
John Connolly (Dublín, 1968) llegó a Buenos Aires para presentar Hijos de Eva (Tusquets, traducción de María José Díez Pérez), la vigesimotercera entrega de la serie de Charlie Parker.
La novela arranca en Maine con un teléfono abandonado y una sola palabra en la pantalla, “corre”, y termina en México, entre un cartel y una red de tráfico de antigüedades. La conversación con Infobae Cultura se hizo en dos lenguas: las preguntas, en inglés; las respuestas, casi todas en castellano, que Connolly está aprendiendo y quiso practicar.
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—En Salta usted vio a “los niños del Llullaillaco”. Su hallazgo y exhibición en un museo generaron una enorme controversia en la Argentina. ¿Cuánto de esa experiencia hay en Hijos de Eva?
—Me sentí muy incómodo en ese museo. Es un lugar triste y macabro. La muerte de la niña me resultó quizás menos difícil de mirar que la de los otros, posiblemente por su apariencia. Graham Greene decía que todo escritor necesita una astilla de hielo en el corazón para poder usar incluso las cosas más terribles en su obra. Yo, como muchos periodistas, tengo esa astilla de hielo, y soy como un cuervo: busco cosas brillantes para robarlas y usarlas, aunque sean terribles. Años después usé ese museo en una novela. En mis novelas siempre está la situación de los jóvenes, sus problemas. Es la influencia de Ross Macdonald. Su detective, Lew Archer, es un ser de empatía, de compasión, sobre todo con las víctimas, y en mis novelas los jóvenes aparecen una y otra vez como víctimas. Parker tiene que intervenir en sus vidas, a favor de la gente sin poder. Es una tradición de la novela de detective privado: el detective privado no tiene ninguna obligación con los poderosos ni con la ley, solo con la justicia y con los que no tienen poder. Y en este mundo los que no tienen poder son los niños, los presos. Me resultó natural reaccionar ante ese museo, porque veo una conexión, muy sutil, entre la filosofía de mis novelas, la de mis influencias y la situación de ese museo. Un museo problemático, muy problemático.
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—Hablemos del título de la novela
—El título viene de una oración católica:“A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Me interesó la contraposición entre una oración católica y esta figura femenina monstruosa. Pero no creo que la madre sea simplemente monstruosa. Los hombres tienen un efecto muy profundo sobre estos niños. Cuando pienso en lo macabro, en el mal, no pienso en la madre.

—Pero la madre es monstruosa.
—Es monstruosa, sí. Pero no es la causa del sufrimiento de los niños. En mis novelas siempre hay una tensión, porque la gente, en general, no es malvada. Podemos hacer cosas malvadas por dinero, o porque estamos enojados, enamorados o asustados, pero eso no es un mal innato. A veces las novelas de Parker proponen un mal más innato, más atávico, más antiguo, y la posibilidad de que en situaciones extremas la gente toque ese tipo de mal. Pero en esta novela el mal es sobre todo humano: el de los hombres que quieren cosas, que quieren sumar piezas a sus colecciones.
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—Y la sensación de que ni el dinero ni los objetos alcanzan nunca.
—Nunca alcanzan. Yo soy coleccionista, pero de libros, y nunca tengo suficientes. En casa ya es un contrabando, porque mi esposa también es lectora pero no entiende la necesidad de tener más libros, un ejemplar firmado, una primera edición. Entiendo ese instinto de acumular.
—Es una constante en su obra: toma algo normal, como el gusto por coleccionar, y lo empuja hasta un extremo en el que deja de ser bueno. Como si el verdadero tema fueran los límites.
