Argentina, 1985, plena primavera alfonsinista, los incipientes pétalos del pop y rock de Virus, Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada, Sumo y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, poco a poco comenzaban a marchitarse a la sombra de una floreciente escena dark nacional, matizada con un alto porcentaje de inflación mensual (los primeros seis meses promediaron el 25%), la trepidante deuda externa y el lanzamiento de un Plan Austral que buscaba capear el temporal económico que expulsaba más y más a los jóvenes de la época.
Dentro de ese marco de descontento generalizado, la semilla del postpunk (o afterpunk) nacional comenzaba a germinar cada vez más y hacía mella en un excéntrico veinteañero: Hernán Darwin Reyna quien le daría vida, junto a Javier Calamaro, el hermano menor de Andrés, a un grupo de culto que se camufló, entre la noche y el día, con dos álbumes tan disímiles como rupturistas, editados en 1986 y 1987, respectivamente. La banda, El Corte.
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Y para hacerle justicia -y honor- a su historia y legado, hoy se proyecta El camino contrario, un logrado documental de los periodistas Daniel Flores y Martín Wain que intentaron develar (y revelar) parte de ese universo que conjugó dualidad, vanguardia y tragedia. “De toda esa generación, es un grupo paradigmático y, personalmente, el que más me gusta”, se sincera Flores (co-director/co-guionista y al frente de la revista Rolling Stone, desde 2019) tampoco olvida otros espectros musicales como Los Pillos, Los Encargados, La Sobrecarga, Don Cornelio y la Zona, Los Corrosivos y demás portadores de sobretodos oscuros, rostros maquillados empalidecidos y raros peinados darks. “Pero la historia de Hernán le agregaba otra capa, con mucho potencial para un documental”, spoilea quien comenzó a escribir hace tres décadas en La Nación.
Él, de chico, se había comprado los dos discos de El Corte (el disco homónimo de 1986 y El camino contrario, editado un año después) en el Musimundo de Villa del Parque. “Los había escuchado antes porque iban al Tom Lupo Show (la sección del programa Submarino Amarillo, emitido por Radio del Plata) que seguía mucho y grababa los grupos raros que ponía”, rememora acerca de aquella banda que lo imantó para siempre.
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A este grupo le dedicó el segundo capítulo del libro Gente que no (Postpunks, darks y otros iconoclastas del under porteño en los 80), editado en 2009, que sirvió de disparador para el documental, ya que uno de esos “iconoclastas” era Darwin Reyna, un guitarrista, tecladista y cantante nacido el 17 de diciembre de 1963, en la ciudad de Buenos Aires, y cuya vida fue truncada 30 años después, en el invierno europeo de 1994, precisamente el 30 de enero, en las frías aguas del Mar Mediterráneo frente a las costas del municipio de Jávea, donde residía con su novia Sol Giner, en la provincia de Alicante, España.

“Siguiendo un poco el camino que él (Daniel) empezó, acompañándolo, porque me parecía que era una muy buena historia, empiezo a escuchar la banda a partir del capítulo de su libro. No conocía la historia de El Corte y menos la de Hernán Darwin Reyna”, se sincera Wain ante Infobae Cultura, en el piso 14 de una torre de Núñez, entre vinilos de época y fotos de archivo que despliega con meticulosidad sobre una amplia mesa de madera para la posterior sesión fotográfica que ilustra gran parte de esta nota.
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Flores y Wain estructuraron un documental de culto para los amantes de la música oscura de los años 80, pero, a gran escala, con un intenso trabajo de producción que arroparon y pulieron una y otra vez a lo largo de más de un lustro. “Si nosotros hubiéramos tenido los medios económicos y el empuje para resolver esto en seis meses, hubiera sido un problema, porque fue una investigación con rodaje, todo al mismo tiempo. Si esto lo hacíamos rápido, un montón de cosas que encontramos y logramos hoy no estarían”, sintetizó Flores.
Porque uno de los aspectos más relevantes del documental fue reunir –y reflejar in situ- a los músicos de El Corte, desperdigados por las ciudades de Buenos Aires, Nueva York y Barcelona. “Se encontraron entre ellos, grabaron y tocaron en vivo. El secreto fue que este documental se cocinó a fuego lento”, agregó Flores, también tecladista de Satélite Kingston y autor de libros como La manera correcta de gritar, Remeras de rock y Jamaica no existe.
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Juventud, divino tesoro
El documental comienza retratando a un jovencísimo Reyna en La Escuela del Sol, por entonces en la calle Ciudad de la Paz, en el barrio de Belgrano, la única institución educativa en donde Hernán encontró su lugar, ya que su conducta no era la mejor. Allí fue donde conoció a quien sería su gemelo musical, Javier Calamaro, como así también a Julián Benjamin y un por entonces ignoto Kevin Johansen, quien participó del rodaje. Este último describiría a su excompañero como “un tipo extraño, algo antisocial”. No sería el único.

