50 años de ‘Entrevista con el vampiro’: cómo el peor dolor de mi madre inspiró un clásico de culto de la literatura gótica

La primera novela de Anne Rice, maltratada por la crítica de la época y con la mayoría de sus ejemplares destruidos, contenía el secreto de una tragedia familiar. Así lo cuenta su hijo

Portada del libro Interview with the Vampire a la izquierda y los actores Kirsten Dunst y Brad Pitt a la derecha.
La portada conmemorativa de la novela "Entrevista con el vampiro" junto a un fotograma del filme con Brad Pitt y Kirsten Dunst (Imagen Ilustrativa Infobae)
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A comienzos de la década de 1980, un pequeño grupo de lectores de mi madre asistió disfrazado a una de sus firmas de libros. Era la primera vez que sucedía algo así. El evento fue una reunión tranquila en una pequeña librería de San Francisco, cálidamente iluminada. Afuera, el paisaje de hormigón de imponentes edificios cívicos parecía estar a un mundo de distancia de la exuberante Nueva Orleans, cubierta de robles, la ciudad natal que Anne había convertido en un personaje vivo y palpitante en las pocas novelas que había publicado hasta entonces, un lugar al que su nombre más tarde quedaría inextricablemente ligado.

El libro que se celebraba de manera informal aquella noche era una novela espectacularmente voluminosa, con ángeles impresionistas en la portada. Se titulaba Cry to Heaven (El clamor de los ángeles, fue titulada en español) exploraba las vidas de cantantes de ópera castrati en la Italia del siglo XVIII. Había vino y queso. No se formó ninguna fila en la mesa de firmas. Pasaron de a poco amigos artistas y colegas de mi padre de la Universidad Estatal de San Francisco; nada parecido a las relucientes maratones de siete horas que llegarían pocos años después, cuando gerentes exhaustos mantenían abiertas sus enormes tiendas mucho después del cierre para atender la serpenteante fila de góticos enjoyados y ansiosos por conseguir una firma en la última Crónica vampírica.

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Sin previo aviso, entró un trío de jóvenes apuestos con chalecos del siglo XVIII y espesas coletas sujetas con cintas. Yo era pequeño, pero reconocí sus disfraces. Eran personajes del debut literario de mi madre, publicado poco antes de que yo naciera. Un libro que acechó nuestras vidas como un fantasma molesto: un fracaso vapuleado por la crítica llamado Entrevista con el vampiro.

Si esa descripción parece dura, pueden tener la seguridad de que era la propia evaluación de mi madre sobre la recepción inicial de Entrevista..., que compartió décadas después en Facebook. Aquella noche, mientras posaba para fotos con sus apuestos admiradores, la atmósfera de la tienda se volvió eléctrica. Anne se sonrojó. Su risa adquirió una cualidad ardiente y desinhibida. Los primeros soldados orgullosos de un fandom en expansión habían irrumpido en el aire selecto de una fiesta literaria arreglada, a la que la mayoría de los invitados había acudido atraída por la celebridad local de mi padre como poeta.

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Hasta entonces, Anne Rice había sido vista como una autora transgresora, no del todo popular, de ficción histórica sensual, a quien los críticos habían desdeñado ampliamente después de que se atreviera a escribir el relato de un vampiro sobre su larga vida inmortal con una consideración literaria seria y profunda. El célebre novelista histórico James Michener había elogiado su audacia, pero los primeros reconocimientos fueron escasos. Eran tiempos en que comparar una obra de ficción con un cómic podía borrar su mérito literario para la mayoría de los lectores, y eso fue exactamente lo que hizo The New York Times con la primera novela de mi madre. La mayor parte de los ejemplares sin vender fue destruida en el depósito, un momento que mi madre recordaría con amargura hasta el final de su vida. Hoy, quienes llaman a Entrevista con el vampiro” un “best seller instantáneo” sostienen una ficción tan duradera como la novela misma.