—Mis novelas funcionan en una zona oscura, como un diagrama de Venn. William Gaddis escribió que la justicia la tendremos en el otro mundo; en este tenemos la ley. Los crímenes de mis novelas ocurren en este mundo. Pero me interesa la zona de transformación, el momento en que la narración puede cruzar de un mundo a otro. Quizá por mis raíces católicas, por una tradición muy irlandesa: no escribo como un norteamericano. A ellos no les fascinan los bordes de lo sobrenatural, la mitificación de los lugares, la creación de un reflejo de sombras, de una sombra de la realidad. Para mí es importante. Tenemos una casa pequeña en Portland para escribir, y con Portland me pasa lo que con la Dublín de James Joyce. No soy James Joyce, ni me parezco, pero uno puede caminar por la Dublín de Joyce y no puede caminar por la Dublín de Ulises, porque es un lugar transformado por la imaginación de un escritor. Los escritores de novela negra, de novela detectivesca, que es el término que prefiero, reclaman los lugares más que los de otros géneros.
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—En el libro aparece una cita: “Qué muerte solitaria sufriré en este frío” del poeta Keats. La había anotado para preguntarle justamente eso: en sus libros el lugar, la geografía, es un personaje.
—Sí. Me interesa la psicogeografía, la idea de que los lugares guardan recuerdos asociados a los edificios, al paisaje: lo que en inglés se llama folk horror. Los escritores norteamericanos no tienen el mismo interés. Stephen King sí. Es el elefante en mi habitación: compartimos un lugar. Al principio, al menos para algunos críticos y lectores, King era un escritor de lo sobrenatural, y ahora le interesa más la novela detectivesca. Yo al principio era sobre todo un escritor de novelas de detectives, pero después de veinticinco historias de Parker lo sobrenatural pesa más en mi obra. Al comienzo era importante introducir esos elementos muy gradualmente, paso a paso, porque entonces la mezcla era más inusual. Ahora hay más escritores, más críticos y más lectores cómodos con ella. Antes estaba James Lee Burke, que también es un escritor católico, con raíces irlandesas. Cuando era más joven, escribir sobre Estados Unidos dentro de la tradición norteamericana fue una manera de escapar a las expectativas sobre cómo debía ser un escritor irlandés, una forma de exilio imaginario. Ahora entiendo que esas raíces explican la diferencia entre mi escritura y la de los norteamericanos.
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—Usted dijo que a los lectores alemanes y escandinavos les cuesta más entender sus libros que a los latinoamericanos. Tengo una hipótesis.
—¿Sí? Se la voy a robar si es buena.
—Somos un pueblo del realismo mágico, de la influencia del gótico sureño, de lo fantástico rioplatense. Para nosotros no es tan raro que alguien vuelva de la muerte y nos hable.
—Y la religión.
—Por supuesto, la religión.
—Es verdad. Y hay conexiones en la novela policial también: la falta de confianza en la policía como heroína. En Irlanda, por una historia complicada con la ley y con Inglaterra. Aquí, por lo que hicieron los gobiernos de derecha, las dictaduras.
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—Tenemos una policía históricamente corrupta.
—Leí muchos libros de argentinos y chilenos antes de venir. Si un escritor pone a un policía en sus libros, ese policía es un forastero dentro de su propio departamento.

—Alguien de afuera: lo expulsaron, o es distinto por naturaleza. En Hijos de Eva la acción se traslada en parte a México. ¿Por qué?
—Esta novela nació en la Argentina y en México. No quiero repetirme de un libro a otro, y siempre busco lugares interesantes, distintos, para transformar los libros, aunque sea un poco. Pero no quería escribir sobre los carteles como se escribe habitualmente. Quise conectar tradiciones diferentes para crear una mezcla que me interesara a mí y, espero, a los lectores. Cada novela es una reacción a la anterior. La anterior transcurría enteramente en Maine, y la siguiente, que en inglés salió este año, A River Red With Blood, también. Hijos de Eva es para mí una novela de suspenso, y una novela de suspenso necesita espacio: cruzar países, paisajes. Una novela detectivesca pura funciona mejor en un paisaje restringido, como las aldeas, los trenes o los barcos de Agatha Christie. La anterior y la siguiente son detectivescas.
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—En el libro aparece Ezra Pound: “El artista moderno debe vivir de oficio y violencia. Sus dioses son dioses violentos. Esos artistas, así llamados, cuya obra no muestra esta lucha, carecen de interés”.