Así las cosas, los cuatro jóvenes formaron Zaratustra, debutaron en vivo en aquel colegio con público de lujo: estaban Andrés Calamaro, Miguel Abuelo y Cachorro López entre los presentes, según investigó Flores para su libro de los 80. Pero luego de la disolución del grupo (Johansen y Benjamin formarían Instrucción Cívica), el tándem Calamaro-Reyna ensamblarían Frappé y editaron su primer vinilo (Frappé, 1985) vía Interdisc, el sello del reconocido Pelo Aprile, luego de las gestiones del Calamaro mayor.
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Pero el grupo duraría una angustiante exhalación y maduraba el origen de El Corte, vinculado a una excentricidad. Luego de leer una reseña negativa de un show de Frappé, en la Esquina del Sol, publicada en la revista Pelo y rubricada por un tal Federico Oldenburg, Reyna y Calamaro lo confrontaron. Pero, lejos de disgustarse, coincidieron con el punto de vista del crítico, le preguntaron si tocaba algún instrumento y así se sumó al grupo. Una apostilla: el reconocido saxofonista Sergio Rotman intervino en la búsqueda de músicos que terminó con la incorporación del bajista Pablo Martín, años después radicado en Nueva York y quien viajó a Buenos Aires para participar del rodaje del documental.

Y así tomaría forma la alineación clásica del grupo: Javier Calamaro, en guitarra, teclados, batería y voz; Hernán Darwin Reyna en guitarra, teclados y voz, Pablo Martín en bajo; Leonardo Ramella en batería y teclados y el citado Oldenburg, también en teclados. Cuarenta años después, y especialmente para El camino contrario, volverían a tocar un tema de El Corte, interpretando el hit “Fruto del mal”, perteneciente al segundo disco de la banda, pero con Ariel Minimal en las voces, Pablo Martín en guitarra, Calamaro en voz y los invitados Julius Solo (batería), Juan Martín Ferreyra (bajo), Leo Martínez (guitarra) y Maxi Iglesias (teclados).
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Novias, sol y un archivo de lujo
Los testimonios de exnovias de Darwin Reyna, como Nushi Muntaabski –de quien escapa en Buenos Aires por el consumo de cocaína- y Giselle Hlousek, con quien emigró hacia Alemania en 1988, además de la mencionada Sol Giner, ocuparon un rol primordial en el esqueleto del guión.

