El trabajo que lleva a cabo Daniel en la lavandería es muy prolijo y meticuloso. Foto: Fernando Calzada.
El trabajo que lleva a cabo Daniel en la lavandería es muy prolijo y meticuloso. Foto: Fernando Calzada.

Son las siete de la mañana. Es verano y en la provincia de Buenos Aires el clima está un poco más húmedo y asfixiante que de costumbre. En Morón, en el punto exacto en el que se cruzan las transitadas Eva Perón e Yrigoyen, está el Cementerio Municipal de Morón. La muerte no se toma vacaciones y los trabajadores del lugar lo saben bien. A las siete y media arrancan las exhumaciones. Los “servicios”, como les dicen. Acá adentro, varias cosas llevan otro nombre. “Todo suena menos ‘chocante’ y nos hace los días un poco más llevaderos”, dice Dani, el experimentado jefe de campo.

Este hombre canoso, de voz y piel curtidas, lleva 26 años en el cementerio y lo primero que pide es que no le saquen fotos. Acepta ofrecerse como guía, pero escapa de los disparos de la cámara, casi como si existiera la chance de que le fuera a robar el alma. Dani muestra un pilón de papeles que llevan el sello del municipio y una firma. Con la mirada fija comenta que, sin las órdenes escritas, nada se mueve de su lugar. No es la primera ni la última vez que lo repetirá a lo largo del recorrido. Una suerte de ayuda memoria inconsciente.

Minutos más tarde, junto a una cuadrilla de jóvenes, van exhumar un cuerpo. Mientras ellos llevan adelante su labor, un grupo de familiares mira la escena y llora. Una mujer lo hace con más congoja que el resto. El sepulturero cava con precisión. Se muestra imperturbable, mientras el sudor le recorre la cara, producto de la combinación del calor y el esfuerzo físico. Acto seguido, suben los huesos a un tipo especial de carreta. La siguiente parada será la lavandería.

El jefe de campo afirma que hay varias tumbas abandonadas en el predio y que muchas personas no se presentan a buscar los restos. Foto: Fernando Calzada.
El jefe de campo afirma que hay varias tumbas abandonadas en el predio y que muchas personas no se presentan a buscar los restos. Foto: Fernando Calzada.

–¿Cuántos años tenías cuando llegaste acá?

–Tenía cerca de 20 años. Era un pibito.

–¿Cuál fue la primera recomendación que te dieron?

–Fueron muchas. Me dijeron que tenga cuidado de no cortarme, que sea cuidadoso con el pico y la pala. También me recomendaron estar atento a las pérdidas de los ataúdes. Eso se te pega en la ropa y no lo sacás más. Te arruina la ropa para toda la vida.

Nunca en su vida imaginó trabajar acá. Antes de ser destinado al cementerio, trabajaba como chofer dentro de la municipalidad. Pero uno de sus jefes de aquellos años le sugirió, de forma poco amable, que su tiempo al volante había terminado y que lo que había para ofrecerle era esto o la nada. Para ese tiempo, tenía dos hijos chiquitos y no había mucho espacio para la imaginación o la suerte.

Dos jóvenes sepultureros llevan adelante una exhumación. Foto: Fernando Calzada.
Dos jóvenes sepultureros llevan adelante una exhumación. Foto: Fernando Calzada.

–¿Te acostumbraste a esto?

–Tenía dos criaturas y no me podía quedar en la calle. En ese entonces, en lo único en lo que pensaba era en ellos. Si hubiera estado solo, quizás nunca hubiera venido acá. No es un trabajo muy lindo este, es uno muy duro y encontrás de todo. He visto gente matarse acá en el cementerio.

Daniel hace silencio y señala una galería llena de nichos. Dice que, desde ahí, varios saltaron al vacío. Mueve la mano, señala los baños y cuenta que hubo otros que ahí sentenciaron su propio final. Deja de recordar y sigue con la recorrida. Es uno de los cinco que entró al cementerio allá por 1993, años en los que Rousselot era el mandamás de estas tierras, y que aún hoy sigue en pie. De ese grupo de ingresantes solo quedaron dos, él y otro muchacho con el que no solo comparte gremio sino también nombre: Daniel Herrera.

Herrera es inmenso. Casi no tiene cuello y, si alguien lo viera de lejos, seguramente no dudaría ni un segundo en cruzarse de vereda. Sin embargo, tiene la mirada amable y la sonrisa pícara. Él trabaja en la lavandería. La habitación es pequeña y casi no hay espacio para nada ni nadie más. En la radio, suena el jingle de una marca de salsa de tomates que dice “...el aroma a pomarola, en la cocina”; sin embargo, acá no huele precisamente a eso. Mientras lava los huesos de alguien, este Daniel, cuenta que entró casi al mismo tiempo que su tocayo, el jefe de campo, y que desde el primer día le tocó una parada brava: la de ser sepulturero.

Las horas en este lugar se pasan entre entierros y exhumaciones. Foto: Fernando Calzada.
Las horas en este lugar se pasan entre entierros y exhumaciones. Foto: Fernando Calzada.

–Cuando te llegás acá, ¿cuál es el oficio por el que se suele arrancar?

–En mantenimiento. Es muy difícil que los nuevos arranquen cavando tumbas.

–¿A qué hora te presentaste ese día?

–A las 7 de la mañana.

–Y, ¿qué fue lo primero que te dijeron cuando llegas?

–Agarrá la pala y seguíme. (Risas)

–Te acordás lo que pensaste al final de ese día, ¿llegaste a decir “no vuelvo más”?