Anne Rice (EFE/ARMANDO ARORIZO/Archivo)
Anne Rice (EFE/ARMANDO ARORIZO/Archivo)

Pero los libros pueden seguir un camino sinuoso e imprevisible hacia el éxito. En los años posteriores a su decepcionante publicación, grupos de lectores marginados descubrieron gradualmente Entrevista con el vampiro. Para 1982, su pasión colectiva no solo se extendía: era lo bastante fuerte como para inspirar cosplay. Aquella noche brumosa de San Francisco fue la primera vez que todos comprendimos que el debut de mi madre se estaba transformando de un fracaso en un clásico de culto. Los hombres disfrazados eran la prueba: caricaturas elegantes de Louis y Lestat que salían de la húmeda noche gris con sus prendas sedosas.

Unos días más tarde, mi familia se reunió alrededor de la mesa de la cocina de nuestra casa eduardiana en el distrito Castro y examinó con emocionado asombro las fotos de mi madre y sus admiradores. Sí, los hombres eran llamativos. Pero las imágenes parecían arder al tacto por otra razón. Eran prueba de que el debut de Anne, antes desestimado, cobraba una segunda vida, especialmente entre los desposeídos y los marginados: los queer, aunque entonces el término seguía siendo un insulto.

Solo hace poco recordé cómo otro personaje de Entrevista... salió de la niebla aquella noche, aunque de una manera más sutil e indirecta.

Una tía de confianza había cuidado de mí esa noche. Me guio por la tienda y me presentó a los viejos amigos de mis padres que estaban allí: los poetas, profesores, escultores y pintores que habían llenado sus fiestas bulliciosas en las colinas de Berkeley antes de mi nacimiento. Llegamos hasta un amigo particularmente conocido por hablar de más y por su amor al alcohol. Con una sonrisa desorbitada, me pellizcó la mejilla regordeta. “¡Se parece a Mouse!”, exclamó. De pronto, mi tía me empujaba entre un bosque de adultos mientras él repetía las extrañas palabras a nuestras espaldas.

Entrevista con el vampiro
Tom Cruise y Brad Pitt en "Entrevista con el vampiro" (Warner Bros./archivo)

¿Yo me parecía a un ratón? No tenía sentido que mis sentimientos resultaran heridos, me explicó mi tía. Como tantos amigos de mis padres, aquel hombre era excéntrico. El momento pasó.

Unos años más tarde, regresó con claridad.

Un día, en mi escuela primaria altamente progresista, mis compañeros y yo aprendíamos a hacer árboles genealógicos. Después de que un niño hiciera una broma sobre cómo incluir a familiares fallecidos, mi maestra lo reprendió por ser insensible. “Después de todo”, dijo, “Christopher tenía una hermana que murió”. “Ciertamente no la tenía”, respondí con la formalidad afectada de un niño precoz criado en la mesa de los adultos por dos escritores liberales. Repetí las palabras con una insistencia que llevó a mis compañeros a la histeria. “Ciertamente no la tenía”.

No estaba enojado. Mi maestra estaba confundida, eso era todo. Pero la gravedad que se marchitó en su expresión me dijo que yo estaba equivocado. En un instante, mi mundo entero cambió.

Resultó que Mouse era el apodo de mis padres para Michele, la hija que habían perdido poco antes de que yo naciera; una niña a la que todavía me refiero como mi hermana, con cierta dificultad, pues nunca sabré por mí mismo cómo sonaba su voz. Sus enormes ojos marrones le habían valido el apodo. Durante sus primeros cuatro años en la Tierra, fue una niña radiante, como una muñeca. Luego, una tarde, entró en la cocina y dijo: “Mami, estoy demasiado cansada para jugar”, lo que hizo que mi madre la mirara con un temor creciente. ¿Qué niña de 4 años está demasiado cansada para jugar?

Entrevista con el vampiro
Jacob Anderson como Louis de Pointe du Lac y Sam Reid como Lestat de Lioncourt, para la serie del libro (AMC)

La batalla perdida de Michele contra la leucemia sumergió a mis padres en la oscura historia que dio origen a Entrevista con el vampiro. Así que, de alguna manera, Claudia, la vampira niña detenida en su juventud que completa el trío trágico en el centro de la novela, también hizo una aparición en aquella firma de libros de San Francisco, aunque no fuera disfrazada.

¿Por qué me guardaron el secreto? En pocas palabras, habían perdido a un hijo por una enfermedad de la sangre y habían recibido a otro aquejado de ansiedad. No querían descargar la tragedia que habían soportado sobre un hijo que ya podía imaginar histéricamente que su cama estaba rodeada de tiburones. Pero una vez que lo supe, reaccionaron con una generosidad y una franqueza asombrosas. Se abrieron todas las puertas de su pasado oculto.