Esta última protagonizó uno de los momentos más emotivos del film: fue registrada en un bote semirrígido, frente a las grutas costeras valencianas, mientras contaba paso a paso como se desató la trágica tormenta invernal de 1994 que terminó con la vida de su exnovio, quien no sabía nadar y, por la ropa gruesa que usaba, sumado al violento oleaje, fue arrancado de la vida al caer de un bote de madera junto a su pareja y otros amigos.
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Por ello, ver a Hernán sonreír en el film, en la soleada España, significaba “un montón” para los realizadores. Y fue Giner quien abrió la llave de un cofre de recuerdos cerrado por mucho tiempo, con un material inédito de altísimo valor documental. “Eran videos caseros que Hernán le enviaba a su familia desde Europa, filmaciones hechas con una cámara Súper 8”, se entusiasma Flores al contar cómo salió la punta del ovillo de la cual tirar. Y Wain continuó dándole al carretel fílmico: “Ella fue su pareja en Madrid, tenía muy buen material que resultó la columna vertebral visual de la película. Parte del material ya lo teníamos en un VHS, pero cuando Sol nos habilita eso, dijimos: ´Ya está, acá hay una película, ya lo tenemos a él´.
Pero faltaba algo más para coronar la faena periodística: escucharlo, sin que intermedie la música. “Nos faltaba eso y, en algún punto, también entendimos que esa había sido su decisión, mandar los videos sin audio”, razona Wain a lo que su compañero de rodaje acató y acotó: “Eso nos llevaba a contar una parte de la historia porque nunca conseguimos la voz de Hernán, que no sea cantando”.
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Un guión silente y, a su vez, musical
Por ende, y ante esta sorpresa en cinta, la dupla de periodistas decidió no trabajar el documental sobre un guión cerrado, sino que la investigación fuera todo un proceso y que guíase a la cocción de la película. Sorprenderse paso a paso. “Los que conocieron al grupo sostienen que no les interesaba la fama para nada”, recuerda Wain.
Y así era: la segunda voz y guitarra de El Corte tocaba casi de espaldas a la gente, no le gustaba que lo aplaudan en escena y buscaba impedir que emitieran sus canciones en los programas radiales de la época o bien tener publicidad en medios gráficos, resumían varios de los entrevistados. “Si nosotros contábamos la película sin su voz, con todas las voces que lo pudieran testimoniar, viendo la huella que había dejado, era un montón”, sintetiza Wain.

—O sea que hicieron el camino contrario, como reza el título del disco y documental, armaron la película a partir de los últimos momentos de Hernán, de atrás para adelante...
—Daniel Flores: Sí, fue así, quizás porque la historia desde la parte musical la teníamos ya en el libro y era un poco más pública. Había algunos artículos publicados en revistas de rock de los 80 sobre El Corte, pero no semblanzas ni perfiles de Hernán Darwin Reyna en ningún lado. Eso había que ir a buscarlo. Y ahí la familia era muy importante.
—Martín Wain: Siempre supimos que el tema archivo era un problema porque no teníamos material de la banda tocando y eso era un problema importante, un obstáculo.

—Flores: Aparte, cuando armás algo sobre una banda que la mayoría de gente no conoce, es complicado explicarlo, tenés que contarlo de una manera sin un montón de características y singularidades que tienen para sus fans. Y cuando posee pocos seguidores, es aún más difícil. La historia de Hernán hacía que tuvieras siempre algo de donde agarrarte para que generara expectativa. La dificultad era contar la historia de él, en simultáneo, con la historia de la banda para que sea una sola película, y no dos. Que la historia de Hernán no dejara afuera la de El Corte y viceversa. A partir de ahí dijimos: “Bueno, el gran laburo acá es cómo combinarlo a nivel narrativo, cómo funciona”.
Errante, familiero y dual
Hernán no poseía muchas pertenencias, era un alma bohemia: vivía un poco en lo de la madre, otro en lo del padre, siempre en lo de los amigos. Y también con una de sus tres hermanas, Mariela (las otras eran Florencia y Virginia), una de las piezas familiares más confidentes del documental.
La madre vivía en un departamento de la calle Quintana y Junín, pleno Recoleta y, el padre, en Adrogué, él pianista de jazz, comerciante y corredor de autos, con quien Hernán tenía una relación difícil. “La mamá tenía tres laburos para mantener, desde muy joven, a cuatro hijos. Era una familia con cierto nivel social, pero no así en lo económico: Hernán no tenía un mango”, recuerda Wain, desmitificando el buen pasar del músico.