–Es que no había laburo y estaba complicada la cosa para dejarlo.

–Cuando volviste, a tu casa, ¿hablaste con tu mujer?

–Nada. Mi mujer me preguntó cómo me fue y nada más.

–Hoy, ¿hablan un poco más?

–No, ya no me da ni pelota. (Risas de nuevo)

Daniel lava los restos que, minutos antes, habían sido desenterrados. Lo hace con sumo cuidado. “A consciencia”, dice mientras toma en su cabeza el cráneo y lo deja impecable. Comenta que la labor que ahora lleva adelante es un poco menos desgastante, no implica tanto el físico. La espalda ya no duele tanto como antes. También dice que lo más difícil llega cuando esto mismo se tiene que realizar con niños: “Es bravo. Uno se va poniendo más grande y esos momentos pesan un poco más; tengo hijos y nietos, es imposible no aflojarse en esos casos”.

Daniel lava los restos que, minutos antes, habían sido desenterrados. Lo hace con sumo cuidado. “A consciencia”, dice mientras toma en su cabeza el cráneo y lo deja impecable.

Herrera es un hombre de fe. Es cuidadoso con su trabajo y explica que nunca pierde vista el hecho de que su labor es la de manipular personas, o al menos, lo que fue su “envase” en esta vida. Hace un poco de memoria y recuerda haber sepultado a amigos, familiares y conocidos.

–¿Este trabajo te sirvió para replantearte la vida?

–Sí. Es más, yo voy a una iglesia, y ahí es en donde entendemos que el alma es eso que perdura por siempre, es inmortal. Está el que cree y el que no. Pero algo es seguro, esto nos va a tocar a todos, vamos a pasar a otro plano.

–¿Te pasó de enterrar a alguien, conocerlo, y que vos supieras que no era tan buena persona como decían alrededor?

–Mirá, acá son todos buenos cuando se mueren. Vos siempre escuchás, “era de bueno” y resulta que era tremendo hijo de puta (risas). Por eso, a veces, no veo la hora de pasar a “ser bueno”.

Ser sepulturero es una labor demasiado dura. Foto: Fernando Calzada.
Ser sepulturero es una labor demasiado dura. Foto: Fernando Calzada.

Memorias incómodas

El jefe de campo, Daniel, vuelve a aparecer. Tenía que hacer algo del papeleo de rutina. La recorrida sigue. Las dieciséis hectáreas de extensión del predio por momentos parecen inmensas. La sensación es que esas cinco cuadras de ancho por cuatro de largo están completamente minadas. A la izquierda, a la derecha, por el frente y por detrás, cruces, bóvedas y nichos inundan el paisaje. Entre medio, también brotan decenas de flores, camisetas y banderas de fútbol, artesanías con la inscripción de alguna letra de los redondos y botellas de bebidas espirituosas populares. Ofrendas que buscan hacer sentir a los muertos que todavía hay quienes los recuerdan a ellos y a sus gustos.

–Se te nota un tipo muy duro, pero ¿alguna vez se te aflojaron las piernas por hacer este trabajo?

–Obvio. Al principio, es como todo, pero después te vas haciendo. A mí, me costó mucho sepultar a un bebé. Cuando era sepulturero, años atrás, me costó un montón. La mamá no quería largar el cajoncito y yo no pude hacer otra cosa que llorar con la mamá.

–Eso fue muy fuerte...

–¿Qué te parece?

“Es bravo. Uno se va poniendo más grande y hay momentos que pesan un poco más, tengo hijos y nietos, es imposible no aflojarse algunos esos casos”.

El silencio ahora es bastante profundo. Como si se hubiera arrepentido de haber recordado aquello, pero parece reponerse rápido y sigue oficiando como guía particular del lugar. Entre las curiosidades está la bóveda de unos gitanos que, ya desde el vamos, es distinta al resto por dos motivos: primero, parece construida con piedra y, segundo, porque detrás de las cortinas se pueden ver dos cajones atados con gruesas cadenas de aleación.

–¿Te cambió la idea que tenías de la muerte, o siempre pensaste lo mismo acerca de ese tema?

–Ahora, todo se me hace tan común que…(piensa). Hoy, ya es un trabajo normal para mí. Antes sí, que se yo, capaz que me daba un poco más de miedo el tema pero, empiezan a pasar los años y ves tantas cosas que todo empieza a tornarse un poco más “común”. Hay cientos de tumbas abandonadas. Algunos, ni siquiera vienen a buscar los restos.

–¿Y por qué pensás que eso es así?

–Es que, hoy por hoy, la gente se desliga más fácilmente de las cosas. Si falleció alguien, ya está.

La sensación es que esas cinco cuadras de ancho por cuatro de largo están completamente minadas. A la izquierda, a la derecha, por el frente, y por detrás, cruces, bóvedas y nichos inundan el paisaje.

Ahora es el momento de comenzar a dar la segunda vuelta al predio. Suena el teléfono. Está por llegar un servicio. Los chicos de la cuadrilla se alistan y quedan listos para ir a hacer el trabajo. El jefe de campo empieza a dar instrucciones precisas a su tropa y pone toda su atención en el trabajo. Parece que hoy no habrá tiempo para el almuerzo. O lo habrá más tarde, porque nunca se sabe cuándo hay que poner manos a la obra. Es que, después de un día en el cementerio, queda claro que la muerte nunca no se toma vacaciones.

*La crónica completa en la próxima revista DEF 131.

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