¿Los toscos dibujos que colgaban en las paredes del estudio de mi padre? No eran obra del hijo de un antiguo vecino, como él me había dicho una vez. Respondieron cada una de mis preguntas sobre Michele con una verdad descarnada y sin reservas. Cómo sonaba su voz, qué comidas le gustaban. (No sé cómo la hija de un profesor y una escritora con dificultades económicas logró probar caracoles, pero era uno de sus platos favoritos). La única barrera para mi búsqueda de información era mi propia vacilación para escuchar el temblor de dolor en la voz de mi madre o ver aparecer un brillo húmedo en los ojos de mi padre.

Durante años continué esta entrevista vacilante a mis padres sobre su tragedia decisiva, y durante años ellos respondieron cada pregunta con dulzura y honestidad. Si la entrevista tuvo un clímax, llegó casi una década después de haber comenzado, cuando los tres nos sentamos a una mesa al aire libre frente a un restaurante de Nueva Orleans. El éxito de mi madre nos había permitido mudarnos allí en 1988, cuando yo tenía 10 años. Tres años después, reuní el valor para formular la pregunta que me había atormentado desde el principio. “¿Qué pasó el día que murió?”.

Para entonces ya habíamos recorrido muchas otras partes de su travesía.

Christopher Rice
Christopher Rice

Sabía de las cartas de los principales centros oncológicos que decían que el caso de mi hermana no tenía esperanza. Sabía que, por recomendación del médico, mis padres nunca le dijeron a Michele su diagnóstico o pronóstico exactos, solo la repetían de forma constante y amable que estaba enferma y necesitaba cuidados. Incluso sabía de la bolsa de sangre que estalló junto a su cama de hospital la noche antes de que muriera, y de las últimas palabras que le dijo a mi padre cuando él prometió que la limpiarían. “Por mí, tu bebé”, dijo suavemente.

Pero no sabía nada de aquel día final y terrible.

Y entonces me lo contaron. Me hablaron de la alarma que sonó cuando su ritmo cardíaco cayó por debajo de cierto nivel. Me hablaron del médico que se agotó practicándole reanimación cardiopulmonar antes de decir con tristeza: “Nos estamos engañando”. Me hablaron del beso ligero de despedida que mi padre le dio en los labios, solo para sobresaltarse ante la suave ausencia de vida que encontró. Y juntos, en una mesa de una avenida arbolada y bañada por el sol de Nueva Orleans, los tres lloramos. Lloramos por Mouse. Pero yo, en gran medida, también lloré por mis padres.

No lo sabía entonces, pero también podría haber encontrado las respuestas que buscaba en su obra. De adulto descubriría que mi padre había consagrado cada instante terrible de la última noche de mi hermana en un único y desgarrador poema llamado “Incanto”.

La obra de mi madre era menos explícita. Las memorias no eran la pasión de Anne. Adoptó esa forma para los relatos ficticios de sus inmortales, pero se enorgullecía de trascender lo que llamaba los detalles pedestres de la experiencia. Después de que me convertí en un autor publicado, a veces elogiaba esos aspectos de mi obra de maneras que sonaban involuntariamente condescendientes. “Yo nunca podría escribir un libro sobre ir a la escuela secundaria”, me dijo una vez con una sonrisa orgullosa. Todavía no estoy seguro de si le complacía más que yo hubiera hecho justamente eso o su propia determinación de negarse a hacerlo.

Si Entrevista con el vampiro guarda algún rastro de la enfermedad de mi hermana, con sus pesadillas de estadías hospitalarias, tratamientos brutales y devastación financiera —mis padres quedaron tan arruinados al final que Michele fue enterrada sin lápida—, todo fue trasladado mediante metáforas a elementos tan dorados como sangrientos.

Salvo uno.

Ilustración en blanco y negro del perfil de una persona con las manos abiertas sobre las que flota una cama diminuta rodeada de aves
Una ilustración de Anagh Banerjee (New York Times)

La idea de que Michele inspiró a la vampira niña Claudia parece obvia de forma casi brutal para cualquiera que lea el libro con la biografía de Anne en mente. Pero la insinuación ofendió a mi madre durante años.

