
Griselda Gambaro, una de las voces más persistentes y subversivas de la literatura argentina del último medio siglo, murió a los 97 años. Dramaturga, novelista y figura indelegable de la cultura nacional, su obra recorrió décadas sin perder vigencia: del absurdo a la denuncia política, del exilio al regreso, siempre desde una escritura que interrogó el poder, la violencia y la condición humana con una precisión que ninguna censura logró acallar del todo. Su muerte deja un vacío en la escena cultural argentina que difícilmente encuentre reemplazo.
Nacida en Buenos Aires en 1928, en la calle California al 1100, en el barrio de La Boca, Gambaro fue hija de una familia de inmigrantes. Su infancia transcurrió marcada por la autoridad paterna y el peso de los afectos. Cursó la primaria en La Boca y el secundario en Barracas. Desde temprano, la lectura fue su mundo: frecuentó a Kipling, Stevenson, Jack London, Anatole France y Panait Istrati. Más tarde descubrió a Silvina Ocampo y al teatro, y cuando un autor la conmovía, leía su obra completa. Así fue con Chéjov, Ibsen, Pirandello, O’Neill, Discépolo y Florencio Sánchez. Decidió no ingresar a la universidad para tener tiempo de escribir. Mientras, trabajaba en la biblioteca socialista Sociedad Luz.
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Su primera obra se estrenó en el Di Tella
En 1965 estrenó su primera obra teatral en el Instituto Di Tella, bajo la dirección de Jorge Petraglia. La recepción fue una fractura. Los críticos realistas la descalificaron; los renovadores la reivindicaron. Ella recordó ese momento con lucidez: “La mujer tiene que meterse sin pedir permiso. Cuando puede, tiene que hacer lo que quiere. Yo creo que no le pedí permiso a nadie”. Ante la pregunta por el rechazo de sus contemporáneos —entre ellos Roberto Cossa, Ricardo Halac, Osvaldo Dragún, Carlos Somigliana y Alberto Adelach— fue igualmente directa: “Nunca me quedó muy claro si era porque yo venía con un lenguaje diferente o porque era una mujer en un mundo de hombres. A partir de la dictadura se supo dónde estaba parado cada uno”.
Durante la última dictadura militar, debió exiliarse junto a su esposo, el artista plástico Juan Carlos Distéfano —fallecido hace menos de un mes, el 25 de julio de 2026 a los 92 años— y sus dos hijos. Se instalaron en Barcelona, en el barrio del Tibidabo, lejos del centro. El alejamiento fue arduo: le costó escribir ficción y más aún producir teatro. No conocía la historia del país y mucho menos las necesidades del público español.
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Su novela Ganarse la muerte (1977) fue prohibida por la junta que encabezaba Jorge Rafael Videla por considerarla contraria a “la institución familiar y al orden social”. Años antes, su pieza Real envido corrió la misma suerte. El régimen llegó a incluir su nombre en listas negras en 1979, un dato que ella misma relató en diversas entrevistas.
En 1981, ya de regreso, participó del inolvidable ciclo Teatro Abierto con Decir sí, protagonizada por Jorge Petraglia y Leal Rey. Fue una de las piezas que marcaron la resistencia cultural al autoritarismo. Su producción posterior fue vasta y sostenida, y encontró en la directora Laura Yusem una interlocutora fundamental: juntas trabajaron en aproximadamente doce textos. Otros directores de peso también pusieron en escena su obra: Augusto Fernandes (El campo), Alicia Zanca (Pedir demasiado), Roberto Villanueva (Morgan), David Amitín (Las paredes), Rubén Szuchmacher (Mi querida), Pompeyo Audivert (Señora Macbeth), Silvio Lang (Querido Ibsen, soy Nora) y su última obra estrenada en agosto de 2015 en el Teatro Nacional Cervantes, El don.
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Libros y premios de Griselda Gambaro
Como novelista, su legado es igualmente robusto. Además de Ganarse la muerte (1976), se destacan Después del día de fiesta (1994) y El mar que nos trajo (2001), obras que ocupan un lugar propio en la narrativa argentina contemporánea. Además, acumuló distinciones a lo largo de toda su carrera. Obtuvo el Premio Municipal en 1968, los de Argentores en 1976, 1990, 1996 y 1997, el de la Asociación de Investigadores y Críticos Teatrales de la Argentina en 1992, el Nacional de Teatro en 1994, el María Guerrero en 1997 y el de la Academia Argentina de Letras en 1999. El Instituto Nacional del Teatro le otorgó el Premio a la Trayectoria en 2016 y la Biblioteca Nacional le entregó “La rosa de cobre” en 2023. La Fundación Konex la distinguió en múltiples ocasiones, con una Mención Especial por Trayectoria en 2014.
En 2005 fue la primera escritora en inaugurar la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2010 pronunció el discurso inaugural de la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania, en nombre de los escritores argentinos. El Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA) le otorgó el Doctorado Honoris Causa, ocasión en que la Decana del Departamento de Artes Dramáticas, Sandra Torlucci, la describió como alguien que “no se dejó atrapar por ningún prejuicio, se transformó incesantemente sin renunciar jamás a la palabra propia, sobrellevó la crítica, el machismo, el totalitarismo”.
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