Pero esas dificultades familiares de dinero poco le importaba a la facción de público que les gritaba “chetos, millonarios” durante una presentación de El Corte, en el Teatro Santa María, junto a Los Pillos, otra banda contemporánea cuyo líder (el baterista y fundador Pablo Esau, junto con su novia Mónica Vidal, cantante del grupo Antihéroes) también sufrieron un prematuro final de su vida en febrero de 1990, luego de desaparecer en plena selva boliviana por un trágico accidente aéreo.
Con respecto a la madre, a quien entrevistaron, ¿habrá mostrado cierta reticencia con respecto al documental y recordar a un hijo fallecido? “No fue fácil llegar porque, en ese momento, ella estaba en Mar de las Pampas (hoy radica en Córdoba) y, a través de una amiga mía que vivía cerca, hizo de nexo. Me le aparecí en la casa, charlamos y así se dio. Pero fue ese momento, una sola vez, no hubo ni un antes ni un después”, sintetiza Wain.
Aquel único encuentro con Kuky Rossi sirvió para desempolvar otros tesoros del legado Darwin Reyna: cartas manuscritas que su hijo le mandaba desde Europa. “Ella nos dijo que no había leído esas cartas por 30 años. Ese encuentro fue un poco: ´bueno, vamos a hablar de algo que nunca quise hablar´. Pasó eso”, resume el guionista.
Ecos de la ansiedad, ida y vuelta
Otro de los momentos top del documental, más allá de la exhaustiva pesquisa para reconstruir la identidad visual de El Corte y de Hernán Darwin Reyna, fue haber rodado -durante 2021, plena pandemia latente- en la misma locación en donde se registró el álbum debut del grupo y el videoclip del tema “Ansia negra”.
Pero esto no fue en un mítico estudio de grabación, casa familiar o sala de ensayo derruida. No, el álbum homónimo se plasmó en directo, cuatro décadas atrás, con un sonido cavernoso y crudo en solo 20 horas. ¿El excéntrico lugar? Un galpón-depósito abandonado situado en Villa Devoto y perteneciente a lo que era Obras Sanitarias de la Nación, actual AYSA. Un fiel homenaje al fabril, frío e industrial comienzo de la película El ansia (The Hunger, 1983) ineludible referencia cinematográfica de la oleada dark británica, con los mismísimos Bauhaus ejecutando el grito seminal del género gótico (“Bela Lugosi´s Dead”), durante los créditos iniciales de aquel recordado film que conjugaba terror, misterio, drama y fantasía.
“Teníamos el permiso para filmar y fuimos entrando, de a poco al lugar, hasta que, en un momento, Javier Calamaro -que estaba muy entusiasmado por volver a aquella locación en donde grabó y rodó el videoclip- dirigido por Jorge Caterbona, se mandó hasta el fondo y ya no lo podían parar (risas). Por otro lado, la dirección de la ingeniería de sonido, a cargo de Mario Breuer, aprovechó al máximo la acústica del lugar para incorporar ruidos ambientales a la grabación”, recuerda Wain sobre algunos momentos de cierta incomodidad por la presencia de operarios y curiosos durante el rodaje del documental.

—Hicieron una película de una banda local semidesconocida y que dejó de existir hace casi 40 años, ¿cómo fue la recepción del público joven y de la gente contemporánea a El Corte?
—Flores: Pasó algo muy gracioso y significativo durante el último BAFICI, festival en donde se estrenó el film. Al final de una de las proyecciones, durante las preguntas y respuestas a los realizadores, un chico -que tendría unos veintipico de años- contó que trabajaba para este ciclo de cine, nos dijo que él era el que ponía en punta las películas antes de proyectarlas, preparaba, chequeaba que estuviera todo bien y miraba un par de minutos de cada film. Nos confesó que se quedó viéndola y además estuvo en otra función. Después hicimos una fiesta por el estreno, donde tocaron varios de los músicos de El Corte en el bar Strummer…. y fue este muchacho con una amiga que ¡tenía puesta una remera de Hernán Reyna que se mandó a hacer! Nunca vi una de él.
—Es muy fuerte eso…
—Flores: Sí, también, en el otro extremo, después de la última función (NdR: una semana atrás, también en el Gaumont) me habló gente que podría haberlos conocido en su momento, o haber visto a El Corte en vivo y me dijeron: “No tenía idea quiénes eran, pero me enganché y encantó, ahora quiero escuchar los discos”.