Con el tiempo, se le cayeron las escamas de los ojos. La perspectiva le permitió ver lo que otros habían sugerido: una hermosa niña de cabello dorado que nunca puede envejecer físicamente, y una psique que atraviesa la sofisticación perpetua de la inmortalidad mientras queda atrapada dentro de los irritantes límites del cuerpo de una niña. Si estos elementos no son deliberadamente una metáfora de Michele, al menos fueron creados por el dolor de una madre, alimentado por su deseo de mantener a su hija viva y creciendo aun sin un cuerpo maduro en el cual ubicarla.

También resulta evidente que la pérdida de mi madre abrió la vasta extensión de siglos de perspectiva sobre el mundo de su personaje principal: su culpa aplastante, su rabia ante la muerte, su desesperación a veces paralizante por los ciclos depredadores que definen la existencia terrenal. Louis de Pointe du Lac lidia con profundas preguntas sobre la condición humana después de que la mordedura de un vampiro lo transforma y lo condena a quitar vidas para sobrevivir. Anne también se enfrentó a la rabia, la angustia y la duda tras ver consumirse a lo más preciado y vulnerable de su vida mientras permanecía impotente, “asombrada”, como escribió mi padre.

En 2021, mi madre murió por complicaciones de un accidente cerebrovascular a los 80 años. Para entonces había publicado 37 novelas y su éxito la había convertido en un nombre conocido en todos los hogares. El honor de cuidar su legado pasó a Eric Shaw Quinn, su querido amigo, y a mí a través de nuestra productora, Dinner Partners, que Anne nos ayudó a fundar. (Fue la primera invitada del primer episodio de nuestro primer pódcast). El Covid no se llevó a Anne, pero las restricciones de la pandemia nos impidieron realizar un gran servicio público. Aun así, sus apasionados seguidores querían una forma colectiva de hacer duelo. Durante los cuatro años siguientes, Eric y yo trabajamos sin descanso para producir una celebración que combinaría teatro y una antología de documentales originales para contar su historia.

Pero ¿cuál era la historia de Anne?

Estaban los hilos evidentes que innumerables periodistas habían seguido antes. Que transformó la novela de vampiros al escribir desde la perspectiva del vampiro. Que su retrato de dos hombres que intentan criar juntos a una niña en un mundo oscuro y hostil que exige que oculten su verdadera naturaleza fue una representación innovadora de lo queer. Que la adaptación cinematográfica de 1994 de Entrevista con el vampiro, cuyo guion escribió Anne, sigue siendo un clásico del terror, una cápsula del tiempo de una época pasada en la que las fastuosas películas de estudio abordaban temas oscuros y sofisticados y eran recompensadas por ello en taquilla.

Incluiríamos todo eso, desde luego. Pero ¿alguno de esos elementos era realmente la historia de Anne misma? Por supuesto, sabíamos que la muerte de Michele sería el oscuro centro de la obra. Pero los seguidores de Anne no planeaban viajar a Nueva Orleans y llenar el Teatro Orpheum porque ella hubiera perdido una hija. Era su respuesta a esa pérdida lo que los atraería desde todo el mundo. Días antes de nuestro evento, mientras me esforzaba por encontrar una tesis central para el discurso que planeaba pronunciar, Eric ofreció una con sencilla claridad. “Tu madre convirtió lo peor que le pasó en lo mejor que le pasó”.

Eso era. El tema dominante de la vida de Anne no era solo su pérdida más grande, sino la forma en que la soportó.

Si las novelas posteriores de las Crónicas vampíricas cuentan cómo Anne sobrevivió a una pérdida terrible, Entrevista con el vampiro ofrece una historia que recoge los fundamentos espirituales y psicológicos de aquello a lo que sobrevivió. A partir de la agonía por la muerte de mi hermana, tejió un mundo de amor y rabia, de familia, sangre y belleza salvaje, que nos tuvo a todos bailando hasta la medianoche con atuendos que iban desde la seda vaporosa hasta la desnudez sin reservas, un logro al alcance de muy pocos durante sus vidas.

*Autor del bestseller A Density of Souls y de más de una docena de novelas. Este ensayo es una adaptación del epílogo que escribió para la edición del 50.º aniversario de la novela de Anne Rice, su madre.

Fuente: The New York Times

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