—Pound era un hombre muy difícil. Y la artista del libro es una artista pura.
—Cada tanto deja descansar a Parker.
—Sí. Yo no puedo desarrollarme solo con las novelas de Parker. Necesito experimentar. Mi vida es una vida creativa, y necesito la posibilidad de un fracaso, de los riesgos. Mi novela del año próximo en inglés no tiene elementos sobrenaturales ni a Parker: es una novela histórica ambientada en Connecticut durante las investigaciones de Watergate, sobre la tensión entre los secretos de las familias y los secretos del Estado. Y mis editoras en Inglaterra aceptaron hace poco una novela histórica sobre una voz femenina, ambientada en Italia en el siglo XI. Ahora estoy escribiendo la próxima novela de Parker, y esos experimentos la informan: aprendo algo nuevo para aplicarlo a Parker. No quiero repetirme, necesito sentir que hay progresión.
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—Usted habla de progresión. Yo diría crecimiento.
—Quiero mejorar, desarrollarme como escritor. Además, los lectores, igual que los escritores, no tienen tiempo suficiente; nunca tenemos tiempo suficiente. No quiero decepcionarlos. Cada libro es el libro que yo quería escribir en ese momento. Mis editoras ahora aceptan que necesito experimentar un poco, y llegamos a un acuerdo sobre las expectativas comerciales.
—En otra entrevista en Buenos Aires dijo que piensa terminar la serie en unos cinco años y que antes tiene que matar a dos o tres personajes. ¿A quién va a matar?
—No quiero terminar la serie. Pero creo que es importante darle a Parker una conclusión apropiada para su historia.

—Tengo mi teoría sobre a quién va a matar, pero no importa. Mi pregunta es otra: ¿cómo nació Charlie Parker y cómo va a morir?
—No puedo responder. Nació con la primera escena de Todo lo que muere: un hombre con flores en su auto. Me cuesta releer esas primeras novelas.
—¿Por qué?
—Tuve que releer un poco Todo lo que muere para escribir En lo más profundo del sur, y solo veía mis errores, la influencia de otros escritores. Ahora uso la violencia de otra manera. Aquella es la novela de un escritor más joven. Después de sufrir un poco, después de la muerte de personas importantes en mi vida, mi escritura cambió. Es como en El libro de las cosas perdidas. Me gusta que adultos y jóvenes puedan leerlo de maneras distintas según su experiencia. Para los jóvenes, los problemas de David tienen inmediatez: su miedo al mundo adulto, su tristeza, su dolor por la muerte de su madre. Pero al final de la novela descubrimos que estamos leyendo los recuerdos de un hombre al final de su vida. Una narración llena de arrepentimiento exige haber vivido: para arrepentirse hay que vivir un poco, cometer errores graves. Ahora, naturalmente, soy otra persona.
—¿Qué pueden esperar los lectores de A River Red With Blood, que ya salió en inglés?
—Más revelaciones sobre la naturaleza de Parker, para preparar la conclusión. Descubrimos que Parker, Ángel y Louis tienen una relación no solo en esta vida sino en vidas anteriores. Las manifestaciones de lo sobrenatural son muy fuertes. Preferiría seguir con los personajes, pero mi instinto es darles a Ángel, a Louis y a Parker una conclusión sin enojar ni decepcionar a los lectores después de tantos años.
—Enojar se puede manejar. Decepcionar, no.
—Es importante. Estoy muy agradecido y entiendo el afecto por los personajes. Después de muchos años leemos para pasar tiempo con ellos; la trama cambia poco: el crimen, la investigación, la conclusión. El placer está en acompañar a los personajes, en ver cómo se desarrollan sus vidas, sus familias.
—Los momentos en que se sientan a comer.
—Sí. Lo que John Harvey describió como “window stories” (historia que se ven desde una ventana). Quién prepara la cena, qué cocinan. Una conversación, un café, cosas en apariencia sin importancia que para esas personas y para nosotros los lectores son la manifestación de su realidad y de su amistad.
[Fotos: Adrián Escandar]
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