
Bajo el gobierno de Recep Tayyip Erdogan, Turquía comenzó a posicionarse en torno a un contexto global cada vez más radicalizado y violento. DEF acudió a Ariel González Levaggi, director del Centro de Estudios Internacionales de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), para revelar las incógnitas sobre Ankara, la agenda de Erdogan y los desafíos que plantea la política interna para el futuro del país.
Después de un rol importante en la Primera Guerra Mundial del lado de las potencias centrales como el Imperio Otomano, los turcos sufrieron una transformación clave. Turquía dejó atrás la era imperial, se unió a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial y, culminado el conflicto, fue objeto de la Doctrina Truman, implementada desde 1947.
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Estados Unidos intervino para contrarrestar la expansión del comunismo en Europa del Este, lo que provocó que los turcos se unieran a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1952. La unión temprana a la alianza encabezada por EE. UU., Reino Unido y Francia implicó un alineamiento que perdura hasta la fecha, pese a los golpes de Estado en la segunda mitad del siglo XX y la inestabilidad política producto de estos.
Desde ese momento, la República de Turquía mantiene una postura prooccidente y es opositora a Rusia, posicionándose como un obstáculo para el Kremlin en el Cáucaso y en el mar Negro, aunque con matices. En opinión de Ariel González Levaggi, el mandato del presidente Recep Tayyip Erdogan, quien posee el poder político desde su llegada como primer ministro en 2003, busca una mayor influencia y una mayor proyección de Turquía en los asuntos internacionales, lo cual ocasiona una progresiva divergencia estratégica sin perder el rol de aliado, sobre todo como un muro de contención a las pretensiones rusas.
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El complejo vínculo con Rusia y China
Con Erdogan, el país mantiene una relación ambivalente con Rusia en el marco de la guerra en Ucrania y su posicionamiento dentro del bloque occidental. Por un lado, Rusia es el principal proveedor de gas natural y desempeña un rol importante en términos de exportaciones de crudo que Turquía necesita para su industria, además de la construcción de la primera central nuclear, así como la traza de gasoductos que evitan pasar por territorio europeo. Pero también hay muchas tensiones en torno a la creciente influencia turca sobre Azerbaiyán y el Cáucaso. El posicionamiento ambivalente respecto a la guerra en Ucrania y la membresía en la OTAN resultan temas sensibles para la agenda bilateral y territorial.
En el caso de China, Levaggi sostiene que los vínculos son menos fluidos. Si bien es uno de los principales socios económicos e integrante del top 3 de importadores, la relación bilateral es compleja debido a la crítica que se le hace, incluso desde sectores del gobierno turco, a China por la represión del Partido Comunista a la minoría uigur en el Sinkiang y por la falta de afinidad en términos de seguridad y defensa.
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El acercamiento con el mundo árabe
Al estar en Europa, la actual mala fama de la región de Medio Oriente parece no llegar a Turquía, pese a la histórica cercanía con el mundo árabe cuando era una potencial imperial. Cerca de la totalidad de los 85 millones de personas que residen en el país se identifican con el islamismo, pero esto no llegó al Estado, al menos con un protagonismo claro en el sistema político, como suele verse en otros países cercanos.
“A diferencia de países como Irán, Siria y Yemen, Turquía es un país laico, y más allá de que, en los últimos años, el islam ha pasado a primer plano en el ámbito público, todavía la constitución turca y las principales instituciones reflejan un poco el legado de lo que fue la constitución inicial del Estado turco, republicano y justamente laico, en la cual el Estado controla las principales expresiones religiosas mediante su oficina de asuntos religiosos”.
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González Levaggi señaló la promoción religiosa desde la fuerza de Erdogan, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, que impulsó la construcción de más de 20 mezquitas en el último tiempo, lo que implica un gesto a sectores más conservadores y religiosos en la vida pública. El presidente turco es una expresión de estos grupos, que están reunidos en la denominada elite verde, que ganó preponderancia en la expansión económica de Turquía en el Medio Oriente.
En los últimos años, el Estado turco volvió a dirigir su mirada hacia sus vecinos árabes. Recep Tayyip Erdogan proyectó su regreso a Medio Oriente con una carga de influencia. El símbolo de esta nueva etapa fue la participación en 2024 del Consejo de Ministros de la Liga Árabe por primera vez en 13 años y la reafirmación de su apoyo a la causa palestina en medio del conflicto en la Franja de Gaza, debido a su relación con el arco político de Hamás.
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Los activos de la gestión de Erdogan
Turquía fue criticada por sus no tan lejanas intervenciones militares en Siria, Libia y Somalia, pero sobre todo por los enfrentamientos armados por la población kurda en territorio sirio durante la dictadura de Bashar al-Assad, hasta su caída en diciembre de 2024.
Sin embargo, Ankara fue un garante de la paz en conflictos clave. Entre 2006 y 2007, fue mediador entre Siria e Israel y en dos ocasiones en la guerra en Ucrania, primero en la primavera de 2022 y, recientemente, en las negociaciones directas en junio de 2025. Según González Levaggi, la diplomacia turca se esfuerza por acotar la inestabilidad a nivel regional y Turquía es visto por la comunidad internacional como un país que tiene la posibilidad de mantener el diálogo con diferentes contrapartes que están enfrentadas en tracción.
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Esto fue un activo de las últimas gestiones exteriores del gobierno de Erdogan, que intentó evitar situaciones de ruptura y no imponer sanciones a países, en relación con otros métodos que utiliza Occidente en el caso de Rusia e Irán.
Internamente, Erdogan perdió las elecciones locales en 2024 y, pese a que el resultado preocuparía a cualquier mandatario del mundo, este escenario le fue favorable en el pasado. Las locales de 2020 también fueron adversas, luego se presentó a las presidenciales de 2023 y venció en segunda vuelta por un margen de dos millones de votos.
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“Al igual que en Rusia, el futuro político de Turquía va a depender de cuándo Erdogan se retira del poder y de si se retira eligiendo un sucesor o no. Mientras siga postulándose y tenga la salud para hacerlo, seguramente seguirá ganando las elecciones”, sostuvo González Levaggi.

Recep Tayyip Erdogan marcó un antes y un después. Se trata del líder político con la mayor cantidad de tiempo en el poder de la República de Turquía –incluso superó al fundador de la República, Mustafá Kemal Atatürk– y llevó adelante transformaciones muy profundas en términos culturales y económicos, así como en relación con la asertividad internacional de Turquía. Sin embargo, esas transformaciones han tenido un costo muy grande en términos de la salud democrática del país.
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De momento, parece improbable que el actual mandatario de Turquía, que tiene 71 años, abandone el poder por decisión propia y sin una derrota fuerte en las presidenciales en los comicios de 2028. La longevidad del político en el cargo de primer ministro y de presidente también le permitiría realizar una transición en la que asegure la futura gobernanza de su fuerza política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, y de esta forma, el curso del país que lleva adelante desde 2003.
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