—Por momentos, el documental peca de cierta superficialidad, tocaban un tema “X”, entraban y salían sin profundizar mucho, como que había una mirada rasante y te quedás pensando: “¿Y qué pasó después?”
—Flores: Por eso partimos de una premisa: “Saber hasta dónde profundizar”. Si me meto mucho, tengo que reconocer que me aparto del hilo conductor, entendiendo que la mayor parte de la gente que va a ver esta película, no solo no conoce la historia de El Corte, sino tampoco de la existencia del grupo ni de la escena musical de aquella época. Era una decisión compleja hasta dónde meterte en algunos detalles.
—Wain: Intentamos hacer una película para que se conozca la banda e intentar llegar a todos. Y, al tener también que lidiar entre dos historias paralelas -que es la historia de Darwin Reyna y la de El Corte- cualquier cosa de Hernán que tuviera que ver con lo familiar se corría cada vez más de lo que era su música y el grupo. Y cualquier cosa que tuviera que ver más con la banda, se alejaba del núcleo: “Están hablando cuatro músicos, falta uno, bueno, ¿qué sucedió ahí?”.
—Flores: Y lograr mantener un equilibrio donde, de repente, por más interesante que sea el segundo disco y no tanto el primero, se desequilibra, entonces, terminás dejando algo afuera, no porque no sea interesante sino para mantener la musicalidad de la película. Aparte, otra de las decisiones que tomamos fue dejar correr un poquito más la música: cuando suena un tema, que se escuche un poquito más, aunque eso le quite espacio a los testimonios. Y también preferimos generar situaciones en las que los músicos hablaran entre ellos y no tanto que nosotros les preguntemos y nos respondan. Además, todos hicieron un montón de cosas después de este grupo y ya les hicieron notas al respecto pero nunca les preguntaron sobre El Corte, por eso es que nos recibían más bien con curiosidad que con reparos. Ni hablar de la familia de Hernán, lo último que se les hubiera ocurrido es que alguien iba a ir a preguntarles qué pasó. Algunos de los familiares, que no entrevistamos, vinieron a la proyección de la película y se enteraron ahí de muchísimas cosas que desconocían de Hernán.
—Ambos provienen del periodismo gráfico, ¿cómo fue dar el salto hacia la narrativa audiovisual?
—Wain: Creo que es parte de lo mismo que nos gusta del periodismo, que es contar historias. Ya el hecho de que a alguien le interese leerlo en gráfica es lo mismo que nos pasa cuando hacemos una película. Por ahí, sí nos pusimos el objetivo de que le guste a gente que no está necesariamente interesada en la música de El Corte, no queríamos que fuera solo para un grupo de fans que quiere seguir a un personaje. Fueron acompañamientos de un proceso que lo fuimos bancando y tuvimos mucho equipo técnico atrás, que trabajan con las principales plataformas de streaming y, además, son melómanos y fanáticos de El Corte. Nosotros lo dirigimos, pero tuvimos a Mili Abate Cano, que hizo la producción y nos ayudó mucho a estructurar todo el proyecto como así también a Eliane D. Katz que fue la montajista junto a Camila Menéndez, y Esteban Descalzo Thiery que se ocupó de la dirección de sonido.
—Aparte de la voz de Hernán, por fuera de su registro como cantante, ¿qué les faltó conseguir para redondear el documental?
—Flores: Yo creo que sigue existiendo la posibilidad de que, en algún lugar del mundo, alguien tenga un VHS con un show de El Corte en algún formato. Hemos tenido en las manos DATs (Digital Audio Tape o cinta de audio digital) que se pusieron en una Datera y ¡estallaron! porque es una tecnología, un formato frágil que no está resistiendo bien el paso del tiempo, mucho peor que el casete de audio común. Nos pasó lo mismo con dos DATs.

