Europa vive una de las crisis energéticas más dramáticas de los últimos 50 años. Se acercan los meses más fríos del año y la incertidumbre es total. Consciente de su fuerza como principal proveedor de gas de los países de la UE, Rusia usa el fantasma del corte de suministro como herramienta de presión para desestabilizar el continente y doblegar a sus gobiernos. “Por primera vez, tenemos que afrontar el tema de seguridad energética a nivel europeo”, aseguró la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Un fantasma que acecha
El corte de suministro, la rescisión de contratos con aquellos países que se niegan a satisfacer las nuevas condiciones impuestas por Rusia –el pago en rublos– y los manejos políticos del Kremlin han convertido al gas en una poderosa arma geopolítica. Moscú ya ha cerrado totalmente las válvulas de los gasoductos Yamal-Europa, que pasa por Bielorrusia y Polonia antes de llegar a Alemania, y Nord Stream I, que atraviesa el lecho del mar Báltico y conecta directamente con el territorio germano. La vía de tránsito de gas a través de Ucrania solo funciona al 30 % de su capacidad; y los únicos que están prácticamente al 100 % son el Turk Stream y el Blue Stream, a través del mar Negro.

“De prolongarse el conflicto en Ucrania más allá de este año, la UE no tendrá otra opción que prepararse para la desaparición del gas ruso en el futuro inmediato”, aseguró, en diálogo con DEF, el experto del Instituto Jacques Delors, Jean-Arnold Vinois. “Sin embargo –aclaró–, cada país enfrenta una situación distinta en cuanto a su dependencia de Rusia; con lo cual, para algunos de ellos, será más fácil que para otros liberarse de esas importaciones en el corto y mediano plazo”.
Bruselas ya lanzó una batería de medidas, que incluyen un plan de reducción de la demanda de gas, a fin de recortar el consumo total en la UE en un 15 % de aquí a marzo de 2023. La nueva directiva prevé que las instalaciones de almacenamiento subterráneo de gas de los países miembros estén cubiertas al 80 % de su capacidad antes del próximo 1º de noviembre. “La energía ahorrada en el verano será la energía disponible en el invierno”, sostienen desde la Comisión, al tiempo que defienden la adopción de estas medidas para “reducir tanto el riesgo como los costos para Europa en caso de perturbaciones adicionales o totales, reforzando su resiliencia energética”. En los próximos cuatro años, de 2023 a 2026, el objetivo es alcanzar el 90 % de almacenamiento.

Las alternativas al gas ruso
En lo inmediato, el Viejo Continente busca evitar la escasez de gas en los meses más duros del año. Para conseguirlo, además de medidas de reducción del consumo y de limitar la iluminación nocturna y de emblemáticos monumentos públicos, la UE se está moviendo con rapidez para conseguir fuentes alternativas de suministro. Noruega, en el norte; y Argelia y el gas que llega desde el mar Caspio a través de Turquía, en el sur, aparecen como las únicas opciones disponibles en materia de gasoductos.
Mientras tanto, ante la urgencia, la manera más rápida y eficaz de combatir el desabastecimiento es el gas natural licuado (GNL). Ahora bien, dada la tecnología empleada y en su licuefacción y traslado por barco y los vaivenes del mercado spot, el precio por pagar es significativamente más alto que el de los contratos a largo plazo que existían con Rusia. La capacidad de importación y almacenamiento de GNL de la UE en su conjunto oscila de 225.000 a 250.000 millones de metros cúbicos anuales, lo que debería ser suficiente para reemplazar el gas ruso. Pero la ecuación no es tan fácil: faltan interconexiones y no todos los socios de la UE cuentan con la misma capacidad de regasificación.

En ese contexto, España se erige como uno de los países con mayor capacidad de almacenamiento, habida cuenta de que posee seis plantas de regasificación. En cambio, Alemania, país más afectado por la crisis del gas ruso, trabaja contrarreloj para instalar cuatro terminales flotantes y lograr cierto margen de aquí a 2023. Mientras tanto, depende de las interconexiones con Bélgica, Francia y los Países Bajos. Por eso, en las últimas semanas, cobró también fuerza la posibilidad de una nueva conexión que permita transportar el gas desde España hasta territorio teutón, pero depende de terceros países para concretar una obra que Francia no ve con gran entusiasmo.
Los costos políticos
Un efecto colateral de esta escasez de gas es la disparada de los precios de la electricidad en el mercado mayorista europeo, que están atados a la cotización del gas en la Bolsa de Ámsterdam. El impacto de la imparable suba de las facturas de gas y de luz pone en jaque no solo a las familias, sino a importantes sectores industriales y comerciales de todo Europa. Los gobiernos han intentado “emparchar” la situación con subsidios a los sectores más golpeados por estas subas, mientras buscan a nivel europeo una posición común para poner un “techo” al precio del gas.

Estas medidas tardan en llegar y las reglas de la democracia son implacables. Muchas de las administraciones que están hoy en el poder temen el castigo de las urnas y que ganen cada vez más espacio los partidos euroescépticos, muchos de los cuales son partidarios del levantamiento de las sanciones contra Moscú. La lentitud de la maquinaria de Bruselas y la necesidad de respuestas urgentes comienzan a impacientar a la población, que se apresta a vivir uno de los inviernos más duros de su historia.
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