
Ricardo Pavoni hace más de cuatro décadas que ya no entra a la cancha caminando lento, a paso firme, para llegar al centro del campo y levantar los brazos mirando al público como señal inequívoca de que allí está Independiente. No hay un estadio repleto ni algún partido de Libertadores por delante, pero sí está nuevamente transitando el césped para demostrar que allí está Independiente. Lleva sus brazos al aire mirando al frente, luego gira a la derecha, a la izquierda y termina sobre sus espaldas.
Del otro lado un aprendiz. Una especie de simbiosis. Un lateral izquierdo de pierna fuerte que se calza la cinta como él hace 40 años. Nicolás Tagliafico mira fijo, escucha y aprende. No es un sueño alocado de algún hincha, es la escena real en Villa Domínico en la que el Chivo le transmite en detalle el mítico saludo que caracterizó al Rojo en la época de gloria, para que luego se reproduzca en la próxima cita.
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"Estoy convencido que es parte de la identidad del club este saludo". Pavoni no duda, no tambalea desde el otro lado del teléfono. El mítico saludo con el capitán al frente y el equipo detrás en una fila exacta levantando los brazos para los cuatro sectores del estadio que fue un ícono de los 60 y los 70 se reeditó. Es un detalle que podría ser imperceptible pero que es parte de los cimientos que construyeron la época más gloriosa de Independiente.
La muerte de Pipo Ferreiro, pieza angular del Rojo más exitoso, sacó del arcón de los recuerdos este gesto: el equipo entra caminando lentamente hasta la mitad del campo y allí se posiciona para realizar el saludo. Pasó el duelo con Arsenal en Sarandí en el que se usó como homenaje y la excepción se hizo costumbre: lo realizaron ante Estudiantes, Newell's y lo repetirán mañana en el clásico ante Racing.
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"Vos entrás a la cancha corriendo y la gente no tiene tiempo de vitorear. En cambio cuando entrás caminando gozás de todo lo que es el aplauso de tu equipo y le demostrás al contrario la personalidad del equipo. Soy un convencido de eso porque estuve 12 años así", le explica Pavoni a Infobae, ganador de 12 títulos con el club y que fue citado especialmente por Ariel Holan para que cuente ante el plantel la génesis de este gesto tan representativo para la institución de Avellaneda.
La parte más firme de la historia cuenta que todo comenzó en los albores de 1960 de la mano de Chivita Maldonado como señal de protesta por las despiadadas críticas de la prensa hacia el equipo. Las manos arriba para saludar a la gente y demostrar que estaban limpias. Nada para esconder. La protesta se volvió un mito. Una porción de historia que hoy vuelve para empujar a un club que ya besó la lona e intenta resurgir.
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"La memoria es importante en la vida de las personas. Independiente en los 70 era más respetado que la selección argentina. Por ende, toda esa etapa de gloria tuvo muchos mitos fundantes y el saludo era parte de esa identificación con esa gloria", argumenta Holan ante la consulta de este medio.
Tras mirarse al espejo y ver las ruinas del olvido en las últimas décadas, el camino de reconstrucción del club parece estar marcado. Un estadio terminado –que no por casualidad es llamado Libertadores de América–, es acompañado por la estratégica aparición de detalles que son característicos de la institución que supo apropiarse del mote de Rey de Copas.
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No es sólo un ademán. Es el sinónimo de un conjunto de valores que supieron representar los de Avellaneda: "Cuando levantaban los brazos significaba acercar el equipo a la eternidad –dice Holan–, mostrar que teníamos valores. Las manos en alto era tener las manos limpias, que se dieran cuenta que el que estaba adentro de la cancha era Independiente, el gran campeón".

"Me parece un gesto inteligente. A mí me emocionó y me parece que sirve para unir al público con los jugadores; más después de los últimos años", explica el periodista y escritor Fernando Soriano, que en su libro Será siempre Independiente plantea una vuelta de tuerca del origen de este acto en la voz del histórico Pepé Santoro.
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"Es algo que se le ocurrió al profesor González García, que nos hacía creer que éramos invulnerables. Los brazos en alto eran un símbolo ganador. Nos despertaba con el Himno de Independiente y nos rompía los oídos con esa melodía de la pierna fuerte y templada", transmite allí el histórico arquero que luego se erigió como formador y bombero de los tiempos tumultuosos.
A paso firme, con la frente en alto, el actual capitán Nicolás Tagliafico lidera la marcha del equipo desde el túnel hasta la mitad del campo. El estadio se viene abajo. El público saborea calores del pasado que abrazan al presente para que los tropezones recientes no muten de falsas percepciones a sentimientos asentados en las generaciones novatas.
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"Nos pareció bueno recuperar un poquito la mística. Lo sentimos en la gente, que le gustó. A muchos los emocionó. La otra vez de local lo hicimos y fue muy fuerte el grito de la gente, las ganas que tenían de volver a verlo", subraya Tagliafico, que se ganó el brazalete de capitán desde el arribo de Holan y le hace honor al premio con un sacrificio en cada encuentro que desgarra las palmas de los fanáticos.
"Ojalá que quede de por vida el saludo". El encargado de cerrar el círculo de la explicación es el Chivo Pavoni con un deseo que le brota de los poros. Él, como pocos, sabe lo que es construir una mística ganadora y ya se puso al frente para ser el motor en este nuevo ciclo.
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