. Menos mal que usted nos defiende, porque antes estaba Fischer y ahora ya no nos queda nadie (risas). Después fueron viniendo de a uno, cada uno de los jugadores saludándome y felicitándome por mi acción.

-Bueno, te salto a tu profesión de abogado. ¿Al fin actuaste como tal?
-Sí, trabajé alrededor de seis años pero no pude manejar ese tipo de stress. Entonces decidí volver al ajedrez, que tiene otro tipo de stress, pero que sin embargo lo sobrellevo bastante bien.
-Pero así es muy difícil armar una familia
-Sí, es complicado, demasiados viajes, una vida muy irregular o al menos es el estilo de vida que me tocó. Nunca me casé pero tengo un hijo nacido en Alemania que vive acá hace muchos años y trabaja como profesor del idioma alemán. También está mi mamá a quien no descuido; viajo menos y vuelvo más rápido. Ella está muy pendiente de mi carrera. Está al tanto hasta del último torneo que gané.
-¿Y qué sabor te dejó esta victoria en Buenos Aires?
-Muy lindo; una gran satisfacción. El título del torneo de la Legislatura significó dejar mi nombre por primera vez en un torneo importante en esta ciudad. Aunque es cierto que no participé en muchos, nunca antes había ganado un certamen así, con tantos jugadores.

-¿Qué nuevo desafío hay en lo inmediato?
-En breve viajo a Italia para firmar mi contrato de continuidad como Comisario Técnico del ajedrez femenino italiano. Una especie de coach del seleccionado. Son vínculos de dos años, ya estuve en 2008 en la olimpíada de Dresde donde logramos la mejor marca de la historia con un 12° puesto entre 140 equipos. En 2018 no nos fue tan bien en Batumi, pero ahora estamos pensando en el trabajo para la Olimpíada en Khanty Mansiysk (Siberia) en 2020.
El mejor ajedrecista platense de la historia, el hombre que habla cuatro idiomas (castellano, italiano, inglés y alemán) e inició pelea con el francés y el griego, lleva más de medio siglo dedicado al ajedrez. Arrastró su pasión como jugador, docente (se inició en el Jockey Club de La Plata), entrenador (en Argentina, Brasil, Bolivia e Italia), Escritor ("A jugar ya", editorial La Casa del Ajedrez, España) y dirigente (presidente de zona Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile de la FIDE).
-¿En tantos años cuántos historias de amor y espanto, no?
-Y sí…, el ajedrez tiene mucho de eso; se sienten muchas cosas. Este juego duele. Porque cuando ganas estás dulce, y todo te sale bien. Pero también sé lo que es salir último. Y hay que subir al escenario y poner la cara al momento de la mención. Por eso, lo mejor es no ser demasiado alegre, ni tan triste.
Carlos García Palermo el nuevo rey de Buenos Aires, vive su romance ajedrecístico como una lucha borgeana entre el amor y el espanto. Acaso, será por ello, que lo quiere tanto.