—Pero también consiguieron varias perlas aparte de los videos de Hernán en España…
—Flores: Sí, videos y fotos de los ensayos, que no fueron tantos, pero localizamos dos lugares. Uno fue la Manzana de las Luces, que tuvieron una salita ahí y es en donde debutaron en vivo y también en la casa de los padres del baterista Leo Ramella, en Adrogué, y también en el Teatro Santa María ya que ellos esquivaban el circuito de bares y boliches de la época y tocaron además en el Centro Cultural Recoleta y en el Centro Cultural San Martín. Después se juntaban a componer y a grabar cosas en la portastudio de los Calamaro, en un departamento de la calle Las Heras y Coronel Díaz.
Bises y vicios de una edición profunda
“Eso, al final, quedó afuera” fue una frase que se repitió varias veces durante la hora de entrevista –y charlas en off– de los realizadores con Infobae Cultura. Un caso: el histórico concierto subacuático de Calamaro, ocurrido el 31 de mayo de 2008, en donde el músico se sumergió a unos siete metros de profundidad dentro de una cápsula o campana de buceo y realizó el primer recital subacuático del mundo dedicado a las ballenas en Puerto Pirámides, Península Valdés, provincia de Chubut.

“Tenía una potencia visual muy buena, teníamos el material en alta resolución pero la historia no encajaba con el documental ya que hicimos un trabajo muy profundo de edición de guión y mucho de lo que grabamos empezó a desmenuzarse”, sostuvieron casi a dúo los guionistas.
Otra veta de Reyna que no tuvo lugar en El camino contrario fue su colaboración como guitarrista en La Algodonera, el debut musical del fallecido compositor, multinstrumentista y vocalista Flavio Etcheto, excolaborador musical de Gustavo Cerati, Soda Stereo y Daniel Melero. El material –editado en 1998 en casete bajo el mítico sello Catálogo Incierto- contaba con seis temas.
“Hernán colaboró en uno de esos temas, totalmente instrumental, ni siquiera canta ahí ya”, rememora Flores sobre el legado de Hernán quien también dejó algunas canciones inéditas que fueron recuperadas y exhumadas por el sello Mucha Madera, en 2022, bajo el proyecto intitulado Darwin y el álbum “Grabaciones recuperadas 1990-1992” junto a Daniel Santamaría y Federico Oldenburg, como así también lo hizo el sello Berlín Records que editó, en 1987, el álbum “Mix” de Foxie Nelson, el último registro Calamaro-Reyna, post El Corte y pre Los Guarros, con cuatro temas con puros tintes electrónicos que tampoco figuraron en el documental.
Hacia el final del documental se cuentan retazos de la morada final de Hernán y su particular despedida. Su exnovia afirmó en cámara que “se lo enterró con una guitarra e hicimos una buena fiesta de celebración, pero alegre con música y vino, no fue una ceremonia al uso, sino juntarnos con amigos y recordarlo, dejarlo ir de una manera alegre”. Su cuerpo había aparecido dos días después del naufragio, el de la otra víctima, jamás.
—¿Por qué no hubo registro de la tumba de Reyna ya que el documental “nació” allá, en Jávea, y filmaron a la exnovia de él?
—Flores: Podríamos haber decidido ir, incluso Federico (Oldenburg) estaba en Jávea con Alejandro (Lingenti, el periodista que hizo las notas en España). Estuvo la conversación de si valía la pena y al final dijimos que no tenía sentido. Ya haber logrado eso…
—Wain: … de Sol en el barco, eso fue fuertísimo.
*El camino contrario se proyecta este sábado a las 20 hs en la sala 2 del Cine Gaumont (avenida Rivadavia 1635, CABA).
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