El chileno Julio Bascuñán tuvo mucho que ver en la confusión y polémica de los últimos minutos de la primera final entre Gremio y Lanús. Todo empezó cuando el cronómetro entraba en el tercer minuto de descuento: Jael, jugador local, intentó girar para desbordar por derecha y Diego Braghieri, de interesante actuación en Porto Alegre, se lo llevó puesto. El juez sancionó la falta, pero no amonestó. El tema fue que, después de las protestas, y de un diálogo con uno de sus asistentes (¿participó el VAR de la decisión?), Bascuñán terminó amonestando al marcador central del Granate que, por acumulación de amarillas, se perderá el duelo definitorio, que se jugará en La Fortaleza el próximo miércoles.

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Como agravante, cuando advirtió que por el golpe Braghieri no había sido penado en un principio, el técnico Jorge Almirón había intentado apurar el cambio para evitar la pena. No llegó a tiempo. Dicha actitud dubitativa del árbitro, ese ida y vuelta generó un primer conato de gresca: empujones, protestas, incluso algunas agresiones verbales entre bancos de suplentes, que se disiparon cuando el local se dispuso a patear el tiro libre.

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Pero la temperatura no bajó. Porque la pelota cayó en el área, Andrada salió con los puños pero, detrás de su plano, se vio perfectamente como el propio Jael intentaba saltar a cabecear y el "Bicho" Nicolás Aguirre no intentaba jugar el balón y sólo se colaba en la jugada para desestabilizarlo. Una acción con un penal no sancionado que determinó el final del partido, pero no de las turbulencias.

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Otra vez los dos planteles rodearon a Bascuñán, empellones, protestas vehementes de los dos lados. El argentino Walter Kannemann, defensor de Gremio, era uno de los más exaltados: en la primera etapa también había visto la amarilla y no podrá jugar la revancha. Así, la primera final bajó el telón con polémica. Y el árbitro tuvo buena porción de la culpa.

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