
El 10 de mayo de 1975 no hubo sol para la poesía en San Salvador. En una casa de seguridad de la que hoy se discute su ubicación exacta unos dicen que en el barrio Santa Anita, otros que en las cercanías del Cerro de El Zapote, el tiempo se detuvo para el hombre que mejor había sabido narrar el alma de los salvadoreños.
Aquel día, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la organización a la que Roque Dalton había entregado su inteligencia y sus últimos años, decidió que su pensamiento crítico era más peligroso que las balas del enemigo.
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Roque no murió en un combate contra la dictadura. Murió en el silencio de una ejecución interna, víctima de la paranoia ideológica y la miopía política de sus propios compañeros de armas. Pero su muerte fue solo el inicio de un misterio que, más de medio siglo después, sigue sin ofrecer un lugar donde depositar una flor.
Días antes del disparo final, Roque había sido sometido a un “juicio”. Sus captores lo acusaron de ser un agente doble: espía de la CIA y de la inteligencia cubana al mismo tiempo.
Una contradicción lógica que solo podía sostenerse bajo el delirio de la guerra. El poeta, acostumbrado a los tribunales de la dictadura y a las fugas milagrosas, se encontró esta vez ante jueces que hablaban su mismo lenguaje revolucionario pero con un acento de muerte.
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No hubo defensa posible. El hombre que había sobrevivido a dos sentencias de muerte del Estado y a terremotos que derribaron las paredes de su celda, fue asesinado junto al obrero Armando Arteaga, “Pancho”. Tenía 39 años y una obra literaria que apenas comenzaba a sacudir al continente. Tras el estruendo de los disparos, comenzó la segunda fase del crimen: la desaparición.
El Playón: El cementerio de lava y olvido
Según relatos de exmiembros de la organización que han goteado a través de las décadas, los cuerpos de Dalton y Arteaga fueron trasladados hacia la zona conocida como El Playón, un desierto de ceniza y roca volcánica formado por las erupciones del Volcán de San Salvador.
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El Playón es un lugar hostil, un paisaje lunar donde la vida lucha por brotar entre la piedra negra. Durante los años de la guerra civil, este sitio se convirtió en un vertedero de cadáveres.
La ironía histórica es amarga: la facción militarista de la guerrilla utilizó el mismo método de los verdugos estatales para deshacerse de su poeta más brillante.
Se dice que el cuerpo de Roque fue dejado a la intemperie, a merced de los elementos. El resultado ha sido el mismo por 51 años: el silencio total. El Salvador sigue ocultando los huesos de su hijo más rebelde.
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Para Juan José y Jorge Dalton, hijos del poeta, y para su viuda Aída Cañas, el paso del tiempo no ha sido olvido, sino una acumulación de preguntas sin respuesta. La familia Dalton ha recorrido tribunales nacionales e internacionales-
“No buscamos venganza, buscamos la verdad”, han repetido en innumerables ocasiones. La demanda de la familia es una exigencia de humanidad básica: saber dónde están los restos para cerrar un ciclo de dolor que ha marcado a tres generaciones.
A pesar de que los involucrados han admitido el crimen en entrevistas y documentales, el paradero exacto de Roque sigue siendo un secreto guardado bajo llave.
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En 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) admitió una denuncia contra el Estado salvadoreño por la falta de investigación en el asesinato y desaparición de Roque Dalton. A la fecha, la deuda con la verdad sigue pendiente.
El cuerpo ausente, la palabra presente
Al no tener una tumba física, Dalton se volvió omnipresente. Está en los murales de la Universidad de El Salvador, en las canciones populares y en el orgullo de un pueblo que se reconoce en su “Poema de Amor”.
Sin embargo, la falta de sus restos sigue siendo el recordatorio más crudo de la impunidad que impera en el país. El Playón sigue ahí, mudo, guardando quizás el secreto de una mandíbula que no paró de reír o de unas manos que no dejaron de escribir.
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Cada 14 de mayo, en su cumpleaños, El Salvador se hace la misma pregunta. Mientras no haya una respuesta, mientras no aparezcan esos restos, Dalton seguirá siendo el fantasma más ruidoso de la historia del país. Un poeta que no necesita tierra para descansar, pero cuya familia necesita encontrar para, finalmente, empezar a sanar.
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