
Transitando el centenario de la Reforma Universitaria, se multiplican los homenajes sobre los acontecimientos que, en clave de rebelión estudiantil, conmovieron la apacible vida de la gran aldea cordobesa en los albores del siglo pasado y que hoy se proyectan con una fuerza incontenible por todo el país y más allá de sus fronteras.
Los claustros universitarios –por entonces oscuros refugios de minorías ancladas en la tradición familiar y el privilegio clasista– fueron arrasados por el vendaval de las ideas libertarias y humanistas de un puñado de jóvenes decididos a retomar la senda revolucionaria del Mayo de 1810 contra sus detractores.
Las banderas reformistas de la autonomía, la libertad de cátedra, los concursos docentes y el cogobierno constituían los cimientos de una nueva universidad dispuesta, a partir de allí, a convertirse en un ámbito de excelencia académica incuestionable y a abrir definitivamente sus puertas a los sectores populares desnudos de oportunidades en la dinámica social, asumiendo un profundo compromiso con el destino latinoamericano.
El espíritu del movimiento, afirmaba Deodoro Roca, con la claridad y la pasión que lo destacaban entre sus máximos referentes, se edificaría en la "soberanía de los estudiantes", convocados por primera vez a elegir a sus maestros, quienes únicamente podrían ser "los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien".
Bajo la impronta reformista, las universidades argentinas se convirtieron en baluartes del desarrollo institucional del país y ocuparon un sitio preferencial en la elaboración de sus políticas estratégicas. Fue la consecuencia de los desafíos asumidos por sus profesores y estudiantes en la comprensión integral de la realidad que los aquejaba, previo a transformarla.

Por eso, así como el historiador Eric Hobsbawm calificaba de "siglo corto" al que abandonamos hace ya casi dos décadas, por entender que realmente había comenzado con el advenimiento de la primera de las guerras mundiales, también puede recurrirse a su original planteo para sostener que, en materia universitaria, nuestro país también tuvo el suyo, y encontró en la Reforma su hito inicial insoslayable.
Pese a la defensa y promoción de sus postulados por parte de los gobiernos radicales, el Partido Socialista –y demás sectores progresistas del arco político nacional–, lamentablemente, sufriría al poco tiempo los duros embates de los autoritarios de turno, que habrían de aniquilar la autonomía de las universidades para convertirlas en meras cajas de resonancia de la ideología del régimen que integraban.
Fueron períodos aciagos para la universidad argentina, otrora escenario del pluralismo, la investigación científica y la responsabilidad social, convertida entonces nuevamente en un espacio sin visiones encontradas, integrada solo por profesores alineados con el gobierno, y subordinada a sus conveniencias coyunturales en sintonía con las corrientes antiliberales en expansión por Europa. En un contexto de aguda y generalizada fragmentación política y social en el que se hallaba la Argentina al promediar el siglo XX, la férrea resistencia de sus históricos dirigentes y de las nuevas generaciones estudiantiles imbuidas de su ideario permitió que la Reforma lograra reconducir, aun con discrepancias y replanteos, el destino de la educación superior.
Sucede que, precisamente, desde los cuestionamientos lanzados por los adversarios de su valioso legado, se pueden extraer quizá algunos de sus más importantes aportes, enlazados con la tolerancia en el disenso y la inquebrantable voluntad de abrazar un amplio proyecto de nación, superador de los naturales matices de quienes confluyen en su diseño.

Como adolescente, en un acto llevado a cabo en la Universidad Nacional de Córdoba con motivo de la celebración de un nuevo aniversario de su estallido, tuve la oportunidad de comprender la trascendencia y el arraigo de sus principios en palabras de uno de sus tantos protagonistas, Jorge Orgaz, mi abuelo, rector de la Universidad. Luego de pronunciar su conferencia, comenzó a responder las distintas preguntas del público, y fue una de ellas la que le despertó un gesto amable y una mirada cálida, que le impidió disimular la emoción que lo embargaba, tal vez, la nostalgia de épocas de antaño guiadas por utopías juveniles aún latentes.
Aquel hombre que interpelaba a mi abuelo recordó que en su época de estudiante universitario había militado activamente en un espacio opositor al reformismo y que, en el pasado, en una situación pública similar, ya lo había interpelado en duros términos. En aquel momento, mi abuelo –por entonces rector de la universidad–, le había respondido: "Sus críticas, como las de cualquier estudiante, son música en mis oídos, nunca son un agravio", e inmediatamente le preguntó: "¿Sabe por qué?". La respuesta, titubeante ante una situación impensada, fue un tenue "no". Y la conclusión a la que arribó el rector, evocada casi de memoria por su sorprendido adversario, fue: "Todo el que lucha por una mejor universidad es reformista. Por ende, todos somos reformistas"El desafío que se le presenta hoy a la comunidad universitaria en su conjunto es, por un lado, continuar la tarea inaugurada por aquellos jóvenes que desafiaron la matriz conservadora de una universidad que le daba la espalda a la sociedad a la que debía servir y, por otro lado, extender sobre ella su capacidad de cambio constante. Sin duda, continuarán las discrepancias acerca del alcance del patrimonio político de la Reforma, pero a diferencia de otras tantas y estériles experiencias de desencuentros extremos, hemos aprendido a encauzarlas en un entorno de unión y convivencia democrática.
Será por eso por lo que, a cien años de la Reforma, casi todos los universitarios se declaran sus herederos y reconocen su irremplazable aporte en la construcción de un futuro sustentable para nuestro país. ¿Oportunismo funcional a esta importante celebración? No, por el contrario, el resultado del triunfo de sus postulados.
Ocurre que, en el fondo, por encima de las diferencias y aun sin darnos cuenta, todos somos reformistas.
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*La versión original de esta nota fue publicada en la revista DEF N. 121
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